jueves, marzo 30, 2023

El regreso

  JS volvió a su ciudad después de una década sin visitarla y década y media desde que se fue, dejando atrás conflictos sociales y políticos que se le escapaban a su voluntad, buscando, en otro continente, una nueva forma de vida. El viaje de regreso (va de visita por un mes), es largo. Una suma de horas, que con la confusión de cambios horarios se convierte en una forma precaria de viaje en el tiempo. Cuando aterriza en Bogotá, cansado y desubicado, se queda unas horas esperando para una transbordo hacia Caracas. Hay algo en el aeropuerto de Bogotá que lo conmueve, no es algo concreto de ese edificio incomprensible por dentro, es más bien una atmósfera, que le empieza a otorgar al momento la sensación de Bienvenida, de regreso, de llegada. Está excitado, eufórico, por qué no decirlo: contento. Es la forma de alegría primigenia, volver al lugar donde naciste puede parecerse, de un modo llamémosle poético, a volver a nacer o recuperar un tiempo que ha estado una década detenido. Como si un reloj se hubiera parado y arrancase de nuevo diez años después. Visto así, piensa JS, el tiempo son la suma de distintos tiempos que no necesariamente corren a la vez. Intenta dormir sentado en un incómodo banco de la zona de la puerta de embarque, quiere recuperar fuerza para aprovechar, según llegue a su ciudad, cada segundo y no perder tiempo en cansancios y dormir más de la cuenta. No logra dormir profundamente, pero sí se mantiene un buen rato con los ojos cerrados, imaginando formas de reencuentros que tendrá en un dia largo. Piensa velozmente en esos quince años desde que salió, en sucesos inconexos y secuencias lógicas que le han ido dando forma a su nueva vida: las cosas no han ido nada mal, concluye. Se pone incluso analítico, casi estadístico, compara su situación al salir del país con el momento presente, incluso calcula ganancias y ahorros, la posición económica actual contra aquella que tendía a lo muy deficitario cuando dejó atrás su ciudad natal. Todo esto lo hace con los ojos cerrados, intentando ganarle tiempo al tiempo en esa vorágine de tiempos que son los viajes intercontinentales. Una voz anuncia el vuelo a Caracas. Se pone en tensión, pero una tensión amable, está rozando la euforia. Coge su mochila, respira profundo y se pone en pie. Mira el reloj sin saber muy bien si esa hora se corresponde con la del presente, lo que quiera que sea el presente después de un vuelo largo y varios cambios horarios.

 En el avión logra dormir, probablemente sueñe, pero jamás lo recordará. Piensa, eso sí, que de alguna manera, desde el despegue en Madrid o incluso desde que cerró la puerta de su casa de madrugada, dejando dentro a su familia durmiendo arropados, todo sea una forma peculiar de sueño también. Todo eso lo piensa mientras el avión va descendiendo hacia las pistas de aterrizaje de Maiquetía. Por la ventanilla ve el brillo del sol sobre el Mar Caribe. Abajo, las formas de la costa anuncian los límites de su país, esos que estudiaba en geografía. Cuando descende la escalera hacia la pista, siente la humedad única, exclusiva y que tanto ha evocado, de su país. Es una humedad que parece tener una forma especial, una humedad que llevaba quince años sin sentir, el calor, en medio de esos días de invierno europeo, le dan ganas de saltar. Detesta el frio y sentir calor en medio de los primeros dias de enero le desborda, pero contiene la reacción infantil. Cruza pasillos, tramites y las frases de algún policía. Oficialmente, ha vuelto a casa. Al otro lado de las cintas que separan espacios reconoce a su hermano, le hace gestos desmedidos. En ese breve recorrido hasta el encuentro reconoce la cara pero con las variaciones que van aportando los años. Menos pelo, más canas, las formas de la cara aumentadas pero no por peso, sino por esa variación inapreciable en los rasgos que va agregando el tiempo. Se abrazan, no son muy efusivos, sin embargo, ninguno de los dos puede evitar unas casi inapreciables lágrimas. Intercambian frases y alguna risa.Volver es ir volviendo. No es un regreso de golpe, te vas encontrando cosas, imágenes, sensaciones y todo eso va completando el regreso. Lo que no sabe JS es que no volverá del todo hasta que regrese a Madrid y exhausto y emocionado se tumbe, un mes después, en su cama agotado y recuerde las fases, las anécdotas y cada segundo de esos días de regreso. El regreso completo se hará cuando lo termine y entonces, nuevamente, un reloj se detendrá y otro arrancará de nuevo, y el presente será, claro, algo que jamás llegamos a alcanzar. 

martes, enero 31, 2023

La ciudad incomprensible

 Vivieron casi una década en una ciudad que nunca entendieron bien. Claro, las ciudades nunca se entienden bien, porque su crecimiento no sigue la lógica de una persona, sino un cúmulo abrumador de caprichos, ambiciones y azares absolutamente indescifrable. Hay ciudades que tienen cierta coherencia, ciudades marcadas abruptamente por los acontecimientos de su historia y la historia universal y luego hay ciudades que están ahí, sin saberse muy bien del todo porque están ahí, como han ido creciendo, qué explicación urbanística las da sentido. Son el paradigma de la imprevisibilidad. Y ellos habitaron ahí, pero probablemente nunca estuvieron. Estar no siempre va ligado a un asunto físico. Uno puede no estar estando y ellos estaban, pero nunca estuvieron. La arquitectura estudia, no siempre con mucho tino, esa relación que tenemos con la ordenación territorial y el urbanismo, pero a veces las explicaciones son complejas cuando las ciudades son incompresibles y se escapan a la lógica. Habitaron allí, con frecuencia con una actitud distante, extraña, una forma muy peculiar de melancolía. Una tristeza agotada. ¿Cómo terminaron allí? La vida, como el urbanismo, tiende a no seguir reglas, lógicas claras y su biografía, si se revisara a fondo, no deja claro el por qué de terminar viviendo en esa ciudad. Llegaron como llegan las hojas que caen al río a algún punto varios kilómetros más adelante. Cayeron y fueron arrastrados. Se instalaron en un apartamento en el centro. Claro que los centros de las ciudades no significan los mismo en Europa que en Latinoamérica. Quizá esa diferencia ya empezó a marcar las cosas. Llegaron una tarde de julio. Los muchachos habían terminado el curso y era el momento para cambiar de ciudad. Un cambio, que a priori facilitaba las cosas a todos. No se les facilitó a nadie, pero eso es algo que descubrirían años después. Cuando el coche giró en la Avenida Venezuela para bajar por la calle 29, la madre y el hijo pequeño, que estaba a pocos meses de dejar de tener esa posición, fueron invadidos por un sentimiento desconcertante, en general se le llama intuición, pero también primer impacto. Y ese primer impacto fue de desasosiego. En el caso de la madre ya conocía la ciudad, en el caso del hijo pequeño que iba a dejar de serlo, fue una primera imagen de desolación y deconcierto. Se abrió algo nuevo para siempre, porque de repente, más allá de la ciudad, más allá de ser un coche bajando por la calle 29 hacia la carrera 16, sintió un eco amplio, un eco vacío y casi infinito, un descubrimiento del vértigo: el universo, de repente, rebotaba una especie de nada allí, un eco silente que recorría la calle 29 entera. 

Somos parte de la ciudad, las formas se nos meten a fondo y en cierta manera modulan nuestra percepción. El muchacho no rechazaba la ciudad porque sí, simplemente no la entendía, se le escapaba a lo que las ciudades significaban para él. Cuando, meses antes habían llegado a Caracas desde Galicia, Caracas le produjo un impacto inmenso, profundo, pero a su manera, para él, Caracas era comprensible, lo que sucedió al atravesar el centro de Barquisimeto, esa tarde de julio, es que de repente descubrió que las ciudades tenían muchas más formas de las que él sospechaba o estructuras inexplicables. Percibió una profunda sensación de caos, de desestructura y de tristeza. Probablemente la tristeza estaba en él, porque tardó mucho tiempo en irse, pero en algún momento sintió la alegría y la celebración en esa ciudad. Pero aquellas calles le parecieron sumamente tristes, pero no la tristeza icónica, la tristeza paradigmática, era una tristeza nueva, porque era una tristeza que venía de sentirse ajeno a lo que veía, ajeno y muy lejano. Como si hubiera algo que sabia que jamás iba a poder cruzar, por eso no siempre estamos estando. Él no estaba, y ese descubrimiento filosófico con 13 años, le produjo, sin saberlo conscientemente, su primera crisis existencial. ¿Qué hay entre nosotros y el mundo? ¿Qué sucede cuando estando no estamos? 

Los primeros meses la distancia entre el lugar y él fue abrumadora. No sólo no terminaba de llegar, sino que cada vez estaba más lejos. Aquellas calles destartaladas, aquellas casas descuidadas, aquel asfalto destrozado, aquel ruido comercial en la calle 20 le mantenían en un estado de desubicación. A cada minuto intentaba penetrar, pero algo no se lo permitía. Se fue sumiendo en el silencio y en una meditación permanente sobre la relación con las ciudades. Para él, sin saber por qué, cada cosa que sucedía estaba marcada por el escenario: Barquisimeto lo inundaba todo. No hablaba con alguien, sino que hablaba con alguien en Barquisimeto. Todo, cada segundo, estaba marcado por lo que significaba su nueva ciudad. La ciudad tiende al calor, no siempre, pero tiende a elevar la temperatura. También las percepciones climáticas condicionan todo: ese era un clima nuevo para él. 

El centro de la ciudad era una cuadricula gigante, atravesada por calles y carreras, la distancia a los sitios se podía medir exactamente en cuadras. Esa idea matemática le obsesionó. Prefiguraba imágenes y paseos como el que dibuja diagramas. Su colegio nuevo estaba a seis cuadras, la panadería que gustaba en casa a cuatro pero en dirección oeste. La tienda de discos mas cercana a cuatro dirección norte, el hospital donde nació su hermano meses después a tres: dos cuadras norte, una oeste y así, estando sin estar, fue viviendo sus primeros meses en la ciudad que no comprendía y que nunca comprendió del todo. Mirando cada cuadra, esas casas de aspecto colonial, pero desajustadas, con la pintura caída, ventanas rotas o tapadas, brochazos sin terminar, una ciudad que a ratos tenía aire de abandono y otras de futuro incierto, como estaba él, sumido en una sensación de lejanía e incertidumbre. Como si viviera en un lugar que el resto del cosmos se hubiera olvidado que sigue existiendo. 

viernes, agosto 19, 2022

Concurso literario

  J manda un cuento a un concurso literario menor. Normas laxas, no más de determinadas palabras y premio humilde: será publicado en un magazine casi desconocido. J manda un cuento no por el concurso, sino por él. No busca ganar, busca aprobarse. J es un modelo de escritor amateur bastante común: siente una necesidad apabullante de escribir, pero sabe que escribir es otra cosa o no tanto otra cosa sino algo para la que nunca sabes del todo si estás o no validado. El concurso le sirve a J para ver si se le valida como escritor. El cuento no es malo, no es bueno, pero no es malo y eso es bastante ya, sobre todo para J. A J escribir le parece una batalla, afronta el proceso siempre con temor, quizá con complejo. En el hecho de escribir se concentran buena parte de sus fragilidades. J es autodidacta, aunque difícilmente un escritor no lo es. Pero J aún no lo es y probablemente no lo será, con lo cual el ser autodidacta es algo que incrementa el temor y la fragilidad. Escribe un primer borrador, lo relee. A J le gusta que los textos tengan ritmo. Un ritmo invisible, que se sustenta en las palabras. J No lo sabe, pero en realidad haría mejor intentando poesía. Seguramente también sería mal poeta, pero lo que le atrae a J de escribir se asemeja más a la poesía, porque lo que le atrae, lo que permanentemente busca, es un ritmo, una cadencia, que las palabras vayan a compás. Una vez releído el borrador, comienza a corregir. Y es ahí, justo ahi donde J sufre. Descubre los saltos, la carencia en la sintaxis, cierta incoherencia interna. Comienza a corregir, tratando de bailar la enfermedad de su texto que no es más que cierta ignorancia, y eso, J, lo sabe. Cambia palabras, alarga frases para dar más sentido o para explicar determinadas inexactitudes. En la corrección pierde eso que busca: el ritmo. Aunque el ritmo, en realidad, solo lo percibe él, porque lo que el cree que es ritmo es el placer: hay un placer, y  por eso hay millones de escritores amateurs, en ir construyendo un texto, en ir tecleando y avanzando. Eso es lo que cree J que es el ritmo. Según va corrigiendo siente que pierde el control del texto, que se hace peor, que la idea se ablanda, pierde fuelle. Da otra pasada, vuelve a releer. Aún hay ritmo. Entra en debate interno: ¿Es necesario este texto, aporta algo este cuento? J entonces entra en existencialismo. ¿Para que un cuento innecesario? ¿Qué aporta esto a la historia de la literatura? Claro, ante preguntas inmensas, respuestas terribles: Por supuesto que no. J duda, quizá ya no mande el cuento. Relee. Esta quinta, sexta o séptima relectura ya empieza a aflojar en exigencia: no necesariamente hay que participar en la historia de la literatura universal, basta con mandar un triste cuento a un concurso de un magazine desconocido en el que no hay premio salvo la búsqueda de validación como escritor. Corrige, afina palabras, cambia algún tiempo verbal, alarga alguna descripción, Siente que el ritmo no se ha perdido del todo, que lo narrado tiene cierto interés y que, dentro de lo que cabe, la historia tiene su gracia. Última relectura: no hay que darle muchas más vueltas, piensa. Cambia alguna palabra que le suena mal, agrega algo para sonar más contundente. Guarda el archivo, decide un título definitivo y lo sube a la web del concurso. Por supuesto, claro está, no gana el concurso. 

