viernes, mayo 18, 2012

Venus In furs

 Se quedó dormido casi media hora. Al despertar se puso en pie y sintió cierta gratitud. El verano se consolidaba y olía bien en la ventana. Un olor que se colaba y marcaba la constante. Temió que esa siesta tardía, casi metida ya en la noche, le produjera insomnio, pero olvidó el temor al asomarse a la ventana y ver la calle vacía y cálida. Había casi una gratitud cósmica por esa sensación delicada de los primeros atardeceres del verano. Ese tiempo inexplicable que se prolonga indefinidamente cuando cae la tarde, ese silencio, esa sensación de que todo es liviano. Esa agradable apatía, como se se supiera que hacer algo es contradictorio con la vida, cuando realmente lo único que se debe hacer es dejarse caer en esa forma bestial y sublime de presente. Entonces recordó algo del sueño, o algo que debía haber sucedido en forma de sueño durante la siesta a deshora. Un insecto sobrevolando intrépidamente algunos libros, alguna parte de su piel. Un insecto que toma forma de persona, pero una persona minúscula, una persona imposible mezcla de varias personas de su entorno y algún rasgo ficticio. Un insecto que a ratos emite un sonido profundo, grave, hermoso, ligeramente hipnótico. El insecto a ratos coquetea con escaparse por la ventana y a él, la huida, la posibilidad de esa huida le produce una forma incomprensible de nostalgia, como si con la huida de ese insecto imposible se escaparan partes inalcanzables de su memoria o algunas bifurcaciones del futuro. Hay algo en el insecto, en su vuelo, en la posibilidad de su huida, algo tremendo, casi trágico. El insecto, finalmente, se desvanece en mitad de otras sensaciones en esa abstracción sensitiva que es la siesta. Cuando termina de recordar ese evento mental del mosquito, ve, desde la venatana, un tipo pasar en bicicleta abajo, de izquierda a derecha. Durante poco más de segundo cree que el ciclista se va a tropezar y se va a caer, pero el ciclista cruza la calle entera y desaparece sin ningún percance. Entonces, por la esquina ve aparecer a LR, caminando con  su particular desdén, como si andar fuera un ejercicio punk extremo, un acto provocador y libre, el más libre de los actos. LR levanta la mano mirando hacia su balcón, el contesta el saludo y le hace el gesto de que va a abrirle. Camina hasta la cocina, levanta el telefonillo y pulsa el botón. Vuelve al salón y deja la puerta de la calle abierta. Escucha los pasos de LR subiendo por la escalera, un silbido anárquico que está convencido que es una melodía inventada. Entra LR, dice una frase bárbara, primitiva y soez, pero a él le produce una sonora risa. LR le pide cerveza y él va hasta la cocina y coge dos latas en la nevera. Vuelve, LR ya he extendido los artilugios, el rito está a punto de comenzar. En seguida le invade el olor, un olor que le evoca  fábricas siderales, una cocina metálica, una fábrica de colores chillones. El olor a vinagre, vinagre diablo. La cadencia revienta en una laxitud abrumadora. Como si todo pesase más que el verano. LR no habla. La realidad se instala en una nota repetitiva, constante, indefinida. Como si el verano fuera una melodía, una melodía omnipresente y absoluta. Entonces escucha una maraña de insectos acercándose por la ventana.

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