martes, noviembre 23, 2010

Santos

Santos bajaba a medianoche a la calle. No era hombre lobo, pero el rito era diario. Con sumo cuidado recorría el largo pasillo de la casa familiar. Atrás quedaba se mujer, dormida, traspuesta, con la boca semi-abierta donde se perdía aquel esplendor, aquella firmeza, aquella luz estelar de cuando tenía dieciocho. Eso pensaba siempre Santos en el instante que cogía los zapatos con cuidado de debajo de la cama y, en calcetines, recorría el pasillo, dejando a un lado su despacho, la sala de estar , el salón. Un recorrido fugaz por su existencia. Santos salía al descansillo, respiraba profundo después de haber sostenido con esmero la respiración en esa travesía, se calzaba y se ponía el largo y oscuro abrigo de tres cuartos y bajaba, a oscuras las escaleras del reputado edificio. Santos, finalmente, alcanzaba la calle, la noche, la otra forma de vida. Oculto, tras el sombrero heredado de su padre, ese sombrero legendario, elegante, que cubría de día las atractivas canas y de noche el rostro de los que miran con malos ojos. Atravesaba las calles más estrechas de su barrio y en una esquina solitaria esperaba paciente la llegada de un taxi citado por la tarde. Sin saludar y con voz rígida comunicaba la dirección, un lugar de difícil acceso a la altura del kilómetro diecinueve de unas de las carreteras dirección Norte. El trayecto era veloz, ofrecía alta propina si sobrepasaban ciertos límites de velocidad y Santos, columnista en periódicos conservadores, reflexionaba y mascullaba, a lo largo del viaje, temas y debates para su columna. Indignado con los caminos de la política gobernante, desconsolado ante algunas de las leyes provocadoras, había encontrado en su columna un lugar donde expresar y trasmitir a un porcentaje alto de la población, la preocupación por ese arma arrojadiza de la libertad mal entendida por los gobernantes que, empeñados en destruir las instituciones básicas de la sociedad, daban rienda suelta a conjunciones y formaciones sociales denigrantes, obscenas y casi sádicas, que amenazaban los buenos principios y al estabilidad, pilares de una sociedad educada y con una ética bien entendida. Finalizado el trayecto, Santos frenaba también en seco sus narraciones mentales de posibles artículos para su columna, pagaba en la zona más oscura del camino y bajaba sin decir adios. Recorría el estrecho camino de tierra donde al final aparecía la reja. Tocaba un timbre y segundos después la misma voz de siempre preguntaba. Santos saludaba como estaba estipulado y la puerta se abría. Recorría el jardín iluminado tenuemente y que a Santos le recordaba a algún fresco renacentista que retrataba el paraíso. Finalmente Santos cruzaba la puerta de aquella casa lejana, subía las escaleras y cruzaba un pasillo silencioso, donde si se afinaba el oído, apagados, graves, casi inaudibles llegaban los gemidos de otras habitaciones. Santos cruzaba la puerta de la habitación Margot, el nombre de la habitación por la que pagaba una cuota mensual. Abría con la llave, sin saber, nunca, quién estaría al otro lado de la puerta. Iluminada con una vela, Santos siempre veía, al fondo una, dos o incluso tres sombras. Saludaba cariñoso, se quitaba el sombrero, el abrigo y la chaqueta. Se presentaba y se acercaba al joven desnudo. Lentamente, mientras se preocupaba por detalles y gustos del joven, se quitaba la corbata, la camisa, el cinturón, el pantalón. Aparecía, por fin, una sonrisa, una sonrisa profunda y feliz, casi infantil, en la cara de Santos. Una sonrisa alargada. Entonces, desnudo ya, se acercaba hasta el joven y pasaba su boca por su cara, susurraba frases poco comprensibles, narraciones de posibilidades. Santos, entonces, emergía como un gran guionista, un guionista que ejercía un papel que el mismo escribía. Santos lo mismo se volvía un profesor suspendiendo a su alumno, que una secretaria que ha cometido un error y le solicitaba al joven desnudo que actuara como un jefe cruel que no perdona a la secretaria un pequeño error. Santos era entonces tantas cosas: Niño, Abuelo, Lobo, Policia. Saltaba por la habitación Margot, feliz, liberado. Gritaba ante la atenta mirada del joven desnudo. Pedía caprichos, posturas, frases, pedía azotes y algún golpe más fuerte. Así, siempre, durante un par de horas. Saciado, se vestía, y serio de nuevo, deshacía el camino. Al llegar a casa, silencioso, cauto, preciso, se metía de nuevo en la cama y pensaba, solemne, en el día siguiente.

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