martes, agosto 16, 2022

En el tiempo fragmentado

 Esta mañana el mar ha cambiado de ritmo de golpe. Las cosas de las mareas supongo. No entiendo de mareas, no entiendo de casi nada. Soy un ser fragmentado, un ser de mi tiempo. Fugaz en todo. Nuestra existencia está hecha a trozos, como el tiempo, como el consumo. El consumo no tiene una línea narrativa, son también fragmentos de cosas que vamos adquiriendo pero que no completan nada. No extraño un pasado idílico que no existió, pero lo cierto es que esta existencia no tiene continuidad más que la del salto de día a día. Trabajamos en cosas raras, mi trabajo no se podría contar a un ciudadano de hace poco más de medio siglo y no será explicable a un ciudadano de dentro de tres décadas. Entonces mi vida laboral, como la de tantos, es una anomalía temporal. Todo cambiará como la marea de esta mañana, que el mar , de repente, ha cambiado de dirección y de velocidad. Había un pequeño barco cogiendo coquinas cerca de la orilla y al rato se ha ido. Por la orilla de la playa pasaban deportistas amateurs a ritmos desiguales. Qué mirada extraña llevan esos corredores y marchadores que están de vacaciones. Buscando la salud y una buena figura miran al frente sin mirar, no observan el camino, buscan algo a lo lejos, en un lugar que no está allí. Suena la corriente en esas pequeñas olas que rompen en la orilla. Una mujer nórdica hace una Postura de yoga con buena técnica o al menos esa es mi sensación. El barco que pescaba coquinas ya no está. La humedad se mantiene, es una humedad densa. Estamos de vacaciones, otra forma más de fragmento en ese tiempo fragmentado. El año pasado también estuve aquí una mañana y también sentí el fragmento. También había humedad y deportistas amateurs pasando por la orilla de la playa. Pasaban barcos y había humedad. Sin embargo ese tiempo me viene como un fragmento roto. Somos como esos collages que se ven en obras o en portadas. Recortes pegados en un folio. El folio es el tiempo o el espacio que vamos habitando. Ha sonado algo: Detesto las motos de agua. Son el reflejo perfecto del tiempo que habitamos. Ayer al atardecer unos chicos pasaban cerca de donde estábamos haciendo ese ruido molesto. ¿Qué buscan con esas motos? ¿Qué ocio, qué diversión, qué gracia hay en esos paseos sobre el agua hacia la nada? Un fragmento de ruido que se pierde y lo Contamina todo. La velocidad, todo se explica en la velocidad. Nos seduce tanto la velocidad que hemos olvidado ir más despacio o frenar. La velocidad lo explica todo. También a esos motoristas acuáticos. Rompemos algo cuando vamos rápido, hay algo antropológico que nos supera más allá de entender el presente. Hay un ser milenario en esa moto de agua que experimenta algo que nos embrutece y nos posee. Olvidamos todo en la velocidad y es esa velocidad la que nos va fragmentando. La mujer que hace yoga sin embargo está estática pero también experimenta una velocidad. La mujer nórdica es un fragmento de un fragmento y ya nadie podrá reconstruir el puzzle. No estoy pesimista ni triste. Más bien al contrario, hoy vi la posibilidad de que nuestros fragmentos nos hayan llevado a un punto extraño donde haya que rehacerlo todo. No es descabellado. No es descabellado que estos fragmentos estén llegando a un punto necesario de hacer algo, no sé muy bien el qué ,con ellos. Los fragmentos de nuestra existencia que se rompe por la Pura velocidad o por el placer de experimentarla nos ha traído aquí, a un punto indescifrable de la historia de la especie. La era del ser objeto o del ser consumo. No somos alguien: somos cosas.

Luke y Costello

  La escena sucede en un brevísimo periodo de tiempo. ¿Cuánto? ¿20 segundos? Puede ser, en el recuerdo parece durar mucho más, pero si se recuentan los detalles, si se analiza bien lo sucedido, es probable que hasta 20 segundos sean mucho. En cualquier caso la escena o acontecimiento o situación sucede rápidamente. El coche avanza por la A44, dirección Bailén, casi llegando a la incorporación a la A4 dirección Madrid. Hay tres coches seguidos en el carril derecho. El nuestro, el que va delante que es rojo y el que va delante del rojo que no logro ver bien del todo, básicamente porque la mirada la dirijo a esa extrañeza visual que salta de repente: veo a un perro cruzar la autopista. El cuerpo se pone en alerta, la distancia desde nuestro coche hasta el perro es amplia como para dar margen a maniobrar, Marta, que conduce, se fija y desciende moderadamente la velocidad, el peligro lo tiene bien el coche rojo o el que va delante suyo. Yo fijo la mirada en el perro, siento vértigo y temor, aviso a Marta, pero mi atención está en la vida del perro, los coches de delante actúan con prudencia y veo al perro en el arcén, mirando hacia atras y ladrando: suspiro y digo en alto: ¡se ha salvado!, pero el tono de Marta es otro, una onomatopeya, una expresión de dolor. Durante unos segundos: quizá dos, quizá uno, no comprendo: pero si el perro se ha salvado: Marta se lleva una mano a la cara, el gesto es contenido y duro. Paula, que va detrás emite un sonido de queja, de dolor, casi de protesta, la sensibilidad de Paula hacia los animales es superlativa. Es cuando Marta me dice: Los del rojo lo han atropellado. Entonces, en mi mente, se sucede la secuencia de comprensión. Había dos perros y por eso, en el que yo había fijado mi mirada y que había visto salvarse, ladraba y miraba para atrás. Dos perros extraviados por una autopista en un atardecer de agosto. uno atropellado, el otro salvado y lleno de pena. Paula llora, Marta siente el dolor de Paula y el dolor animal. Yo me quedo instalado en la imagen del perro salvado, mirando para atrás, ladrando desconcertado. Hay un dolor y una extrañeza. Ellas que han visto el perro atropellado sienten un dolor distinto al mio, que he visto la pena y el dolor de su compañero. En esos gestos del perro en el arcen se condensa la existencia. Durante algunos kilometros callamos o emitimos pensamiento inconexos: hemos asistido a la muerte. A la incomprensión de la muerte. Marta le dice a Paula que seguramente ese perro ha llevado una existencia pacifica y que quizá ya era mayor y que probablemente esa muerte no le haya hecho sufrir. Está todo ahí: la explicación y el secreto sentido de la existencia. ¿Por qué duele la muerte? ¿Por qué su compañero mira con desconsuelo y ladra desde un arcén de la A44? ¿Y cómo ha seguido todo? Pasados veinte, veinticinco kilómetros aún pienso en el otro perro. ¿Cómo habrá actuado? ¿Cómo habrá resuelto la situación? ¿Se habrá vuelto a poner en peligro? ¿Habrá sido encontrado por sus dueños? ¿Se dice dueño al humano que vive con un perro? Sigo pensando en la escena. Algunos minutos pienso en un relato: narrar desde el punto de vista del perro que se salva, sólo al final del relato descubres que son dos perros. El cuento habla de su fuga, se han escapado de una finca o de una casa. Es una tarde de verano y dos compañeros se lanzan a vivir una aventura. Van caminando por lugares que desconocían, otras fincas, otros caminos que nunca habían visto, comparten la emoción de la aventura. Llegan a la autopista, al otro lado un terreno amplio: quizá podamos encontrar una pandilla para pasarlo bien ene se lado. Uno de ellos avisa que siente miedo en la autopista, el ruido de los coches pasando a toda velocidad, el espectáculo atronador del ser humano en la tierra. "Vamos, allí hay algo bueno. Crucemos con cuidado" y los dos compañeros se lanzan a atravesar el asfalto. Evitan con acierto a todos los coches del lado que va hacia Granada. Han cruzado la mitad ya. La travesía es terrible y llena de adrenalina, pero ya no pueden detenerse. Se miran y van a por la siguiente mitad. "Ahora" ladra uno, y saltan. Vienen tres coches, intentan detenerse, pero es tarde, los coches maniobran pero no tienen margen, el primero de los tres coches opta por salvar al perro o por provocar un peligroso accidente de varios coches y en la apuesta Luke sale perdiendo. Costello llega al otro lado y ve a Luke bajo el primero de los coches. Quiere volver a ayudarle, no sabe qué hacer. En el tercer coche un hombre le mira con esperanza y él siente que los seres humanos no tienen piedad. ¿Qué esperanza hay en la muerte? Se queda mirando el cuerpo de Luke, siguen pasando coches, todos gesticulan en el interior. Costello se queda ahí, varios minutos, frío, inmovil, sin entender. Ladra, no deja de ladrar, gira y se lanza a la carretera para recuperar el cuerpo de su compañero. Los coches, como el tiempo, no dejan de pasar. 

miércoles, julio 20, 2022

Max

 ¿Cuándo empieza el cariño? ¿En qué momento aparece esa abstracción gigante, que domina tu forma de ver al otro o lo otro? Porque el cariño, al contrario que la amistad o el amor, no necesita viaje de vuelta. Hay quien le coge cariño a su guitarra, a su camiseta o un camino para ir a algún sitio. Aunque esas son formas casi cómicas del cariño, lo cierto es que no necesita reciprocidad. No sé en qué momento le cogí cariño al gato. Jamás pensé que me fuera a pasar. De pequeño nunca tuve mascotas y casi toda mi vida he tenido una relación distante con los animales. Distante por respeto y por cierto temor. Me genera una extraña alerta cuando pasan cerca, cuando te olisquean o cuando corren hacia a ti. "sólo quiere jugar" te dice el dueño desde atrás. El caso es que había una forma de temor que me producía rabia. Me producía cierta admiración la relación de muchas personas con los animales. Esa gente que llega a un sitio y acaricia con ternura a un animal. ¿Por qué yo no podía hacer eso? Era incapaz. Soy incapaz casi aun hoy. Pero apareció Max en casa y Max me hizo empezar a comprender algunas cosas. Los primeros días podía pasar horas observándole. Se habla de la elegancia en los movimientos de los gatos y no sólo es que sean movimientos elegantes, tienen algo que produce fascinación. Max era muy pequeño aún, y deambulaba por la casa con precisión, calculador, como si su manera de comprender el espacio, la atmósfera, fuera absolutamente distinta de la nuestra. Los gatos parece que hubieran visto una dimensión nueva, un agujero distinto en la realidad. La velocidad y el ajuste en su forma de moverse es espectral. Luego fue surgiendo una forma de relación. Max es un gato hermoso y a veces parece consciente de ello. Territorial, de carácter fuerte, pero frágil. Max es un aristócrata, que ha nacido para ser servido. Tiene el desdén de las clases altas, pero a ratos tiene la fragilidad de un gato que no sobreviviría más de dos días en la calle. No sé de gatos, pero estoy convencido de que Max es de algun tipo de raza dominante. Pero Max tiene profunda dependencia de nosotros. Duerme en nuestros pies, está pendientes veces con temor, de nuestras entradas y salidas. Su ideal de vida es que estemos todos en casa, pasando cerca de él. Tener su universo bajo control. Observándonos mientras cabecea en algún lugar extraño: encima de unos altavoces, metido en una cesta o en una estantería. Todos ahí, como si fuéramos parte de un show que ha sido montado para él. Su placer es observar nuestras vidas absurdas. En cierta manera, lo que sucede con Max, sospecho que con casi todos los gatos que viven con personas, es que dejamos de ser una biografía, para pasar a ser algo que sucede para que ellos observen. Somos un guión para que el gato pase sus ratos de ocio. 

