miércoles, mayo 09, 2012

DM

 Alquilé una habitación en East Williamsburg. Compartía con un chileno y una española. Creí, sin ninguna experiencia previa, que el cambio y otra forma de vida me darían dirección para componer. Había conseguido algo de dinero para grabar y contaba con el apoyo de un pequeño sello dirigido por un reconocido autor con repercusión global. Había formado parte de su banda en directo en una gira con la que recorrimos medio planeta y que fue el motivo principal de mi traumático fracaso sentimental con Nora. En los largos trayectos de bus por Europa le había dejado caer algunas composiciones y me animó a componer y publicar un disco en solitario financiado modestamente por su sello.

 Al volver de la gira todo se había desmoronado con Nora o en realidad no había sucedido más que una evaporación. Nora no estaba en casa. No había vestigios de Nora en casa. Ni un calcetín olvidado en el interior de la lavadora, ni un jersey confundido entre mis jerseys, ni un libro entre las baldas que jamás se releerá. Nora no estaba, y eso era absoluto: no estaba. Como si la casa fuera una casa nueva, borrada de los recuerdos anteriores. Como si Nora fuera la anterior inquilina de la que nunca sabemos nada, pero que ha dejado leves marcas en la pared o en alguna puerta. Vestigios de un pasado que no vivimos. Los días siguientes, quizá las semanas siguientes a la vuelta a New York, fueron silenciosas, como si después de los ochenta y cinco o noventa conciertos en cuatro meses y medio hubieran agotado el sonido a mi alrededor. Como si sufriera una sordera producto de la gira. Si mal no recuerdo no vi a nadie. A veces llamaba por teléfono, también a Nora que nunca me atendió y que simplemente me envió un mail triste, un mail con cierta tendencia al existencialismo que me pareció adolescente y entrañable. Nora no argumentaba el final, simplemente lo daba por sentado. Creo que adelgacé a pesar de consumir más cerveza de lo habitual; costumbres de la gira que se colaron en el día a día.

 La perspectiva y la presión de componer un álbum me abrumaron, pero no quería fallar a esa confianza que Stevens había proyectado en mi. En cierta manera admiraba a Stevens y esa forma en la que creía en mi me asfixiaba, pero tenía que hacerlo, era fundamental empezar el proceso. Intenté cosas en el pequeño apartamento que tenía con Nora, en ese desierto en el que ya no estaba Nora, pero el agobio me invitaron a la angustia y la angustia al desasosiego y el desasosiego a una forma de bloqueo demencial. Podría narrar una odisea sentimental que roza el nihilismo, pero todo se puede resumir en que los últimos días en aquel apartamento fueron turbios, densos, casi terribles. Una reflexión me hizo creer que cambiando de apartamento lograría encontrar el camino para empezar a componer ese disco.

 Así llegué a East Williamsburg. La habitación del fondo era espaciosa, daba a un patio trasero que llevaba a un tiempo que no había vivido pero que inevitablemente venía del pasado y me resultaba acogedora. El chileno y la española me parecieron agradables. Agradables en el sentido de independientes, de lejanos. Necesitaba refugiarme o aislarme o crear una posición distinta que invocase nuevas sensaciones, nuevas perspectivas. Pensé que en ese sentido el chileno y la española aportarían lejanía, oírles hablar en otro idioma afectaría, inevitablemente, mi percepción. East Williamsburg era una zona nueva para mi, lejana. En realidad estaba proyectando una huida, porque de repente huir dentro de New York me pareció la idea perfecta de huida, escaparte de ti mismo dentro de tu ciudad.

 Trabajé con el piano y la guitarra. Acorde a acorde, como una cabalgata delirada, desquiciada, incluso aburrida. Me obsesioné con las cadencias, con encontrar un ritmo intuitivo a todo aquello. A veces golpeaba la guitarra como si su función real fuera la de un instrumento de percusión. Como si hubiera algo que sacar de ahí dentro. Un fantasma resbaladizo. Ecos de Nora. Desapareció cualquier forma de horario. Apenas salía de la habitación. Alguna noche la española me pidió amablemente ser más silencioso. Por lo que convertí las noches en la parte conceptual: reflexión y letras. A veces me quedaba dormido y soñaba con cataratas de frases y me levantaba ansioso y anotaba las frases. Al principio las frases las anotaba en hojas. Luego fui pegando las hojas en las paredes. Terminé escribiendo las frases en las mismas paredes. Eran frases inconexas. Frases que tendía a ver como una especie de exorcismo. Como si vinieran de un lugar vacío, algo inhabitado. Ecos. Voces fantasmales. Reverberaciones sonoras de antiguos inquilinos, pensamientos lejanos de Nora. A veces con flechas unía frases, como si las fechas trazaran una ruta. A veces las cadencias me parecían terribles, otras veces creía en ellas como una salvación. Y de repente la casa de East Williamsburg me pareció nociva, cargada. En cierta forma el chileno y la española me parecían una amenaza y me parecían estar cubiertos de una maraña de irrealidad. A su modo la española y el chileno también eran fantasmas y llegué a creer que algunas de las frases eran suyas o que las colaban a traves de las paredes. Entonces pinté de blanco todo lo escrito, un laberinto de letras indescifrable y perverso. Recogí mis cosas y me fui de allí.

