martes, mayo 01, 2012

La noche de NM

Primero una raya. Empujón. Todo se concentra en un punto preciso. La cocaína tiende a la cocaína, en el sentido que es endogámica. La cocaína es una metadroga, es la droga que te hace hablar de la esa droga. La cocaína sirve para hablar de cocaína y reunirte en torno a la cocaína. Lo aburrido realmente de la coca es que gira sobre si misma, ciclo dentro del ciclo. Lo aburrido es que vuelve aburrido lo que sucede ajeno.  Vigoriza la realidad para sentir que estás listo para otro tiro. Son casillas: avanzas y sigues. Con la cocaína se juega a un juego en el que todo sucede para avanzar a la siguiente casilla. Te empuja y te hace avanzar. Pero primero una raya. Luego me siento, me siento y pienso y hablo con hilo conductor, un hilo conductor soberano, un hilo conductor río; frase que empuja a otra frase. Sí escribiera lo que digo lo leería varias veces para comprender, con exactitud, la lógica precisa de un discurso que crece y evoluciona y se multiplica. La elección de cada una de las palabras parece sobrenatural. Como si el vasto y complejo mecanismo químico que me lleva a concentrar palabras para armar las frases estuviera engrasado de un modo abismal, de un modo extrahumano. Más allá del mismo mecanismo. Las frases se vinculan y crecen y avanzan y hacen crecer a la frase anterior, hilan un discurso que parece soberbio, astral. Como si todos los sentidos se condensaran en el sentido del discurso. Y ella me mira, callada, anestesiada. Se me hincha la bragueta. En realidad mientras hablo siento como si las palabras la estuvieran rozando, como si en su piel se posaran mis palabras y se colaran en un proceso biológico, casi necesario. La palabra se vuelve orgánica, otra forma de ese sudor invisible que corretea como patinador por los poros de esa piel estimulante, también mi discurso fomenta esa anestesia en la que se ha sumido. No mira, tampoco la miro, en realidad todo sucede pero extrapolado, trasladado a otra forma. Alrededor destellos. El golpe de la música, esa música que suena, precisa, contundente: los golpes de bombo que son acordes a mi ritmo cardiaco, el bajo repetitivo que circunvala una especie de perversión cálida; rompe, a cada rato, un acorde de guitarra tremendo, disonante, rasgado, casi chirriante y metálico, como los gemidos incontrolables en la parte media del sexo. Esa parte del sexo en el que se rompe la comunicación y cada cuerpo busca en el otro cuerpo por puro egoísmo. Esa parte del polvo que es una carrera y los dos cuerpos se han separado, y sólo esperan del otro que les de precisamente lo que están esperando, el giro preciso del cuerpo, el ritmo adecuado, la aceleración precisa. En esa música no hay metáfora, en esa música se condensa todo lo que está sucediendo, que es este bloque. Todo es un bloque, todo se ha compactado, todo se ha vuelto de una solidez abrumadora. Todo parece rotar en torno a la mesa, sin rotar; como si la tierra se hubiera detenido en este instante preciso. En torno a la copa. También ella bebe, también ella rota, también ella es sólida y se lo digo. Y vuelvo al baño. Otro escalón. La noche escalera. La noche que sube en vez de bajar. El amanecer no está abajo, al amanecer se asciende. Se sube a la luz de la madrugada, como si la noche fuera una ascensión casi mística, universal. Y allí vamos.  Ella está anestesiada y mira como desde otra perspectiva y me levanto, porque en verdad, ella me detiene. Suena música y reverbera la luz. Rebota y rompe el estrobo y suelta gestos, rostros en décimas de segundo de los que me voy despidiendo hasta el siguiente fogonazo que viene justo después de este pero que cada vez parece lejano. Como si cada vez que la luz estroboscópica se fuera a negro pareciera que no fuera a volver y, sin embargo, décimas de segundo después, vuelve a aparecer y cuando aparece es que reconstruyo no este fogonazo, sino el anterior, el que pasó previo a este y se entremezclan las caras y los gestos y todo parece a compás, sincronía de luces y ritmo cardiaco y bajo y golpes de bombo y estoy metido entre la luz y caemos, en el fondo caemos. La tierra es una piedra, una piedra rota y rajada y llena de huecos que cabalga hacia la nada y que cae por un agujero. El estrobo revienta y me desubica. Y creo que al final del todo llega la mañana. Revienta la mañana en la acera y me monto en el coche y vuelvo a casa y no me duermo y cae la culpa y una forma no permanente, no fuerte, pero sí subterránea y molesta de dolor; de nostalgia por algo que no sucedió y jamás sucederá y me duermo y sueño con paisajes y un reloj y el tiempo me condena al destierro.

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