Ahora Max está solo, nos hemos ido de vacaciones y no dejo de pensar en él. ¿De dónde nace este cariño que sospecho no del todo correspondido? Estamos pendientes de él. Una chica le visita todos los días y aun así sentimos que está solo, sufrimos su soledad, nos arrepentimos de no haberle traído con nosotros. Nunca una decisión fue tan debatida en casa: ¿Qué hacemos con Max en vacaciones? Era inviable traerlo con nosotros, lo pensamos una y mil veces: Max no soporta el coche,  las dos casas donde íbamos no estaban acondicionadas para un gato. Días y días dandole vueltas, preguntando a personas con experiencia, con gatos en casa. Pero Max, consentido y dominante, no iba a aceptar cualquier solución. Se negó a quedarse en otra casa. Se salió con la suya y Claudia lo llevó de nuevo a la nuestra. Ahora está allí, en su reino, pero sin nadie que actúe y haga el show para que el dormite observando el sin sentido de nuestras vidas. Echo de menos cuando me levanto por la mañana y me persigue, se me pega a los pies y le mimo unos cuantos segundos. Hace poco circulaba un Meme donde se veía una foto de un perro y de un gato, en ambas ponía: Este ser humano me da de comer, me da de beber, me mima... el perro decía: "debe ser un dios", y en el gato decía: "debo ser un Dios" y creo que es verdad, Max domina y manda, y nosotros, honestamente, obedecemos encantados. Queremos tanto a Max. 

viernes, julio 15, 2022

En la piscina municipal

  El socorrista lleva más de una hora con las gafas de sol, de cristales muy oscuros, sentado en su silla de plástico, bajo la sombrilla de Pepsi, sin apenas haberse movido. El calor es indescriptible, no hay metáfora posible para hablar de este calor y estoy convencido de que el muchacho lleva esta hora, aprovechando el carácter de incógnito que le dan sus rayban, para dormir una siesta. No le culpo, ¿quién se atreve a culpar a un socorrista de piscina de no mantener la atención permanente la larga jornada laboral? Hay trabajos cuya mayor y épica dificultad es no caer en la locura por culpa del tedio. Ese trabajo nunca estará suficientemente bien pagado. Todos esos inventores de las normas del mercado, los que anotan precios y deciden sueldos, jamás se han enfrentado a semejante tarea: de ser así, el mundo sería bien distinto. 

Hace un rato he comido el sandwich que me traje, estaba espectacular. El pan, muy crujiente, sonaba poderoso a cada mordisco. La salsa que me había sobrado de una receta que me había dado Paloma, acompañado de un embutido italiano delicioso y una finísima loncha de parmensano. Lo he comido con lentitud, porque me aterrorizaba la nostalgia que iba a padecer cuando diera el último mordisco. Me he abierto una cerveza que tenía fría en mi bolsa isotérmica y luego, de postre, una paraguaya extremeña. Ahí, mientras saboreaba esa extraña fruta, es cuando he percibido que el socorrista probablemente estaba durmiendo esa siesta secreta. La pareja de al lado, absolutamente insoportable, se acariciaban con risas enlatadas. Él, a ratos, tenía problemas para mantener el freno y ella tenía que detener su mano que iba como motorista loco por carreteras secundarias. Veinte minutos después él se ha ido a bañar y ella ha sacado el teléfono, ha escrito unos mensajes y ha sonreído. A su izquierda, la mujer de la silla de plástico, miraba con desprecio a la chica y ha sacado una revista, un bolígrafo y se ha puesto a hacer sudokus concentradísima. He pensado en los sudokus y en las distintas variedades de pasatiempos e incluso he pensado un buen rato en la palabra compuesta: pasatiempos.  Y ¿no es eso la vida? ¿No es eso la piscina en ese mediodía de verano? La mujer embarazada un poco más a la derecha se da crema en la barriga con esmero, no es tanto un acto para proteger la piel sino para relajar la presión muscular abdominal. Mira hacia el frente donde está su hijo jugando con un amigo invisible con el que mantiene una relación tirando a tensa. El muchacho mueve los brazos y con frecuencia regaña al amigo invisible, como si cada cosa que hiciera estuviera mal: hasta los amigos invisibles pueden resultar decepcionantes. Todo sucede en esa formidable cadena de sucesos sin importancia, en ese tiempo detenido, casi congelado de un mediodía de un verano aterradoramente cálido. Los dos señores de al lado han estado hablando de su ruta ciclista por las montañas de la zona y ahora hablan de la OTAN, de geopolítica y de cómo los medios alteran la democracia. Pero lejos de ser una conversación intensa o llena de tópicos, es una conversación relajada, llena de dudas también, hay un tono, en los dos, de incertidumbre, sin certezas, que por un momento concluye cuando el más calvo dice: ¿Y si todo está a punto de irse a tomar por culo? También, a veces, el apocalipsis, tiene forma de pasatiempo. Y es justo ahí, cuando se oye un rumor extraño entre los bañistas, el socorrista sale de su letargo, los demás miramos sin entender, durante unos segundos nos miramos entre los vecinos de toalla, no hay respuestas. El murmullo no es tanto de emergencia como de incredulidad. ¡Qué esta sucediendo en el agua que todos miran sorprendidos? Pasado el susto inicial, sabemos que no hay un ahogado o alguien sufriendo, es algo que de otro tipo. Nos levantamos y nos vamos acercando desde el césped hacia la piscina: el agua, a una velocidad desquiciada, se esta yendo, la piscina se esta vaciando por segundos. El socorrista hace gestos y abre la puerta de la depuradora, pero ahí no hay explicaciones, la depuradora nos devuelve una imagen sin respuestas. Cuando volvemos a mirar a la piscina ya casi no queda agua. ¿Cómo es posible que se haya vaciado a esa velocidad? Comienzan las especulaciones: una fuga, una apertura, hay quien se pone fantasioso y habla de ataques de otro tipo, la nueva guerra será por el agua, hay quien dice que este calor no es normal, hay quien culpa a un niño, hay quien dice que no hay explicación, hay quien ve un mensaje, hay quien culpa a  un concejal de la oposición, que en este pueblo la política está más crispada que a nivel nacional, sabotajes, protestas de los vecinos del pueblo de abajo que no tienen piscina municipal, hay quien culpa al alcalde que lleva años en corruptelas descuidando los servicios, hay quien culpa a los vecinos de las casas de cerca, hay quien habla de la guerra, hay quien habla de comunismo, hay quien dice que esto nos hará valorar mucho más la piscina cuando vuelva a estar llena, que a veces necesitamos perder las cosas para saber la fortuna que tenemos, atiendo a cada una de las posibilidades y por segundos todas me parecen certeras y segundos después todas una patraña, pero me gusta ver, al chico de la pareja que tenía al lado que se ha quedado metido en la piscina vacía, con el bañador mojado y sin querer salir. Somos el pasatiempos del destino. 

miércoles, junio 08, 2022

Eva

 Cuando apareció Anastasio de vuelta de su segundo viaje al extranjero nos pareció a todos en la plaza que había dejado de ser él. No es que no fuera Anastasio, es que era otra forma de Anastasio. Esas cosas, claro, en el pueblo no las entendíamos, probablemente en el resto del mundo tampoco, porque las ciudades se disfrazan de apertura cuando en realidad son cárceles mas grandes. Pero lo cierto es que allí, en la plaza, ya intuimos que Anastasio volvía distinto de aquel viaje. Su voz, incluso, ya tenía otro tono. Pedro el barbas se lo hizo saber. Si algo no ha habido nunca en la plaza ha sido sutileza: "Anastasio, que parece que hablas de otra forma. Se te ha pegado la manera de hablar de aquellos continentes, carajo. Hablas menos grave" Luego hubo risas y ese humor de siempre. Que si palomo cojo, que si pierdes aceite, que si te patina no sé qué. A mi, lo comprendí años después, que Anastasio apareciera tan enérgico y tan cambiado me abrió una compuerta y me produjo admiración. En esa época nadie entendía nada o nadie quería entender nada o todos ocultaban que entendían y Anastasio entendió el primero que las cosas no había que asumirlas como creíamos que son. Anastasio nos habló de playas paradisiacas, de músicas de otros mundos y de ceremonias salvajes. Parecía que estaba hablando de otros mundos. En cierta manera Anastasio nos contaba ciencia ficción y dejaba entrever que los cuerpos de otros mundos pueden adquirir otras formas. Cómo me gustaba oír a Anastasio hablar del más allá, de ese más allá utópico, donde las formas saltaban por los aires y se diferenciaban radicalmente de las formas de la plaza. 

 Fue entonces, en alguna de esas noches del final del verano que Anastasio se quedó hablando conmigo de madrugada, yo le preguntaba por su viaje, me hablaba de Asia, de las noches perdidas, divertidisimas, como decía, que me dijo: "Pronto dejaré de ser hombre". Aquella frase a mi me sonó más poética que real, porque debido a mi admiración por Anastasio, mi admiración por su fortaleza y su libertad y su no importarle nada las cosas de la plaza, que lo que yo me imaginé fue a Anastasio convertido en un gigante hombre pájaro o algún ser mitológico, pero lo que me quería decir era literal: Anastasio estaba a semanas de convertirse en Eva. Yo no comprendía: pero, ¿cómo, Anastasio? y el no me explicaba, solo contestaba: Vete llamándome Eva para que te vayas acostumbrando.  Y así pasó. Al tiempo Eva se fue del pueblo, volvía esporádicamente, entre escíndalos y críticas. Los padres se sumieron en una forma oscura de vergüenza. Eva los había obligado a un destierro de silencio Las burlas y la crueldad emergieron con facilidad y de Eva poco fuimos sabiendo. A mi aquello, claro, me transformó. No me transformó rápido o en lo evidente, me produjo algo interno que tardé varios milenios emocionales en en entender. También en entender que lo que domina este mundo tiene miedo a lo que se sale de sus líneas. Pensaba en Eva, pero no de una forma concreta, sino una abstracción difícil de entender. Quería saber de ella saber de su vida y de qué hacía y esa ignorancia, esa falta de información, me alejaban permanentemente de mi  realidad. Asumí algo que no era evidente, pero me dejé llevar por algo más fuerte. La corriente que nos empuja, el rio de lo externo, la marea salvaje que te niega. 

 Una noche volvíamos de las fiestas del pueblo grande. Marcos el de la panadería y yo volvimos en su moto por la carretera vieja para evitar encontramos con la policía. Marcos había bebido menos que yo, pero también iba borracho. Condujo con esmero y prudencia, sabiendo que el alcohol es un enemigo. Antes de entrar en la rotonda de acceso al pueblo se desvió por el camino de la ermita. Me dijo que si nos fumábamos el último. Nos sentamos en las rocas que dan al valle, hacia fresco y no llevábamos jersey. Encendimos los cigarros en silencio y estuvimos un rato sin hablar. Marcos me dijo de repente que si yo pensaba a veces en Anastasio y yo le contesté que sí, pero que no pensaba en Anastasio, que pensaba en Eva. Entonces Marcos, sin venir cuento me empezó a tocar la pierna y luego subió hasta la entrepierna y ya no volvimos a hablar. A mi Marco me caía mal, pero le puse otra cara y otro nombre en mi cabeza. No fue una gran experiencia, pero sirvió para comprender. A mi me pareció de repente que el valle emitía un destello, una luz nueva. No era misticismo, me había quitado un peso de encima y probablemente la realidad me empezaba a pesar menos. Eramos muy torpes y no sabíamos hacer nada. El suelo era incomodo y en las piedras tampoco encontrábamos postura, pero hicimos lo que pudimos y los dos llegamos al orgasmo. Marcos, jamás, me volvió a hablar. 

