sábado, noviembre 27, 2010

Los sábados por la tarde en una tienda de ropa

Ella consiguió un trabajo a tiempo completo como dependienta de una tienda de buena ropa en un barrio moderno, algo burgués y con cierto toque artístico. La tienda estaba en un acalle poco transitada de ese barrio, en un local amplio, reformado de un modo minimal y espacioso; la ropa que vendían era sencilla, oscura, firme y bastante cara. La dueña era un tipa de buena familia, que constantemente viajaba con amigas a París y que tenía la tienda como una forma de ocio y trabajo mezclado. Es decir, dedicaba más tiempo a hablar de ropa, a charlar fuera de la tienda y a viajar para conocer tendencias, que al negocio en sí. Para eso la contrató a ella, para cumplir un horario y atender y cobrar al público. A ella le gustaba la oportunidad. El sueldo no era malo y el horario, salvo incluir sábados todo el día, le permitía cierta holgura entre semana. Al principio la esperaba en un café, en una calle paralela, luego fui yendo a última hora a la tienda para recogerla y finalmente pasé algunas tardes de sábado con ella allí. Generalmente entraba muy poca gente, alguna tipa en busca de trapos, un par de compras que, por precios, mantenían el negocio y poco más. A mi me gustaba sentarme en un sofá rojo que había en el centro del local y ver a través de la amplia cristalera, el paso fugaz de la gente por la calle. Era aburrido estar allí, pero era una época que lo demás podía ser más aburrido o no más aburrido, pero la mejor opción era siempre estar con ella, así que entregaba los sábados a estar en aquella tienda poco transitada. Atrás, en la antesala al almacén, la dueña había montado un despacho que apenas usaba, pero que tenía una decoración cálida. La primera vez que hicimos el amor ahí a ella no le pareció buena idea y a mi, sin embargo, me generó una forma estupida de adrenalina a la que absurdamente me enganché. Entonces, mi reto semanal, era fornicar los sábados por la tarde en ese despacho elegante y estilizado. Al principio había esa teatralización cinematógráfica resbalándonos por la mesa de madera antigua, lanzando objetos innecesariamente al suelo, pero que le otorgaban a la escena, un punto más de sensualidad. Luego, pasados los primeros sábados, a mi me gustó probar a ponerle ropa cara a ella para prefigurar aún más la escena. El despacho, toda aquella ropa cara, me producían algo más de excitación. La amenaza permanente de la aparición de un cliente generaban una pizca agradable de ansiedad al acto y alguna vez tuvimos que frenarnos en seco al escuchar el colgante de cristal que, oníricamente, anunciaban la entrada de alguien en la tienda. Ella salía disparada y yo recogía velozmente el leve desorden montado. Un día cualquiera, ella me dejó, sin muchas explicaciones, sin mucho drama y yo me quedé fuera de sitio. La semana era larga y los sábados evocaba los sábados pasados. Se me hizo largo aquel invierno. Pasado un tiempo, un sábado a media tarde pasé por aquella calle, quizá pensé en entrar, hablar con ella, pero me quedé en la acera de enfrente, aprovechando el escondite de la oscuridad de la tarde que ya había caído, viéndola sola a través de la cristalera. La miré, la vi entrar al fondo y tardar un rato en salir. La vi quieta, leyendo a veces, algún bostezo esporádico, la vi empezar a recoger e ir cerrando. La vi perderse por la calle, en la esquina un tipo la saludó con un beso y se fueron de la mano. Entonces empecé a repetir una nueva rutina cada sábado, la de espiarla. Cada sábado por la tarde iba a esconderme en la acera de enfrente para verla. Mis sospechas se confirmaron, lo que empezó como una espera en la esquina terminó con aquel tipo pasando los sábados por la tarde allí. Los vi, a él sentado en el sofá donde yo había estado, los vi entrando poco a poco, sábado a sábado, en el despacho, perdidos durante minutos allí, tras las telas rojas. Seguí volviendo, cada sábado, allí agazapado. Un sábado él no fue, tampoco al siguiente. Tres sábados después le ví aparecer por mi acera, se agazapó a mi lado, comenzamos a espiar conjuntamente. Sábado a sábado. Un día incomprensiblemente, todos los espías que nos fuimos sumando en la acera de enfrente dejamos de ir. La tienda, lo supe después, cerró.

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