viernes, mayo 04, 2012

La lealtad

 La cadencia con la que se van desmoronando los vínculos es inapreciable. Una corriente subterranea que va destrozando cualquier resquicio de unión. En realidad, y eso aún no lo saben de un modo consciente, no queda amistad, porque en realidad nunca la hubo. Todo se esconde en chistes soeces, que producen la risa exageradamente sonora de lo intrascendente, de lo que no es cierto. La risa es el escondite colectivo de ese grupo humano triste. También el alcohol, sobre todo la cerveza, sirve de pared, de muro entre unos y otros. Brindis por la ausencia de vínculo, brindis por sueños colectivos que todos saben que en el fondo nunca sucederán. Todo es irreal, porque nada les une y el proyecto común, inevitablemente, está agonizando ante los ojos de los cinco. Pero, ¿quién lo ve? Ninguno mira del todo. Ninguno mira con honestidad a la decadencia.

 Afuera se sucede la tarde, la carretera atraviesa campos secos, la luz del invierno que empieza; un invierno que será, eso sólo lo sabrán después, largo. El viaje va en hora. Se detienen en una gasolinera, llenan la furgoneta de gasolina y compran más cerveza. Queda poco para llegar. Esa tarde de sábado de luz mortecina, que muestra la cara real del invierno, una luz que parece decir que definitivamente el invierno ya está aquí. Llegan en hora al club. Bajan los instrumentos, saludan. Los teloneros siempre son molestos para los técnicos de sonido. Esperan a que el grupo que encabeza el cartel de la puerta remate su puesta en escena. El grupo se dispersa por la sala. Uno mira los carteles en una pared y compara nombres. Otro mira como el grupo estelar se acomoda en el escenario, otro sale y mira la caída inevitable de la tarde, la muerte de la primera tarde del invierno. Alguno mira la escena y comprende que eso es un cadáver, un cadáver mal oliente, un cadáver zombi que lanza pasos torpes, que no respira y al que ya sólo le crece el pelo y las uñas. Se ha acabado lo, que se engañaron para creer , que un día empezó. La única cosa que debería ser motor en esa situación que viven como colectivo sería la lealtad, pero la lealtad nunca  los unió. No queda lealtad donde nunca la hubo. Entonces el cadáver llega a sus últimos minutos.

 Esa noche tocan mecánicamente. El bajista tiene rabia. Le han fulminado la felicidad con una forma fea de ofensa. El batería sólo mira a uno de los guitarristas y el guitarrista le mira como preguntándole: ¿qué hacemos aquí? El otro guitarrista, en realidad, no está. Está, pero no está. Como si hubiera estado colocado en un sitio donde nunca estuvo, es un holograma; y el cantante ejercita, nuevamente, sus pasos, mide de nuevo los movimientos, sólo mira con ambición a un público escaso que bebe de espaldas en la barra. Justo ahí aparece una nube de polvo, una nube invisible y definitiva.


 Luego, cada quién, quedará retratado en su huida adelante, en esa carrera apática, vacía y desleal.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buff...adiós, caminantes espaciales.

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