Ahora, cuando vuelvo al pueblo algunos días por verano, le veo. Tiene tres hijos, su mujer es de Pueblo Grande. El último verano supe que iba de segundo en la lista del partido neofascista para las municipales. En el último mitin clamaba a gritos que nos quieren adoctrinar, que la dictadura de genero está rompiendo el equilibrio de las sociedades. En un cartel electoral con su cara escribí la noche antes de volver a casa: "Todos somos Eva". encima de su cara.

jueves, abril 07, 2022

Un pájaro en Cojedes

 Aquel viaje lo hicieron por un motivo puramente burocrático, había un modo de entrar por Colombia, pagando a los agentes aduaneros un soborno barato y conseguir, a una velocidad inaudita, la residencia por cinco años en Venezuela.Cuando sale el sol, ya están bien avanzados en la carretera, han aprovechado las horas previas al amanecer para salir de la urbe. El paisaje es profundamente hermoso. Hay veces que el paisaje no es más que eso: algo hermoso. N tiene la sensación de que el color del asfalto en Venezuela es de un color marcadamente distinto al color del asfalto en España. Menos negro, por un lado, con las lineas menos marcadas y como si la textura fuera menos densa. En cierta manera, el asfalto parece una prolongación de la tierra. Como si la carretera no fuera tan nociva para el entorno o conviviera mejor con lo que se veía. Habían avanzado y estaban en una zona de paisajes que ya no eran tan frondosos y la carretera empezaba ser algo más lineal. Los restaurantes de carretera tenían nombres extraños para él. Los carteles usaban tipografías distintas, colores más alucinados, los camiones y coches eran de diseños potentes, amplios y la carretera iba poco transitada. El mundo, le pareció a N, se había abierto, como si en el trópico el universo tuviera una raja y entrara otra forma de aire no conocida: alguna cuestión física o atmosférica que el humano no percibe y que lo altera todo. El padrastro de N habla poco y ese viaje dice frases poco comprensibles para N. Planifica la nueva vida, proyecta planes laborales y de ocio, una forma de vida que a N le sonaba paradisiaca, pero que empieza a percibir como irreal. Habla de playas que conocerían pronto, de viajes por el país, de cruzar fronteras del continente, también habla de asuntos laborales que N no comprende del todo. La madre de N mira por la ventana como el que mira las nubes desde el avión, la madre de N no parecía estar trasladándose en coche sino que su cara parece la del pasajero de un avión. Mira la carretera como si no estuviera pasando por ella, sino como si la estuviera viendo desde lejos, desde muy arriba. El hermano de N aporta frases a la conversación. Si detuviéramos por un momento todo ahí, si frenáramos el coche en medio del estado Cojedes, en ese momento preciso, ahora mismo, podríamos respondernos algunas cosas. Las familias se construyen más en los silencios que en lo que hablan, en lo que no se dice que en lo contado. En esos silencios rítmicos que se suceden a esas horas de la mañana se construyen las relaciones, los recuerdos, las cosas que invisiblemente marcan. Las cosas que luego creemos misterios o asuntos irresolubles se trazan ahí. En ese coche rojo que atraviesa paisajes novedosos para los cuatro pasajeros, y silentemente se trazan realidades que luego tardan lustros en entenderse o que quizá jamás se llegan a  entender. Hay un momento que se detienen a tomar café. El lugar esta vacío, hay un camión que lleva una lona con un logo impreso, de una marca que no reconocen, aparcado a un lado. Cuando entran suena una música irreconocible, un ritmo nuevo a los oídos. Cuando empiezas a vivir en un país las cosas se asimilan distinto que cuando lo visitas. De turista, de viaje, las cosas las ves desde muy lejos, no te relacionas con ellas de un modo físico del todo. Cuando empiezas a vivir en otro país, las novedades te abruman porque sabes que en breve serán parte de tu realidad y que en cierta manera tienes que ir asimilándolas, haciéndoles hueco en el inconsciente, integrarlas en la maquinaria infinita de la percepción. Las cosas no las observas, las comes, las absorbes, las traspasas. Ese ritmo nuevo les abruma sin que ninguno de los cuatro llegue a decir nada. Ninguno tiene la capacidad racional para saber que aquel ritmo les está atravesando fisicamente. Los padres piden café, los chicos zumos de frutas. Hay algo amable en beber aquellos zumos de frutas, hay una relación más allá del sabor. Era la parte amable de ser extranjero. En los zumos de frutas  se condensaba y se resumía todo lo que implica ser extranjero. El camarero les mira con simpatía, la escena resulta cómica o simpática: Extranjeros desubicados en medio de Cojedes. N y su hermano salen a mirar los coches pasar por la carretera. N siente que todo tiene un orden extraño, confuso, pero a los 11 años la realidad no tiene un orden concreto o se acepta con mayor facilidad el desorden de las cosas. Vuelven al auto, el viaje continúa a ritmo parecido al que habían llevado hasta ese momento. Sólo que ahora el calor es intenso, la luz es potente, blanca. Justo ahí, en ese momento, un pájaro se estampa contra el coche, el padre de N da un volantazo y solventa la situación, pero se detiene a un lado. La madre de N no reacciona del todo, como si siguiera viendo la vida desde el avión, N y su hermano se quedan mirando algo a un lado que creen  el cadáver del pájaro. Entonces el padre mira hacia arriba, como si supiera que la madre sigue allí, una pasajera sobrevolando en avión la zona, luego les mira y todos saben que es en ese preciso momento que piensa: ¿qué hago aquí, en medio de este país? ¿Qué pinto aquí en Cojedes?

domingo, diciembre 05, 2021

El baile en la calle y el viaje

  Hay momentos fronterizos en las relaciones familiares. No son momentos reveladores o epifánicos. No son momentos iluminados, pero son momentos que dan un vuelco en el equilibrio interno de los núcleos familiares. Son huellas que luego se deben rastrear para entender porque al final, muchos años después las cosas llegan a un lugar preciso. Quizá ahí, en las puertas de un ministerio del centro de Caracas, el nucleo familiar de N, estaba traspasando una frontera invisible que convendría rastrear en el futuro. ¿Cómo en un traslado tan importante como al que se estaban enfrentando, los adultos no habían previsto cosas fundamentales como la resolución del papel de residencia? ¿Cómo una familia dejaba todo en manos de la estructural corrupción burocrática latinoamericana para la resolución legal  de la residencia de unos menores? Quizá la frontera está ahí, no en otro punto. El caso es que la mañana se acerca al mediodía y están caminando de nuevo hacia la estación de metro de El Capitol. El bullicio y frenesí parece haberse apaciguado ligeramente, como si la venta ambulante y el movimiento urbano sintiera un leve descenso de locura llegando al mediodía. Pasan de nuevo cerca de los vendedores de Casettes, se vuelven a mezclar melodías y ritmos, armonías imposibles, frases desperdigadas sobre la música mezclada, de las que emerge con intensidad especial quiero odiarte hasta la muerte, pero odiarte es amarte, cada día, más y más. Marejada fue tu amor sobre mi almohada...Sería la primera vez que N y su hermano escucharían ese estribillo obsesivo, que parecía el hit de esa navidad o quizá era un éxito atemporal. Unos metros más allá, una pareja baila al ritmo de la pieza, la chica vende zumos y el muchacho es el vendedor de bolsos del puesto de al lado. Compañeros de zona comercial ambulante se dejan arrasar por la euforia festiva en el final del mañana en una calle del centro de Caracas y N y su hermano observan la escena como el que comprende que el mundo, definitivamente, está compuesto de un movimiento material y orgánico indescifrable, sólo al alcance de mentes de laboratorio. Porque en ese instante, los dos hermanos, desearían, y no son del todo conscientes, saber bailar ese ritmo frenético y ponerse a bailar ellos también para ser parte de esa realidad para siempre. Para obtener la residencia, pero no la del papel, la sellada por las autoridades competentes, sino la residencia física, muscular, sanguínea. Caracas les resulta la posibilidad de un mundo utópico. 

Siguen andando hacia el metro. Los padres deciden que el viaje lo emprenden en dos días. Van tratando de trazar un plan, una ruta y una logística. El padrastro conoce a dos personas en el país: la persona que le ha ofrecido el trabajo, y el mejor amigo de este que vive en la ciudad que hace frontera con Cúcuta. Así que el plan parece accesible, sencillo e incluso apetecible. En dos días el núcleo partirá antes del amanecer a San Cristobal. N y su hermano se sienten motivados ante el viaje, ante la posibilidad de cruzar la frontera con Colombia y embarcarse en un largo viaje por carretera que les permita adentrase en su nuevo país. 

viernes, diciembre 03, 2021

Al Ministerio de educación

 El primer día es un día donde tienen que resolver papeleos. Han llegado al país a mediados de diciembre y a principios de enero N y su hermano empezarán las clases en algún colegio en Caracas. Hay varias cosas por hacer en el ministerio de educación antes de inscribirles en el colegio donde ya tienen reservada la plaza y cuanto antes lo hagan mejor será. N no sabe muy bien en que consiste el papeleo, pero la excursión al centro de la ciudad tiene un halo de aventura. No tanto así entrar a un ministerio a moverse en la burocracia administrativa, más en un país caribeño. Caminan hasta el metro con brío. Los padres van animados y N y su hermano ahora mantienen una actitud entre el entusiasmo y la diversión. La bruma sensorial de las primeras horas da paso a un ambiente más festivo. El metro de Caracas está nuevo y es moderno. Tiene un aire cinematográfico y atractivo. La ciudad, bajo tierra, cobra un orden que no parece tener arriba, como si en Caracas el orden se alterara y el subsuelo tuviera algo de paraíso apaciguado. N y su hermano hoy parecen más turistas que inmigrantes. Observan las cosas de manera mas frívola y menos trascendental que el día anterior. Se ríen, gastan bromas y perciben las cosas con diversión. En el metro son capaces de apreciar que Caracas son varios mundos recogidos en una ciudad, y eso es algo que irán apreciando cada vez más, según van pasando las semanas. Bajo tierra la sensación de estar rodeado de un abanico de gente amplísima. Estéticamente hay gente que parece de los años setenta lo que le otorga a la realidad una sensación de multitiempo: en Caracas se suceden varias décadas a la vez. Se aprecian estudiantes, trabajadores de todo tipo, gente trajeada de distintas formas, trajes modernos, trajes antiguos, trajes con pantalón de campana, trajes que abarcan casi medio siglo de modas. A finales de los ochenta, en Vigo ver un negro era algo bastante atípico, a finales de los 80, N y su hermano, descubren que el negro es un color de piel que abarca millones de matices y los descubren de golpe en el subsuelo de Caracas. En el vagón atestado sienten que en cierta manera hay alguna posibilidad de ser parte de ese ritmo de la ciudad, sienten que en ese instante están entrando en él. Leen los nombres de las paradas, para ir hasta el centro, son la ruta de esa expedición psicodélica. A Chacao, sigue Chacaito: como si la ciudad fuera encogiéndosela para luego expedirse en Sabana Grande. Van atravesando el subsuelo y los nombres les obligan a imaginar la superficie. En Parque Carabobo, el hermano le dice a N: ¡Tu parque! La broma hace gracia a N y se ríen. Bobo, tú. Bajan en El Capitolio. Caminan tras los padres, que parecen seguros de donde ir. Ahí la ciudad es distinta, porque la ciudad siempre es distinta. La verdadera diferencia que permanentemente perciben es que la ciudad es de todo menos monótona. Cada instante cambia, como si fueran trozos de proyectos de ciudades, como esos collage de recortes de periódicos y revistas, que tienen edificios de distintos lugares y se van pegando para armar una idea de ciudad. En esa zona la ciudad colonial se mezcla con edificios racionales, edificios que nunca se terminaron de hacer. La venta ambulante desborda las aceras. Ventas de zumos, de zapatos, de camisetas, de comida de todo tipo, casettes de salsa. Se mezclan disentías canciones en menos de treinta metros. "Ricardo viene de frente con su sonido bestial" dice una voz desde un altavoz que satura como si quemara, acompañada de un ritmo brutal o "sonido bestial" como dice la canción. Si el día anterior se sentían en una especie de viaje interestelar hoy la realidad es de otra forma, es la vida en la tierra en todo su esplendor. La vida del ser humano a lo largo y ancho del planeta a finales del siglo veinte. Huele a una comida que de seguro tapona arterias pero que incita a la comilona. El padrastro pregunta a un tipo que camina rápido si sabe cómo llegar al ministerio. Indica amable y despreocupado. Cuando llegan al ministerio la sensación de frenesí permanece. Sale y entra gente del edificio como si huyeran de algo. Unos tipos en la puerta le hacen gestos incompresibles al padrastro, proponen corrupción menor para resolver de manera eficaz papeleos, que de otro modo, resultan imposibles. Al Padrastro le han dado el contacto de uno de esos "gestores". Todo sucede rápido. Willy Camacho aparece de repente, saluda al padrastro como si fuera su primo, le pide los papeles, se queda con las carpetas de un modo que parece que ha hecho un truco de magia, y le dice: "en media hora esta vaina esta resuelta, vayan a tomar café". El padrastro siente una especie de fascinación ante el momento, el orden del desorden siempre resulta desconcertante y mágico. La burocracia siendo víctima de sus propios trucos.

