lunes, enero 28, 2013

Perdido

 Aún hacía frío, pero empezaba a amanecer antes. Salía pronto y caminaba sin prisa, en ese rato que hay en las calles justo después del bullicio de la mañana, cuando la gente que trabaja ya está en las oficinas y los que no trabajan aún no toman las calles. Hay una especie de transición en esa hora en la que todo queda en silencio, como quedaba en silencio el colegio justo después del terremoto de muchachos después de que sonara el timbre para la primera clase. A veces bajaba hasta el río y me quedaba viendo a los meticulosos jardineros trabajando con el césped o con los árboles caducos, paseaba sintiendo esos dos grados menos que hay por la orilla, mirando la luz esperanzadora de la mañana reventando en el agua, las corrientes suaves pasando de largo, en dirección al sur, algunos patos de vida indescifrable y algún anciano paseando con brío, a zancadas sólidas, como enfrentándose con furor al fantasma de la vejez. Los días que hacía menos frío o con bonita luz caminaba mucho, más allá de los jardines y terminaba por esa zona del río que antecede a la ciudad, esa zona de arbolada y que casi es bosque, donde la ciudad ya ha comienza a marcar, pero aún es difusa. Descubrí caminos por allí, unos paseos hermosos que terminaban en los bosques y esa zona protegida que rodea el noroeste de la ciudad. Fue así como me perdí. Empujado por la euforia de un día que anunciaba una cercana primavera, me sentí fuerte y quizá con espíritu deportivo o aventurero. Los pasos reverberaban en el camino de tierra, mi respiración sonaba acompasada con el canto de los pájaros. Caminé, caminé mucho y quizá iba tan concentrado o tan acompasado con luz, árboles y pájaros que olvidé visualizar el camino. Tomaba desvíos sin pensar, como empujado por una corriente  infranqueable. Avancé, avancé mucho hasta que, volviendo de esa pseudohipnósis me vi rodeado de una frondosidad atípica, casi irreal para haber comenzado la caminata en mitad de la ciudad. Me detuve. Me senté al pié de un árbol solemne. Aún no pensaba en el retorno porque aún no era consciente de estar perdido. Cerré los ojos. Pensé sin pensar, como se piensa en sueños, los pensamientos se suspendían o quedaban estáticos frente a una bruma invisible. Olvidé por un rato los asuntos diarios, las incomodidades de mi realidad, esas formas de tiempo que parecían amorfas o forzadas. Olvidé mis planes de dejar esa ciudad o mis planes de buscar, olvidé los días previos, el año previo, el incómodo vacío de los días. Entonces me puse en pié. Miré a los lados para ubicarme y comprendí mi absoluta desubicación. Elegí casi al azar por donde volver, al cabo de un cuarto de hora, nada del camino me recordaba a  mi paseo. Todo lo que veía era nuevo. Me di la vuelta, traté de buscar el árbol en el que me había sentado. Estar perdido es estar en un lugar donde a cada paso, todo, parece realmente nuevo. Nada parece un lugar en el que ya has estado. Giré, giré mil veces, tomé caminos y todo, absolutamente todo me seguía pareciendo nuevo. Al cabo del rato, por primera vez, me invadió una forma suave y peculiar de angustia. Esa primera angustia bloqueó debilmente la capacidad de decisión, ahora en vez de moverme, cada movimiento me parecía dudoso a aumentar la desubicación. Pensé que moverme tan anárquicamente, quizá, me perdía aún más. Me vi en una espiral, cada paso me llevaba más dentro de la desubicación, estar perdido te lleva, inexorablemente, a estar más perdido, porque cada paso estás más lejos de ubicarte, estás alejándote de ese hipotético lugar donde te encontrarás contigo o encontrarás el punto exacto donde te perdiste. También ocurrió que el tiempo se deformó, porque el si el tiempo en sí es una deformación, metido allí, en mitad del bosque de la periferia de mi ciudad, el tiempo se deformó hasta el delirio: dejé de saber en las proximidades de qué hora vivía. Podía estar atardeciendo o quizá media mañana. La inaccesible ubicación del Sol entre tanta rama no me permitía ubicarme tampoco en este sentido. Podía llevar una hora perdido o siete. Caminé, decidí caminar con velocidad, casi corriendo. Caminé mucho tiempo. A ratos corrí. Creí ver animales, creí escuchar a otros excursionistas, pero sin embargo, al final, siempre estaba solo, no había nadie más. Troté entre árboles, por caminos de tierra que terminaban de repente. Caminé entre arbustos. Anocheció. La noche bajó la temperatura, la humedad del bosque aumentó casi de golpe. Me moví como un ciego. Avancé sin saber si avanzaba o por donde avanzaba, bien podría estar dando vueltas sobre un punto fijo. Incomprensiblemente, sin un aviso o una señal que así lo indicara, fui a dar a una calle vacía. Estaba, ya, en la ciudad. Caminé por calles, caminé por muchas calles en mitad de esa noche invernal. No vi a nadie, solo las farolas parecían mantener las ganas. Me desvié en el primer letrero en el que leí:"centro ciudad" el letrero, sorprendentemente, estaba en inglés. No sé cuando fue, pero fue. Hubo un momento preciso que descubrí que esa ciudad no era mi ciudad; que esa ciudad, en cierta manera, no existía.

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