martes, noviembre 30, 2010

Jugador de fútbol

Jugaba en un equipo de segunda B, lateral izquierdo con mucha subida, buen toque de balón y pase en largo de excelente calidad. Algunos veían la posibilidad de que se convirtiera en un jugador de algún equipo de mitad de la tabla de primera, sin embargo se destrozó los ligamentos por una entrada terrible en el minuto treinta y dos de un partido intrascendente de mitad de liga. Contra un equipo duro, en un domingo por la mañana de un mes frío del medio del invierno. Obligado a dejar el fútbol, buscó trabajo en la ciudad donde estaba instalado, que era la ciudad del equipo que le había contratado como jugador. Allí se sentía cómodo, le gustaba la tranquilidad de esa ciudad de provincias. Al cabo de cuatro meses había engordado ocho kilos, se había redondeado su cara y su cuerpo había perdido algo de elasticidad. Consiguió trabajo como repartidor de la fabrica de vidrio y por las tardes se juntaba en una cafetería del centro con algunos ex jugadores y gente de alrededor del club. Evidentemente se dio al alcohol. Los domingos que el equipo jugaba en casa, bajaba hasta el campo a animar e incluso a apoyar en la dirección técnica, pero cautelosamente, en el club, le fueron negando amablemente la entrada al banquillo, para terminar en la grada sur. Entre semana, a media noche, llegaba a casa y se fumaba un puro. El puro, pensaba, era el único partido que seguía jugando: "El humo es el balón, no juega para nadie, se extiende por el campo, que es la habitación, el puro y yo enfrentados, la estrategia es disminuir los espacios del otro, atacar y chutar con potencia". Empezó a mantener una relación difusa con una chica más joven que trabajaba en la fabrica. La chica era dulce y a él le agradaba estar con ella. Un día consolidaron su relación en una excursión por la montaña alta, cerca de la ciudad. Durmieron al aire libre, arropados por dos mantas. Esa noche el lloró confesándole que lo que él quería, lo que hubiese querido siempre, era haber tenido una carrera decente de futbolista y que un instante, un píe mal dirigido de un contrincante acaba con tu destino, que el destino es un balón con efecto, que ni el mismo, el balón, sabe si terminará girando, por el mismo efecto, antes de rozar con el larguero. Ella le abrazó y le pidió que le contará como fue la entrada, como fue que se produjo la lesión. El confesó que aquel partido era espeso. El equipo contrario era flojo, de esos equipos que se cierran atrás y no dejan jugar y cortan el partido con un exceso de faltas. Él había subido dos veces la banda y el lateral del equipo contrario le había pateado en el momento previo a que él chutara. La segunda vez, en silencio le insultó y el contrincante le dijo que tuviera cuidado, que no había dos sin tres. Entonces, irritado, en el siguiente balón quiso ofenderle con un regate imposible, el contrincante se deslizó por el cesped en mal estado y le dobló la pierna. Encogido de dolor en el suelo, el contrincante se acercó y le insultó. Lo demás fue difuso, le sacaron en camilla del campo, una operación mal realizada y una carrera terminada de golpe. Ella entonces le dijo que iban a viajar a buscar a ese tipo. La semana siguiente, llenaron el coche con dos maletas y algo de comida. Recorrieron el país en coche. Durmieron en hoteles de carretera donde hacían el amor románticamente. LLegaron a la ciudad pequeña de aquel equipo defensivo. Cogieron habitación en un hostal pequeño, limpio y acogedor del centro. Durante dos semanas, iban diariamente a los entrenamientos de aquel equipo, identificaron al contrincante. Le siguieron con precaución. Un martes, de madrugada, tocaron en la puerta de su casa, él tipo no abrió. Dos días después le abordaron en el portal, amenazado, el contrincante subió con ellos. Entraron en su casa, un apartamento pequeño, decorado con posters de Mágico Gonzalez y Marcos Coll. El contrincante está nervioso y ellos le piden que se siente. Ella entonces despeja el salón, mueve las mesas, desplaza los sofás y los muebles. Mucho rato después el salón está casi vació. Ella saca, de su mochila, un balón deshinchado y lo pone en el suelo. Marca dos puntos que son porterías y le piden al contrincante que se ponga en píe y jueguen, ella arbitrará la contienda. EL contrincante se queda inmóvil, aterrorizado en medio del salón; él, sin embargo, desplaza el balón anárquicamente por el salón, regateando jugadores invisibles y haciendo, a la vez, de narrador. Pasa el balón entre las piernas del contrincante que está llorando silenciosamente. Entonces él se pone enfrente y le dice que inmediatamente se ponga a jugar y que le entre duro, como aquella vez. El contrincante se desplaza despacio, obligado. En el momento que el contrincante va a tocar el balón, obligado, casi empujado por ella, él se lanza al suelo dirigiendo con fuerza y precisión sus piernas para doblar la rodilla del contrincante que cae rendido. Ahí, apoderados por alguna extraña fuerza, juegan, juegan una y otra vez. Fútbol extraño, fútbol salvaje, sin porterías, sin estrategia, una mujer y un hombre contra el contrincante, un enfrentamiento distinto, basado en un fútbol de ataque, duro. Pierna contra pierna, pie contra boca, golpeo sin efectos. Sin sonar, suena el pitido final, se acaba el partido. El contrincante ha perdido, también, su destino. Partido de vuelta. Resultado incierto. Se acaba: y ¿Que hay cuando se pita el final? Silencio.

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