sábado, julio 09, 2011

Yanomamis

Salimos de aquel edificio a las dos de la mañana. No tenía trato más allá del profesional con ella. Decidimos coger un taxi a medias para volver hasta la ciudad. Caminamos por las calles de esa zona industrial con el temor de no encontrar, jamás, como volver a casa. El destino, si es que hay un destino, si es que hay sentido, hizo que pasara un taxi por la mitad de ese silencio y ese vacío inhumano. Nos montamos y ella dijo la dirección de su casa. El conductor llevaba puesta una cinta de una música que me pareció dolorosamente triste. Nadie, ninguno de los tres, hablábamos. Ella miraba por la ventanilla y me pareció ver que suspiraba. Había algo desolador en todo aquello y pensé que seguir trabajando con esa gente, con esos ritmos, no me pertenecían y estuve a punto de comunicárselo, pero su mirada por la ventanilla, su mirada de dolor, su apariencia momentáneamente triste, vulnerable, me llevaron a no hacerlo. En el silencio me vino la palabra Yanomami y tuve ganas de decirla en alto. Yanomami, me resultaba, de repente, muy sonora; una canción breve, brevísima. Una canción que se baila un segundo. Yanomami. Entonces le pregunté a ella si conocía Brasil o Venezuela y ella contestó que no, distante, lejana, inaccesible, pero levemente desconcertada con mi pregunta y ese desconcierto, esa forma extraña de emoción, me llevaron a insistir en ese diálogo. Entonces hablé de los Yanomamis, lo poco que sabía de los yanomamis, su vida alrededor del río, su estructura social, sus conflictos y sus luchas, el prepucio atado de los Yanomamis y ella me miraba sosteniendo la sorpresa, el desconcierto de mi charla. Vi, entonces, que el taxista atendía a mi discurso mirando de reojo por el retrovisor. Quiso participar, pero en el último momento, sostuvo su frase. Me hubiera gustado que el taxista participara en esa conversación sobre los Yanomamis, pero no dijo nada y siguió sonando la música. Una música que jamás había escuchado y que marcaba considerablemente el ambiente dentro del taxi. Empezaron a aparecer los extremos de la ciudad. Ella, aprovechando el silencio, siguió mirando por la ventanilla, como quien mira el planeta desde una nave de lata, a miles de kilómetros, insertado en la noche eterna. Seguimos callados cuando el taxi empezó a desenredar el laberinto de calles para llegar hasta su casa. Finalmente apareció su calle o eso dijo ella, frenamos en un portal normal, un edificio normal en una calle silenciosa y vacía de madrugada. Fue a sacar dinero y le dije que no, que yo pagaba. En el instante antes de despedirse distantemente, le dije que no volvería a trabajar. Ella me miró y me dijo algo como que era de esperar o como que yo era una persona no preparada para asumir el reto de un puesto así. La miré y le dije rítmicamente, con una cadencia marcada, intensa pero sutil: Yanomamis. Bajó y cerró la puerta. Al taxista le dije mi dirección y me quedé escuchando aquella música hermosa y terrible.

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