 El asunto es que media hora después los papeles no se han podido resolver. "Los muchachos aún no tienen la residencia". Dice Willy mostrando una preocupación que no siente.  Eso dispara todo por los aires. Pero el mismo Willy da una solución meteórica: 

- Vayan a Cúcuta Vayan a Cúcuta ya. Mañana mismo si puede ser. Entren al país por Colombia, allí mi agente Wilmer Washington Martinez resolverá esto más rápido que gordo en patineta. Tome su número, avise cuando llegan y él prepara todo. En dos horas los muchachos y la señora tendrán la residencia por cinco años. Ustedes traen dólares Wilmer les pondrá preferentes en la lista. Decidan rápido si quiere que los muchachos empiecen clase en enero. 




Primer amanecer

 N y su hermano duermen en una habitación de un hotel en El Marqués, casi metidos en la Urbina. El mundo les ha mostrado, en pocas horas, la posibilidad de las estéticas. La palabra ciudad ya no engloba una cosa única. La ciudad, han descubierto, es una cosa que puede tener miles de caras, miles de formas, olores y ruidos. Están durmiendo en una habitación y sobrevuela una masa sonora que ya nunca se despegará de su recuerdo. N sueña con la humedad del trópico, que es una sensación que le ha marcado todo segundo en su llegada a la ciudad. Su hermano sueña con un bar donde están los amigos que ha dejado en Vigo. El sueño es profundo y cargado de sensación de realidad. El hermano de N, despierta en medio  de la noche aturdido y confundido, mira a N dormido y se asoma a la ventana. Siente un atisbo de nostalgia o tristeza, pero no logra descifrarla. Vuelve a la cama y sigue durmiendo. Cuando amanece, N despierta primero, su hermano está dormido y N se asoma a la ventana. La ciudad está en acción. Mira los coches, su tamaño, su diseño, su volumen. Toda su desubicación queda representada en los coches que ve pasando por el bulevar de abajo. También el ritmo de la ciudad. No se parece en nada al ritmo de la ciudad en la que había vivido los últimos siete años. Y eso tan abstracto, tan poco decidido, tan poco previsible, como es el ritmo de la ciudad, el ritmo propio, es al final lo que las define, lo que las identifica. Caracas tiene un ritmo apabullante, en cierta manera N siente que observa a lo que no tiene acceso y que no se puede explicar, pero esta fascinado, casi hipnotizado. Seguramente eso es ser extranjero, ver un ritmo, un movimiento en un lugar y saber que no estás dentro, que estás ahí, pero que solo lo observas, como publico que mira a una orquesta ejecutar una pieza. Su hermano llega a su lado, miran por la ventana y no hablan. Ambos saben que el otro se siente igual. Abrumado por el movimiento ahí abajo, por la estética de las cosas. Los letreros de los negocios, el orden de los árboles. La normalidad de cada uno se sustenta en no pensar en dónde y cómo están las cosas. Ser extranjero tiene algo de locura, te cuesta comprender y encajar cada partícula de la realidad. No tanto porque no la entiendas sino porque te abruma ser consciente de cada olor, de cada sonido. 



viernes, noviembre 19, 2021

Primera cena

 Salen a cenar a un sitio cerca del hotel. El recepcionista alerta de la hora y que en Caracas, entrada la noche, es mejor no ir de paseo. Eso a N le alarma ligeramente, porque le otorga a la calle una sensación de vacío. Aunque pasen carros, aunque se vea gente, todo parece una proyección, un engaño, porque en realidad, conviene no estar ahí en las horas de penumbra. Sin embargo el padrastro se decide a cruzar caminando, el restaurant al que van esta a una cuadra y media de allí, parece inútil usar el automóvil. 

Salen a la calle. N aún se sorprende de la temperatura, ese verano inesperado en medio de ese invierno gallego en el que estaba menos de un día atrás le parece una forma de milagro. Y eso, probablemente, es lo que le tenga más sumido en esa permanente sensación de irrealidad en la que se ha instalado. Los negocios están cerrados, las calles, efectivamente, poco concurridas, sin embargo hay ruido urbano. Motores, aires acondicionados, el bullicio que sale de las casas. Huela a una planta, es un olor nuevo también. Para N Caracas va ir siempre asociado a ese ruido urbano que es muy concreto, como una especie de masa sonora comprimida y ese olor que no es capaz de descifrar. También esa luz mortecina que emiten las pocas farolas y que le dan a la calle un halo cinematográfico. Una especie de film de misterio tropical. Llegan al restaurante. Es decadente, viejo, pero tiene algo de magnetismo. Está vacío y el camarero parece ido, aturdido quizá, como si no esperara por nadie. La decoración es extraña, parece de otra época, anterior. Esos restaurantes que se quedan en tierra de nadie, que nunca llegaron a ser actuales o modernos pero que el paso de los años va enterrando en una extraña sensación de atemporalidad, pero una atemporalidad lejana. Como si fueran de una época pasada que no existió. El camarero les ofrece cualquier mesa: "escojan ustedes", porque todas están vacías. Se sientan al azar y se miran. Es la primera vez que los cuatro se han detenido juntos, en algo. Posiblemente ese sea el momento en el que "llegan". El camarero pone pan de ajo y toma las bebidas. La carta ofrece platos que no ubican del todo y jugos de frutas con nombres excitantes. Guayaba pide N. Parchita su hermano. De repente suena música en el bar. A un volumen ligero, no molesta. N reconoce un arpa y un ritmo desconocido, la voz del cantante es aguda, pero hermosa. "Es música folclórica" dice la madre. Suenan unas maracas, que siguen un ritmo constante y que empuja. Ese sonido se queda enterrado en la memoria de N. El padrastro cuenta algunas cosas de sus dos meses de anticipo. Ha buscado casa, pero no ha encontrado. Ha empezado en el trabajo, que fue el principal motor de convertirlos en emigrantes, y viaja todas las semanas a una ciudad de nombre prodigioso: Maracaibo. Describe el calor de esa ciudad, pasa mucho rato hablando de ese calor y concluye con una frase: "Vivir en Maracaibo está descartado". El hombre ha pedido la euforia que le tuvo en activo en Vigo todos los meses previos a su partida. Ningún de los tres lo sabe ver, pero el padrastro ya está arrepentido, y es importante saber eso, que ellos desconocen y que no lo sabrán con certeza algún tiempo, porque eso condiciona el resto de cosas. Trata de emitir emoción, pero no hay emoción y debería ser más evidente. Quizá los tres, inconscientemente, se están protegiendo, porque por otro lado hay un no retorno en todo el planteamiento. Quizá N, su hermano y su madre, cierran los ojos a ese leve decaimiento emocional  y es quizá ahí donde se está asistiendo el nacimiento de un misterio. Un misterio que flota inaudible sobre esa mesa de un restaurante decadente, de comida barata. Luego el hombre habla de la ciudad, del metro, de avenidas. Habla de un sueño que ha tenido. Gasta una broma torpe. Mira al camarero y recibe los platos de comida, como esperando que el hambre saciada calme la incertidumbre, su incertidumbre y su incomprensión, porque en realidad, lo que sucede, es que el hombre ha dejado de entenderlo todo, pero sobre todo a él mismo. N y su hermano comen con furor. Devoran la yuca que desconocían, devoran los jugos de frutas, devoran las arepas que acompañan, devoran los nuevos sabores, porque ellos están el proceso contrario: están empezando, justo en cada bocado, a adaptarse al país. Lentamente, a trompicones y sin conciencia, pero ellos ya están en ello, su madre aún no ha despegado de la pista del aeropuerto de Galicia, y el padrastro aún, y después de dos meses, sigue sobrevolando nubes por encima del atlántico y ahí se quedará ya para siempre. 

miércoles, noviembre 17, 2021

La hora 0 en el nuevo mundo

La hora cero en el nuevo mundo

Diciembre de un año de finales de los ochenta. Agoniza la década: el mundo ha cambiado a otra cosa. No sabemos muy bien a qué, porque es imposible entender el presente desde el presente. Pero N tampoco podría entender nada de eso en esos momentos, porque N es un niño, o ese niño que empieza a agonizar cuando se tienen doce años y los cambios sociales, los cambios de paradigma y estéticos son algo que no se comprende a esa edad, probablemente a ninguna.

A N lo han metido en un avión en una ciudad donde hay niebla, frío y una humedad que congela las entrañas, y ha aterrizado en un aeropuerto del Caribe. Cuando pisa tierra, después de ocho horas de vuelo —su viaje en avión más largo hasta la fecha—, siente un golpe de humedad que no va a olvidar el resto de su vida: anochece en América Latina. Porque N no percibe algo específico: una ciudad, un aeropuerto, un sitio concreto. Es probablemente su primera gran incursión en las sensaciones abstractas, y N lo que percibe al pisar tierra, afectado por esa humedad indescriptible y novedosa, es América Latina. Sin saber exactamente qué es eso, porque N tiene doce años y uno no entiende qué alcanza a describir ese sustantivo compuesto: Latinoamérica. Pero eso es lo que le invade de golpe a N cuando pisa la pista de aterrizaje: Latinoamérica. Así, de golpe, entera, como si toda ella estuviera condensada en esa humedad que le golpea brutalmente.

Ve la luz del atardecer al fondo de la pista, el movimiento del aeropuerto, el aspecto de la gente, el sonido de la realidad, el olor de la vida. Porque los individuos tienen un momento en el que de repente descubren que su vida tenía sonidos, olores y luces, y que no los percibían porque aquello era lo que llaman la normalidad. Y N descubre así, avanzando detrás de su madre y de su hermano por el aeropuerto, que la normalidad se ha evaporado de su vida, seguramente para siempre, y que los sonidos, los olores y las luces nos condicionan, nos marcan el paso, dictan buena parte de lo que vamos a sentir cada segundo.

N va intentando descifrar todo eso, pero no lo descifra. Está en un estado que no conoce, como si todo aquello le hubiera otorgado un cuerpo nuevo, que tampoco conoce. N simplemente es capaz de seguir los pasos de su madre y de su hermano, que van delante, sabiendo mejor dónde están —o eso aparentan—, pero sin haber llegado todavía. Porque la ventaja de N en ese momento es que es el primero que ha entrado en esa nueva percepción de la realidad: de golpe, sin haberlo decidido, quizá empujado por ese mazazo de humedad indescriptible y extraordinaria que ha sentido al cruzar la puerta del avión y bajar por las escaleras hacia la pista.

N está deambulando por un lugar nuevo, sin coordenadas, sin mapa, sin brújula siquiera, probablemente sin conciencia o con una conciencia explosiva de todo. N está, por decirlo de algún modo, naciendo de nuevo. Ese aeropuerto es una nueva salida al mundo y todo lo anterior, de repente, parece la vida de otro, un pasado no vivido. Los doce años previos son ya la vida de otro ser, algo que en vez de haber sido vivido le ha sido inducido en la memoria como recuerdos que no se vivieron.