 Encontré una habitación en casa de una italiana viuda en Morris Park. La ventana daba a la avenida donde veía permanentemente gente entrando en un Dunkin Donuts. De noche el tráfico descendía y la luz de la avenida entraba por la ventana como una especie de fe decadente. La señora era muy mayor y tenía problemas auditivos, lo que relajaba mis horarios. Curiosamente en seguida conseguí una dinámica realmente parecida a la de East Williamsburg. Volví a las frases en las paredes y a desesperarme con las melodías. Un día la sencillez absoluta me parecía el camino, otro día quería estructuras y melodías complejas, un día buscaba aniquilar cualquier sentimiento trágico otros días solo veía sosiego en la tragedia. Sin embargo la etapa de Morris Park duró poco. La señora descubrió las paredes pintadas y me echo de allí. Sin concesiones y de un modo violento.

 Viví entonces en un edificio triste de Grand Concourse. Una habitación vacía en casa de unos mexicanos adictos a la cocaína. Eso eliminó cualquier horario. No había horas en esa casa. El día y la noche eran un bloque no muy claro. La habitación la mantenía a oscuras. Del pasillo me llegaban ecos de las conversaciones, a veces la música que ponían. A veces, apático, bebía con ellos. Me negué a la cocaína, algo me decía que entrar en la cocaína sería un camino torrencial. Pero bebí mucho. Los mexicanos me preguntaban por mi música y yo no contestaba. A veces había gente, algo parecido a fiestas. Me acosté varias veces con una chica asidua. Una venezolana de carácter dulce. En algún momento creí en algo prolongado, pero un día no volvió. La convertí, sin ser consciente, en una forma de fantasma. Empecé a grabar las primeras maquetas. Me grababa improvisando, me grababa componiendo y estructuraba después. Sacaba melodías de voz y duplicaba las voces. A veces montaba muchas capas, ocho o nueve melodías contrarrestandose. Coros sigilosos. Golpes ligeros de guitarra marcando el ritmo. Notas pausadas, pero atormentadas. No era oscuro, era una forma extraña de tristeza. Fue en esas semanas cuando me llamó Stevens. No le quise ver. Le mande algunas de las maquetas. Alguno de los experimentos. Stevens tardó en contestar y ese tiempo fue angustioso. La losa de la responsabilidad me acribillo: cada segundo de ese tiempo era una bala. El tiempo era un fantasma.  Cuando stevens contestó me dijo que en un mes creía que tendría un hueco en el estudio de su hermano, que fuera con lo que tuviera. No decía nada más. No bien ni mal. No había crítica.  Ese mes dormí un promedio de dos horas o tres al día. Bebí anís, bebí aguardiente gallego, bebí mezcal, bebí algo que los mexicanos decían que era vasco. Una noche les toqué a los mexicanos lo que tenía. Algunas canciones con guitarra, algunas con el piano destrozado. Los mexicanos apagaron la luz. No podía verles la cara. Fue una forma abrumadora y desgarrada de concierto. A veces creía ver un auditorio, alguno de los auditorios en los que habíamos tocado con Stevens y la sensación de tocar aquello, en aquel estado, me produjeron una sensación peculiar de pánico. Ese pánico me subió la intensidad y me hizo ligarme a aquellas canciones a medio hacer, las cogí cariño. Los mexicanos me abrazaron. El más gordo lloraba y hablaba del dolor, de la soledad de ser mexicano en New York, de la  cocaína y que se sentía hermanado con esas canciones.

 La mañana que atravesé la ciudad hacia el estudio vi a Nora a lo lejos en Bedford Av. La vi y creí que estaba viendo el pasado. Durante medio segundo pensé en correr para saludarla, pero luego pensé que era lo menos idóneo para ir al estudio. Cuando llegué noté a Stevens más gordo y mas nuerótico. Hablaba de su nuevo proyecto, de un asunto enloquecido, casi teatral. Había conocido a un tipo que le había marcado y quería componer un disco inspirado en él. Hablaba de la bíblia o de una bíblia nueva o de una forma de final. Me presentó a un técnico que me acompañaría en la grabación, me abrazó y me dijo que siguiera así. Se giró y se fue.

 No lo pasé bien en la grabación. Cada segundo pensaba que de todas las opciones siempre escogía la menos apropiada. Todo lo que yo quería era ser honesto y había perdido la brújula para ser yo, que era la única manera que concebía de ser honesto. Cada nota, cada frase escrita me parecían perder esencia.  A duras penas terminé, pero terminé. Cuando lo terminé me fui con el master a casa de Stevens. Estaba más gordo aún, más desquiciado aún, más obsesionado con un proyecto difícil de entender. Salí y caminé durante horas. Pensé que era una batalla contra la nada la idea de querer sacar un disco, de componer, de ser músico. Una batalla contra un bloque lleno de fantasmas, una batalla invisible y atroz, terrible, violenta y que solo dejaba heridas, huesos rotos. Esa noche me monté en un autobús con la idea de no volver jamás a New York. Viaje hasta Richmond toda la noche. El autobús iba medio vacío. Al llegar a Richmond no supe donde ir. Tampoco sabía exactamente el motivo de ir hasta Richmond. Llamé a Stevens. Piropeo el disco con enorme sinceridad. Me dijo que le fuera a ver. No le dije que estaba en Richmond. Me monté en un autobús de vuelta.

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