domingo, mayo 27, 2012

Verano

 Toda la tarde había estado afectado por esa ligera euforia del final de la primavera, cuando el calor es algo más que una sensación térmica, cuando es una forma de vida, cuando es un absoluto en las ciudades, en esos parques donde corretean muchachos liberados y anárquicos, jugando de un modo primitivo con la arena, con los hierros, con las ramas que emulan espadas o extraños artilugios que cocinan pasteles invisibles. No había seguido una ruta preestablecida. Había salido pronto de casa y había ido avanzado por la ciudad empujado por el bullicio de los caminantes de chanclas y bermudas. Mirando los relojes para comprobar que en junio las horas efectivamente van más despacio y el día se multiplica hasta formar un día brutal, desmesurado. Se sentó en alguna terraza, bebió algo sin prisa, prefigurando la vida de esos extranjeros simpáticos que se sacaban fotos sonriendo o esas parejas en la cima de un amor que inevitablemente de ahí ya irá, para siempre, a menos. Se fue al gran parque que ese día estaba en esplendor, las hojas de los arboles exhibiendo los beneficios de las lluvias de abril y mayo, los artistas callejeros afanados en su número para un público volátil pero amable. El titiritero descansando del número fumando detrás de sus trastos, charlando con la adivinadora de futuro argentina que lleve horas sin clientes desesperados o curiosos despreocupados que se sientan más por humor o por contarlo en un futuro que no será desvelado. Vio niños correr y lanzar pan a los patos del lago. Vio extranjeras con las que huir a un césped cercano, detrás de los matorrales, vio ancianos que reviven un poco en esos días y se sienten más fuertes, vio familias frescas, rozando esa forma de felicidad más compleja y elevada de lo que intuyen los clichés y se sintió parte de un ciclo elevado, como si la tierra fuera consciente de esa fugacidad  hermosa de los días de junio. Fue cayendo la tarde, esa luz sublime y lenta. Ese azul oscuro que parece animar a cambiar de actitud, la hora bruja. El parque vaciándose de niños y padres, de ancianos y extranjeros agotados de caminar las coordenadas de un mapa lleno de señales y marcas. En una esquina del parque se da paso a la noche, el cambio de público. Un exposición se inaugura en uno de los palacetes y la entrada es libre. Camina hasta allí, sabiéndose más cercano a ese público que al otro. En la puerta individuos vestidos rozando el delirio charlan de las obras también de otras obras, de otras exposiciones, de otras ciudades, de otras eras y reflexionan  sin sacar conclusiones precisas. Ojea el interior. Cuadros gigantes y agitados, llenos de zarpazos y arena, la psicología del desasosiego. Lee los títulos que no le dan pistas sobre lo narrado, sin embargo hay algo sobrecogedor en las dimensiones de esas pinturas, también en su colocación solemne, como si hubiera algo casi religioso en observarlos. Suena música. Una música que reverbera y no parece actual, tampoco cercana. Se gira y va a salir cuando se encuentra con una conocida. Una tipa a la que lleva años sin ver, una chica simpática con la que nunca tuvo un trato excesivo. Se saludan con un cálido abrazo. Ella habla, le actualiza con brochazos su vida y le pregunta por la suya. El habla por encima de su cambio de vida, de la nueva forma de soledad, sabiendo, mientras habla, que por cercanía hacia el otro lado, ella ya sabe lo acontecido. Ella propone tomar una cerveza fuera. Salen se sientan en un bordillo al lado de árboles, es de noche y la temperatura es sublime. Ella habla con ánimo, evoca algunas tardes colectivas, cuando tenían cierto trato. Él las tenía casi borradas. Recuerda una borrachera y charlar con ella hasta la madrugada de una película inexplicable. Mientras hablan a él le parece que hay algo que no está sucediendo, como si ese camino inesperado de su vida no fuera más que una prefiguración, una forma de ficcionar desde el pasado un futuro imposible. Sin embargo la noche del final de la primavera está ahí, como si todo colgara. Se van caminando por el parque, es de noche y casi no se ve. Salen por la avenida. Hay poco tráfico. Deciden irse a casa de ella. A cada rato el mantiene esa fascinación común de la sorpresa de los giros de la vida. Como si el verano no fuera más que una excusa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hermoso.

CL

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