N, un ignorante absoluto, ha llegado como inmigrante, junto a su familia, a Caracas, Venezuela. Un lugar del que no sabe casi nada, salvo clichés o irrealidades. Del que ha visto fotos, del que ha escuchado cosas que le evocan imágenes poco nítidas, irregulares, imprecisas, ficticias. Caracas, Venezuela: palabras casi vacías de certezas.

N, su madre y su hermano avanzan por los pasillos del aeropuerto. Es justo en ese camino hacia la salida cuando N se instala —y estará meses así, quizá ya el resto de su vida— en la extrañeza. A N le resultan raras las baldosas, los colores de las paredes, la altura de los techos, las ropas de la gente, la locución que anuncia salidas y llegadas de vuelos, el ritmo de las cosas. Pero sobre todo —y lo que menos podría esperar de ese momento estrambótico— le resulta raro su padrastro, que ha llegado dos meses antes al país en el que van a vivir y que espera al otro lado de la puerta de salida.

Mira con ojos nuevos que a N le resultan raros: la postura corporal, el color de la piel, la forma en que mira entre la gente, la forma en que levanta el brazo para hacerse ver. Todo, cada poro de la piel de ese hombre al otro lado de la puerta, es raro. Y N, de repente, se despega para siempre —y sin capacidad de retorno— de su vida pasada. Así que asume, en una transformación que sucede a la velocidad de la luz, su nueva forma, aunque no visible, en la que habita ahora su cuerpo.

Se abrazan al padrastro. El encuentro es menos efusivo de lo que los cuatro seguramente habían prefigurado. Hay algo silente en ese momento fundacional, algo que se asume, que se sabe, pero que no se nombra. Se abrazan con alegría, porque la hay, pero también con una forma brutal, casi despiadada, de desapego. Se encuentran para no volver a encontrarse jamás. Se ven en el nuevo mundo para separarse para siempre.

Se preguntan cosas, se preocupan unos por otros, porque el sentimiento es inamovible y los cuatro mantendrán un núcleo fiel. El padrastro deja caer algunas quejas, algunas decepciones. Los dos meses de avanzadilla no habían sido lo esperado, quizá porque se había prometido a sí mismo el paraíso y, como todos sabemos, el paraíso no existe. Si todo había sido raro avanzando por los pasillos del aeropuerto, ahora todo caía como una especie de estafa.

A N, sobre todo a N —porque N fue la coartada del padrastro—, le habían ofrecido una vida mágica, ajena a conflictos y problemas. Y en la entrada al paraíso le advertían, de repente, que el paraíso tenía carencias y numerosos defectos.

Caminaron por el parking del aeropuerto en una extraña euforia. El padrastro y la madre de N van delante, poniéndose al día, buscando una forma de reencuentro que no termina de llegar. N y su hermano deciden fundar una sociedad de protección. No es una decisión hablada, pero deciden que la única manera es armar un escuadrón de defensa para lo que viene, que no saben qué es, porque nadie sabe adónde llega cuando llega a un nuevo mundo. Pero la única certeza —y esta será para siempre— es que se tienen el uno al otro para avanzar por ese paisaje salvaje.

Se montan en el coche, que ahora se llamará carro. El carro arranca y entran en la autopista que va de La Guaira a Caracas. Si hasta ese momento todo había sido extrañeza, la perplejidad de quien cruza la puerta de un nuevo más allá, de repente entran en un viaje sideral. El camino por esa autopista, mientras la noche rotunda cae sobre Venezuela, es el primer viaje espacial en la historia de la humanidad hecho en automóvil.

El tráfico es potente pero veloz. Pasan carros a toda velocidad. La autopista asciende permanentemente. Los coches son modelos americanos que solo habían visto en películas. Son naves espaciales. Pequeñas luces en las laderas parecen anunciar una nueva galaxia y terminan resultando ser los barrios de chabolas más grandes de Latinoamérica. Un espectáculo nocturno que define la presencia humana en la Tierra de un modo abrumador.

Están entrando en Caracas, y Caracas de noche desborda. Es difícil percibir cómo se percibe una ciudad la primera vez que se pisa, pero Caracas tiene algo que siempre evoca esa primera vez. Seguramente sea la forma. Pocas ciudades tienen su forma tan definida, tan marcada. Porque en otras ciudades se va entrando; en Caracas se entra y, de repente, te tiene rodeado.

N y su hermano van callados, mirando abrumados. Su madre comenta detalles con un entusiasmo forzado, porque en el fondo ella también está abrumada, seguramente pensando por primera vez —y para siempre— una pregunta que se queda ahí, colgada: ¿qué pintamos ahora mismo, a finales de los ochenta, en un anochecer de diciembre, en medio de Caracas?

Encaran la autopista del Este. Hay tráfico denso. Un neón de refrescos tiene dos letras apagadas y le da un aire de irrealidad a todo. A su lado, otro letrero de seguros parpadea rotundo. N mira por la ventanilla al carro que avanza lento a su lado y ve a un tipo que conduce: tiene bigote y fuma. El tipo lo mira sin prestarle atención y avanza.

Pasan por Parque Central. El movimiento es inabarcable. N piensa que quizá algún día todo eso será su normalidad, pero en ese instante siente que atraviesa un mundo indescifrable al que no accederá, salvo para observarlo desde detrás de un cristal. N no había salido nunca de España. No siente nostalgia: siente lejanía, como si no perteneciera a ningún lado.

Su hermano lo ha mirado dos veces. Va más callado que de costumbre, porque durante ese trayecto de tráfico denso parece imposible hablar. Hay tipos que caminan por la calzada, avanzando firmes por la autopista. Van con mochilas y a ritmo vivo, como si no estuvieran ahí, sino en medio de una selva. Parecen trabajadores que vuelven del campo, pero avanzando por el centro de la ciudad.

A un lado se ve un puesto de comida lleno de carteles, con dos comensales que apuran los últimos trozos de algo que comen con las manos. Los carteles anuncian precios, y N hace su primera traducción de bolívares a pesetas. Todo le parece caro o barato, un extraño juego de la economía que probablemente jamás entenderá.

En un punto concreto el tráfico empieza a disiparse. El carro gana velocidad y se adentran en una zona arbolada. Los edificios tampoco le resultan habituales. Quizá N, sin saberlo, descubre las diferencias entre culturas y continentes en la arquitectura y el desarrollo urbano, pero eso él no lo identifica.

Ve coches, calles arboladas casi comidas por la selva, edificios donde todas las ventanas emiten luz, como si nadie apagara nunca, como si todos los apartamentos estuvieran ocupados. Los bulevares son amplios, pero el asfalto está desgastado. Los carros pasan rápido. Las calles laterales ascienden, trepando por laderas de montañas que la ciudad se ha ido comiendo.

Todos los edificios tienen grandes rejas al frente, altas y gruesas. Detrás, anuncian la vida de las clases medias. N ve un autobús pasando por uno de los bulevares: un carrito por puesto, como descubrirá después que se llaman. Más pequeño que los autobuses que conocía, lleva carteles con destinos, nombres imposibles, palabras nuevas, sonoridades extrañas: las letras del nuevo mundo.

El carrito avanza destartalado y frenético. N intenta mirar al interior; tiene una necesidad potente de ver a los seres humanos del nuevo mundo. No va muy concurrido. Logra ver a una mujer sentada que mira al suelo: una mujer negra, casi anciana, con los ojos cerrados. El carrito se pierde para siempre en la maraña urbana.

El coche gira, baja la velocidad. Llegan al hotel donde dormirán esos primeros días.

En la recepción N escucha el acento de la gente que va y viene por el vestíbulo. En el mostrador, un tipo les habla con simpatía y les da las llaves. N espera a un lado. Ve una televisión encendida que emite anuncios. Se queda absorto ante uno de mantequilla. El tono del locutor, los colores, las frases, los eslóganes, el mensaje publicitario le parecen cercanos a la fealdad, pero a la vez le atraen. ¿Cómo es posible que el lenguaje televisivo sea tan distinto?

Tras el anuncio de mantequilla, uno de harina PAN; luego uno de lotería. Se suceden los spots, una cantidad excesiva, uno tras otro: productos nuevos, Diablitos Underwood, loterías de nombres estrambóticos, el anuncio de un nuevo episodio de una telenovela de éxito. La cadena tiene un nombre que condensa televisión y Venezuela de un modo aparatoso.

La madre llama a N y a su hermano para que suban a las habitaciones. Comparten una en la séptima planta. Desde la ventana se ve una calle ancha. Se quedan mirando los carros americanos, grandes, casi tanques, avanzando por calles de formas nuevas, porque las calles son distintas.

Se ríen sin saber muy bien por qué. Se ríen mientras ven Caracas ahí abajo. La risa aumenta, se ríen tanto que se tumban en la cama para seguir riendo sin caerse. La risa es contagiosa: cuanto más ríe uno, más ríe el otro.

Probablemente esa risa cierre el día infinito que había empezado en otro huso horario, en Vigo, a ocho mil kilómetros de ese hotel. Ríen descolgándose del viaje, como otra forma de aterrizaje. Ríen a carcajadas, tirados sobre las camas.

La risa no acaba. La risa reverbera a lo lejos, allí, en una casa vacía que ya no habitarán nunca más: una casa lejana que hace esquina en un noveno piso de una avenida donde en ese momento llueve, hace frío, es madrugada y no pasa nadie, salvo el eco de una risa que se produce lejos, a ocho mil kilómetros de distancia, en la habitación de un hotel de Caracas.

jueves, septiembre 23, 2021

Final

 ¿Necesitamos el reconocimiento de los otros? No lo tengo claro. No hacemos lo que hacemos por el reconocimiento. No llevo toda la vida en la compleja tarea de componer canciones populares por el reconocimiento. No llevo años escribiendo cosas aquí por que a otro le guste. El reconocimiento lo que sí tiene es que te valida y te saca de tu subjetividad permanente. Porque lo que sucede cuando haces tareas de este tipo es que es imposible saber si lo que creías que hacías era realmente lo que estabas haciendo. Nadie sabe, del todo, el efecto que produce una forma de actuar en el otro, porque ni siquiera el otro existe, cada otro es único y recibe las cosas de un modo subjetivo también, así que ese otro invisible para el que se dirige lo que se hace no existe. No existe un otro, el otro es una utopía. El otro no ve todos los mensajes que tú has ido dejando, porque encuentra otros y porque en general el otro no lo vive como un acto de necesidad existencial. El que lo hace, el que escribe un texto, compone una canción o silba una melodía, lo vive como se vive el paso de la sangre por las venas, no se piensa del todo, pero toda la existencia depende de ello. El otro sólo ve un cuerpo al que no le analiza las visceras, sino que mira y analiza desde otro lado y es ese lado, realmente, el que importa. No debería minimizarnos que el otro reciba con poco entusiasmo lo que se ha hecho. Lo que importa ya está fuera y ya no es, ya tiene una existencia ajena. Uno no puede hacer un gato o un perro, un animal domestico habita nuestro hogar, pero no lo creamos, no lo moldeamos. Lo que se hace, lo que se crea (detesto la palabra, por la connotación y porque nadie crea) vive una vida ajena, y lo que hace el creador (aún mayor rechazo) es acotar una parte de su vida entorno a eso, trata de entenderse o de descifrar algo. Crear es buscar una verdad que se sabe que no existe. Porque según te acercas todo se abre y el matiz va abriendo otros matices y otras decisiones que abren otras decisiones. Nunca se acerca a un centro, porque el centro se abre y se despliega y lo que se hace, al final, es simplemente dejar de entrar o salir, lo que decides cuando das algo por terminado es parar ahí, porque es el punto exacto donde ya estás desbordado. Cada cosa finalizada es un acto de renuncia lo que implica una profunda valentía. El que finaliza se asume. 

martes, septiembre 21, 2021

Las tardes con K

 Había un camino que no era camino o que era algo así como un excamino, porque estaba casi borrado, comido por las zarzas y hierbajos y K, a ese camino casi borrado, lo llamaba: la historia interminable. Creo que fue nuestra primera experiencia psicotrópica. Nos poníamos al principio del excamino, los días de lluvia y barro, y lo recorriamos corriendo, lo más rápido que podíamos. Lo hacíamos siempre cuando ya caía la noche y el invierno dominaba el universo. La estrechez del camino, el olor y la humedad, las hojas a la altura de nuestros ojos, le daban a la carrera un aire cinematográfico, una especie de efecto especial que recordaba a las alucinaciones o a los viajes en el tiempo de las películas. No sé qué hacíamos esos dias de invierno, por las tardes, No había casi nunca otros chicos por el barrio, y la mayoría de esas tardes solo nos juntábamos K y yo. Paseábamos, hablábamos de montar un grupo y nos mojábamos los bajos de los pantalones en los charcos de la periferia del barrio y cuando ya caía la tarde y se venía la noche con su humedad tremenda y su frio en los huesos, alguno de los dos decía: "vamos a la historia interminable", que muchas veces servía de cierre de la jornada. Entonces nos poníamos uno detrás de otro, porque en el camino no entrábamos a lo ancho los dos y salíamos disparados. El excamino terminaba en una finca con una casa abandonaba y un burro que parecía agotado de la vida. No sospechábamos, claro, que aquello desparecería con los años, y que "la historia interminable" terminaría siendo la entrada al garaje de un edificio. Cuando terminábamos la carrera nos despedíamos con tristeza, porque separarme de K era separarme de una forma de vida que me interesaba más que a la que acudía: deberes por hacer, rigidez y horarios. Volvía andando a casa por que camino de Doña Lola, que era la que regentaba una taberna en una casa que parecía de aldea, en vez de periferia de la ciudad. En la taberna siempre estaban los mismos, unos tipos que bebían un vino oscuro que parecía hipnotizarles y Doña Lola que parecía estar siempre vigilándoles, manteniéndoles así, idos y lejanos, pero inmóviles. Al terminar el camino de Doña Lola, que poco después asfaltarían pasaba por la calle del colegio, que a esa hora estaba cerrado, pero que tenía la luz de algunas Clases encendidas y donde veía a Camilo, el conserje que limpiaba siempre a esas horas todo el colegio con su mujer, mientras Iván, su hijo, que iba a mi clase, estaría en la conserjería, porque Ivan era aplicado y cumplidor en el colegio. Cuando llegaba a mi portal, a veces me quedaba un rato sentado abajo, el barrio estaba medio silencioso y no pasaba gente, a lo lejos, por la carretera nacional, el tráfico parecía el mar, un ruido constante y eterno, un flujo que explica otros flujos. A mi no me apetecía subir a casa, no quería hacer deberes, pero no aguantaba mucho. Subía en el ascensor haciendo gestos frente al espejo como si el grupo que habíamos formado K y yo estuviera de gira por estadios de béisbol de Estados Unidos. AL llegar al 9 llegaba a otro mundo. Abría la puerta y escuchaba a mi madre hablar con mi hermano. Cruzaba el pasillo, tocaba la puerta y m hermano abría con desgana. ¿Dónde estabas? Me preguntaba siempre. Siempre me quedaba con ganas de contestarte: "En la historia interminable" pero nunca lo hice. Sólo contestaba: "Por ahí con K"

miércoles, agosto 11, 2021

Aquella costa

 "Esto era el paraíso. Aquí no había nada salvo naturaleza" Esa frase sonó melancólica y tremenda, porque Manuel no es un anciano, Manuel incluso es más joven que mis padres y ya ve ese mundo anterior desvanecido y destruido. A ratos habla con culpa, porque se siente culpable. Ha trabajado en la construcción y ahora vive del turismo, y cuando narra deja caer ese atisbo de arrepentimiento y de inconsciencia. Como si hubiéramos sido borrachos que no descubren las consecuencias de sus actos hasta que despiertan con una terrible resaca la mañana del día siguiente. "Bajábamos hasta la playa y atravesábamos todo eso que ahora tiene casas y caminos, pero a nosotros nos costaba acceder y llevábamos de todo para pasar el fin de semana allí abajo, en la costa. Y dormíamos bajo árboles y la playa era infinita y aquello era un vergel. Eramos invitados esporádicos en el paraíso. La relación con la playa era otra. Cogíamos cangrejos en las rocas, celebrábamos todos los del pueblo, porque bajar a la playa era un festín, un jolgorio. Los mayores se reían, los abuelos miraban el horizonte y los niños corríamos. No sé cómo todo aquello fue mutando, pero lo hizo. Se empezó a transformar en otra cosa: todo el mundo quiere acceder al paraíso y estas costas lo eran". Y en la mutación mutaron todos: los niños se hicieron dueños de terrenos y le sacaron provecho. Algunos construyeron pequeñas casas que arrendaban los veranos, otros construyeron restaurantes, eran los niños que habían corrido y cazado cangrejos por aquellas playas y que ahora eran empresarios. Y la costa se fue transformando y venía gente de fuera y cambio el ambiente y mientras cambiaba aquella playa, cambiaba también el mundo. En realidad todo estaba mutando velocísimo y nadie iba a la contra, aquella fuerza, aquella potencia solo te permitía dejarte arrastrar, porque era parecido a estar dormido o en hipnosis, quizá era eso, una grandísima hipnosis colectiva donde hacíamos y deshacíamos y jugábamos  con los elementos, como niños jugando a hacer castillos en la arena de la playa. Eso era en realidad lo que estaba sucediendo, cambiamos los materiales, pero no el juego: "seguiamos cabando en la orilla de la playa, construyendo castillos imposibles, abriendo huecos que convertíamos en piscinas que las olas del mar iban llenando, solo que ya no era la arena de la playa y solo que esos huecos no desaparecían a la mañana siguiente" y ahora todo es irreconocible, el paraíso ya no está, pero todos vienen como si siguiera estando y hace calor y sopla un viento espeso y húmedo que hace sudar y de fondo, por el mar, se ve venir una gran ola. 

martes, agosto 10, 2021

Humedad

 La humedad se nota en la frente y en la espalda, que transpiras constante. La luz del día, que está empezando, es confusa. Amanece, pero no termina de amanecer. El cielo está espeso y plomizo. Hace calor para ser tan temprano. Desde la ventana veo un pequeño barco muy cerca de la orilla, no sé qué pescan, pero apenas se mueven. El mar no parece el mar, parece un lago. No hay olas, no hay movimiento. La quietud es potente, y se multiplica por la sensación que da el cielo de quietud también. La luz grisácea está estática, la humedad casi se puede tocar. No hay ruidos, porque da la sensación que el cielo cubierto y esa humedad detienen las reverberaciones y hacen de enorme caja acústica. No pasan pájaros y el único ser vivo que comparte ese instante conmigo es un gato que pasa por debajo con una cautela extrema, le sospecho de caza. Las montañas que perfilan la costa no se ven, el cuadro es difuso, como si la mañana no hubiera completado de  dibujar el paisaje. En el mar, el pequeño barco pesquero sigue quieto, durante todos esos minutos todo parece detenido, como si se hubiera congelado un instante: ¿es así el no tiempo? Juego mentalmente con la posibilidad de que el tiempo este haciendo cosas raras y que sea yo el único testigo de ese instante que es un segundo adormecido. En cualquier momento, sé, que todo esto arrancará. Aparecerán nuevas figuras en el mar: otros barcos, las corrientes en movimiento. También que los ruidos de las calles vecinas empezarán a percibirse y que incluso el cielo espeso, comenzará abrirse, pero mientras llega, tengo la sensación de estar viviendo una anomalía: el testigo de algo insólito. No hay brisas, no hay ráfagas, no hay movimiento. Es un momento estático. Tampoco yo parezco estar, en cierta manera no soy, me alejo de esa cosa que forme el "soy". Estoy ahí quieto, tampoco yo tengo movimiento ni ruido. Pienso, sin ningún atisbo de morbo o terror, que quizá eso es la muerte: esa hermosa apabullante quietud. Lo único que parece en acción en todo ese instante es la humedad. La humedad se desplaza, se la nota. La piel lo percibe. Es un amanecer de un día de bochorno, estamos en medio de un verano indescifrable. La luz grisácea da a todo un halo de irrealidad. "¿Y si aún no he despertado?" pienso unos segundos, y es ahí cuando me doy cuenta que, ajeno a mis designios, la mente sigue haciéndose preguntas, pero poco me importan en ese momento las respuestas, porque las respuestas, sospecho, están en la humedad. La humedad como una masa que piensa ese instante. Es ahí cuando el pequeño barco se pone en movimiento, el sonido del motor llega comprimido, como si sonara metido dentro de una caja de madera. Es un sonido cercano y extrañamente lejano a la vez, es impreciso porque llega amortiguado pero impoluto. Nada se interpone entre ese sonido de motor y mi oido. Me doy cuenta, entonces, que ese instante de tiempo de circulación rara se está terminando o quizá se quede ahí, entre nosotros, para siempre. 

jueves, mayo 20, 2021

Un rio, un túnel y la carretera oscura

 Solo conocía a Roberto dentro de ese coche. Su hermana y la amiga de su hermana las conocí cuando me monté y creo que hasta que nos bajamos, tres horas después, no las llegué a ver de frente, no llegué a ver su cara. Roberto y yo íbamos detrás, nos recogieron en la Avenida de los Abogados, cuando salíamos de clase. Al principio del viaje hablamos de otros países, luego hablamos de paisajes mientras caía el sol y la tarde y finalmente, ya de noche, yo, con algo de pudor, confesé, que nunca había viajado por una carretera tan oscura. No sé porqué, pero a día de hoy sigo sin entender que aquel trayecto me pareciera tan oscuro. No era una carretera más oscura que las demás, o sí. No sé. Pero no se veía nada más allá del arcén, no pasaban coches ni en nuestra dirección, ni en la contraria y no había posibilidad de luz. Esa zona central del país, tan deshabitada, tan vacía, no proyectaba resplandores desde ningún lado, no había poblaciones emitiendo luces hacia el exterior. Todo era noche. Roberto hubo un rato que se quedó dormido y su hermana empezó a hablar de una historia de cuando eran niños. Roberto había soñado con un túnel cerca del rio de la ciudad donde vivían, que era hacia donde viajábamos, y al despertar se lo contó entre asustado y fascinado: "esa mezcla imposible de emociones que sólo se producen en los sueños". Ella le dijo que porque no iban hasta el rio a ver si ese túnel existía de verdad. Salieron a media mañana caminando, atravesaron la periferia de la pequeña ciudad. Es uno de los lugares más cálidos en los que yo he estado en mi vida, así que mientras ella iba contando, yo me imaginaba el calor, la humedad y esa luz extraña del centro occidente del país. Cuando llegaron al rio, vieron en un ancho de la orilla un grupo de gente celebrando algo y empezaron a caminar rio arriba. El ruido de esa gente reverberaba todo el trayecto, como si ese murmullo hiciera el camino contrario de la corriente del río. Cuando llevaban algo más de veinte minutos andando, la hermana de Roberto se lanzó al agua totalmente acalorada y él la miró asustado: "¿Qué te pasa?" le preguntó ella y él contesto que en su sueño pasaba justo eso. En ese momento se dieron cuenta que ya no se escuchaba el murmullo, y ella, durante algunos segundos, sintió incertidumbre y miedo. Roberto arrancó la marcha de nuevo, como si ya no esperara a la hermana, y ella salió del agua rápido, para no perderle la pista. Las laderas del rio, en ese tramo, ya se ponían muy frondosas y era complicado andar. Roberto caminaba enajenado, como si buscara algo de verdad. Ella ya no habló, pensó que lo mejor, llegados hasta ahí, era dejarse llevar. Pasado un rato, Roberto se detuvo y la miró: "No sé qué carajo estamos buscando. Es como si todo hubiera perdido sentido en este país". Ella miró al agua y vio un pez pasando, como pasa el tiempo. Se quedó pensando en eso, en que quizá, el tiempo, es un pez rio abajo aprovechando la velocidad de la corriente. Quiso calmar a Roberto, sintió esa extraña responsabilidad de hermana mayor, no estaba nervioso, pero si estaba desorientado, quizá angustiado, las noticias, la política, el orden social, estaban totalmente alterados y ese preadolescente, estaba afectado por el desorden. "No hay sentido- le dijo ella- esa vaina no existe. El sentido es una forma concreta de narración, un cuento que nos contamos". La hermana de Roberto siguió contando algunos detalles de aquel día, cuando Roberto empezó a despertar a mi lado. La oscuridad en la carretera seguía pareciéndome excesiva, tremenda. Le miré y sonreí a modo de saludo. Con Roberto había una complicidad extraña, porque en el fondo tampoco nos conocíamos mucho. La hermana giró la cabeza desde el asiento de copiloto, fue la primera vez que vi la cara casi entera sin ser a través del espejo del quitasol. Miró a Roberto y le dijo:" Les estoy contando lo del túnel del rio" Roberto sonrió y dijo: "Ese túnel era la violencia y la intolerancia y el dolor. Siempre he pensado que ese túnel me estaba avisando, era un túnel para escapar de aquí". La amiga de la hermana, que conducía concentrada y atenta dijo: "A veces pienso que este continente no existe. Que es el principio de un mundo nuevo que nunca termina de nacer" Detuvo el coche porque empezó a salir humo y nos asustamos. Nos bajamos, pero ninguno teniamos ni idea de mecánica. Sentí tensión, pero no pasó nada. La carretera estaba vacía, oscura y silenciosa. Miré arriba buscando la luna y la luna seguía allí. Así que me tranquilizó pensar que si la luna estaba, el continente estaba y existía. Que aquello era real. Cuando dejó de salir humo, nos subimos al coche otra vez y seguimos la ruta, llegamos a la ciudad de Roberto casi a medianoche. Siempre me sorprendió lo vacías y silenciosas que estaban siempre las calles de esa pequeña ciudad en las que no cesaba el calor ni de madrugada. 

miércoles, mayo 12, 2021

Los días perdidos

 Yo ya casi no me hablaba con mi padrastro. No había habido un momento roto, un momento donde, por una discusión o conflicto, nos habíamos dejado de hablar. Simplemente la relación había llegado a un punto donde no teníamos nada que decirnos. Se había dicho todo ya, que tampoco había sido mucho, se había acabado el relato, la narración. No quedaba nada que contarse. El caso es que no nos hablábamos, tampoco recuerdo si manteníamos la cordialidad del saludo o si hasta eso lo habíamos dado por dicho ya. Un saludo todos los saludos. Yo llegaba tarde a casa porque no me quería cruzar con ellos, en realidad lo honesto y valiente por mi parte hubiera sido irme mucho antes, pero cierto temor al futuro no me dejaba hacerlo, también mi noviazgo. Un noviazgo extraño y algo desesperado, me mantenía aferrado a aquella casa, a aquella ciudad y aquella forma de vida que se había quedado inútil, obsoleta. Cuesta creer que la vida cuando menos sentido tiene es cuando eres muy joven. El mundo se deshilacha, el presente se convierte en una masa amorfa, inmoldeable en la que a ratos pareces no tener cabida. No estaba deprimido o melancólico, simplemente estaba fuera, fuera de algo que no se sabe qué es y que es un lugar en el que muchas veces parece tener hueco todo el mundo menos tú. 

 Pasé meses así. Un tiempo que ahora parece uno. Eso que solemos llamar "época". Realmente las épocas en las personas no existen. Porque en cierta manera, y esto que voy a afirmar es arriesgado, las personas no existen. Somos cúmulos. Un amasijo de órganos, vísceras y cosas, pero además de eso, cúmulos de tiempo y decisiones que no tomamos y que tampoco toman del todo los otros. O quizá sí existen las personas, pero no el individuo. La mayoría de las cosas importantes en mi vida no las he decidido yo y creo que así sucede con casi todos. Tampoco sé si nos deciden. Nos vamos decidiendo, quizás. No lo sé. ¿Quién puede saber algo? Cuando entiendes algo se abre un espacio a algo que dejas de comprender porque se abre algo nuevo que tienes que aprender. Y quizá en esa época, si es que finalmente nos atrevemos a llamarlo época, estaba comprendiendo que el mundo era incomprensible. Así que a menudo caminaba por la ciudad sin mucho orden, durante muchas horas. Convertí caminar en algo importante, lleno de simbología. Me gustaba descubrir esquinas, dotarlas de personalidad, comprenderlas desde otra perspectiva. La ciudad tenía cambios estilísticos y de desarrollo muy pronunciados. Había fronteras evidentes. Me iba de un lado al otro como el que cruza a otro país. Cuando has perdido cierto rumbo en tu vida, observar el día a día de la ciudad te recuerda permanentemente lo fuera que estás, el desorden de tu vida. Era una época que mi núcleo de amigos y conocidos o bien se habían ido fuera o bien estaban muy ocupados y yo tenia ante mi las horas del día vacías, sin ocupación, salvo esperar que mi novia saliera de clase y entre actividad y actividad, tuviera una rato para vernos. Así que yo caminaba horas por las calles de la ciudad, recorriendo zonas como el que va investigando algo, pero yo no investigaba nada, ni siquiera buscaba. La gente iba y venía, entraban a sus trabajos, a sus labores. Los niños entraban y salían del colegio, los panaderos atendían su negocio, los empleados de los restaurantes preparaban las meses y limpiaban los locales, los buhoneros tomaban las aceras y las llenaban con sus mercancías. La vida mercantil en plena ebullición. Los autobuses recorriendo sus rutas. Mensajeros en moto. Y yo fuera, caminando por ese mundo al que no tenía acceso y al que en el fondo no quería acceder. Pensando si aquel movimiento permanente no era una excusa para no detenernos: y si el sistema no es más que un intento extraño de huir de la nada. Como si asumiéramos que estar en ese ciclo agotador nos permitiera huir del vacío y la quietud eterna. Fue en esa época que me sentí perro, a ratos gato también. Uno de esos animales aceptados en las ciudades. Que deambulan, como deambulaba yo, siendo ajenos o partícipes periféricos. Era un gato o un perro de ciudad. Uno de esos que ves pasar por la acera y no prestas demasiada atención. ¿Qué hacen esos animales de ciudad? Lo que hacía yo: existir. Yo existía, porque caminaba. Así que cambié el aforismo: camino, luego existo.  

Un dia atravesé la ciudad de este a oeste, llegué casi hasta el monumento que representa a la ciudad en las postales. Había subido por la avenida principal del comercio. Había atravesado aquel bullicio a ratos molesto, había pasado por el terminal de autobuses, donde vi a un hombre sin piernas recitando el Apocalipsis y llamándonos a la salvación. Un autobús accidentado en un lado de la avenida por donde salían todos los autobuses, echaba humo y había alboroto alrededor. El conductor estaba muy nervioso y  maldecía su mala suerte. Un niño muy pequeño, que casi no sabia hablar me pidió dinero. Giré más arriba, por una zona donde se concentraban talleres mecánicos, ferreterías y almacenes de venta materiales industriales. Me asomé a uno de los almacenes donde había trabajado una chica que había estudiado conmigo todo el bachillerato, que un año antes, nos habíamos encontrado y que siempre me había gustado mucho. La vi sentada en un escritorio hablando por teléfono, el local tenía abierto los portones para que entraran los vehículos a cargar, ella tenía la mesa al fondo, y estaba allí, sería, hablando. La miré unos segundos y levantó la cabeza, me vio y me sentí descubierto. Colgó el teléfono y se acercó hasta mi para saludar. Fue muy amable. A mi me costaba mantener conversaciones en aquella época. Me costaba encontrar frases para ser sociable. Mentí sobre mi ocupación: no quise confesar que en mi vida no había actividad, que era un tipo de 17 años sin nada que hacer. Me dijo que si la esperaba un rato podíamos comer juntos. Dije que sí, sabiendo que no tenía nada de dinero para comer. Esperé fuera, hacía calor, porque en aquella ciudad a mediodía siempre hacía calor. Olía a taller, a productos químicos, a Apocalipsis. Recordé al tipo sin piernas y pensé que quizá tenía razón: "Ha llegado el fin", pero no había llegado, o al menos hoy, 28 años después, aún no ha llegado, aunque aún siga dando la sensación de que está a punto de llegar. Esperé unos minuto más y apareció. Pensé en mi novia y me sentí raro, pero en ese momento, justo en ese momento, me di cuenta que no teníamos nada que ver y que seguramente ella, hacía tiempo, que me veía como un objeto aburrido. La chica salió. Me miró y me dijo que fuéramos a un sitio barato:"hoy invito yo" dijo, y sentí un profundo agradecimiento al destino, a la vida, o a lo que fuera, por no hacerme pasar un mal rato. Caminamos por las calles de atrás de esa zona de la ciudad en la que se entremezclaban casas muy humildes con naves industriales y calles mal asfaltadas. Giramos por una calle que iba paralela al cementerio. En uno de los muros del cementerio había un grafiti que ponía: "Solo nos queda la violencia", el país estaba siempre a punto de estallar. Ella me iba hablando de su trabajo, no le gustaba, y se había inscrito en la universidad para hacer periodismo, pero en su casa había problemas económicos y no podía dejarlo. Entramos en una casa, una señora tenía dos mesas armadas para comer en un patio de suelo de tierra, ella saludó a la mujer con confianza y me presentó. En una tabla estaba anotado el menú del día: hervido de pollo con cilantro. Ella pidió cervezas. La mujer las sacó. Estaban heladas y las bebimos con rapidez. En ese momento pensé que me había enamorado. No sé porque lo pensé, pero en ese justo instante pensé que me hubiera fugado con ella para siempre No dije nada, me preguntó por mi vida y le dije que estaba perdido, contesté así, sin mucho entusiasmo. "Me quiero volver a mi país", ella me miró con melancolía. Luego le hablé del tiempo, porque estaba obsesionado con el tiempo, y finalmente le hablé de mis paseos, le confesé que sólo caminaba, que era lo único que hacía al cabo del día y que hacía todo lo posible por volver tarde a casa. Entonces ella me cogió la mano y sonrió. Giró la cabeza y pidió otra ronda de cerveza. Yo tenía el estomago vacío y esa segunda cerveza me iba a marear, pero me agradó la sensación de despreocupación. La mujer apareció con las dos cervezas y los dos platos de hervido. Comimos despacio, y nos bebimos dos cervezas más. La otra mesa seguía vacía. Ella se reía y me contaba cosas de su trabajo. Luego me empezó a hablar de Hector Lavoe y de Ismael Rivera y le pidió a la mujer que pusiera música. Hacía un calor tremendo en el patio, sonaba "Sangre Son Colora" de la Orquesta Conspiración. Entonces ella me levantó y me cogió para ponernos a bailar. Yo no sabía bailar, de hecho me dejaba llevar con cierta torpeza, pero ella cerraba los ojos y bailaba con maestría. La mujer sacó dos cervezas más y nos las dejó en la mesa mientras seguíamos desplazándonos por el suelo de tierra. Estábamos solos en ese patio, en ese mediodía abrasador, en la zona de detrás del terminal de autobuses de una ciudad en medio de Latinoamérica. Al terminar la canción no sentamos. Ella me dijo riéndose: qué mal bailas, muchacho. Y sentí algo de vergüenza. Brindamos con las botellas y bebimos un sorbo largo. Pidió la cuenta, pagó y salimos. Ella tenía que volver al almacén. Caminando por la acera, se detuvo y me dio un beso, se giró y siguió andando. Nos despedimos sin ganas, yo me hubiera quedado toda la tarde con ella, quizá todo el mes, quizá varios años, pero nos despedimos y cuando la vi entrar en el almacén sentí que perdía una oportunidad, no sé de qué, pero una oportunidad perdida para siempre. Caminé un buen rato, afectado por una forma de nostalgia, me senté debajo de un árbol, en una pequeña plaza donde por un razón incomprensible, nunca se sentaba nadie, un vendedor de helado raspao estaba a mi lado, escuchaba las noticias en una pequeña radio que sonaba muy aguda, el locutor hablaba indignado de algo que había sucedido en la asamblea nacional. Le pedí un cigarro al vendedor y me lo negó, pero no me levanté, me quedé mucho rato ahí sentado, deseando que ella, al salir del almacén, algunas horas más tardes, pasara por ahí, me viera y me invitara a acompañarla a algún lado. Pero no pasó, nunca la vi pasar por allí. Sólo pasó la tarde, fue pasando muy despacio, fue cayendo el calor, el flujo de gente y en algún momento comencé el camino de vuelta a casa. Sin prisa, sin ganas de llegar, cansado de caminar, pero tarareando obsesivamente el estribillo de Sangre Son Colorá. 

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