martes, julio 26, 2011

Turista

A media mañana bajo a las bicicletas estáticas que hay en una de las salas cercanas a la piscina del hotel. A esa hora no hay gente o como mucho algún tipo sin ganas de hablar y que emite sensaciones invisibles. Pedaleo aumentando la presión hasta alcanzan una energía que durante minutos me estimula. Paro en seco y camino hasta la piscina. Allí me baño un rato, sosegado, pausado, tranquilo. A veces oigo las otras conversaciones de los grupos minúsculos de la piscina. Noticias del día comentadas con banalidad, rumores de otras habitaciones o conversaciones sobre gente lejana, desconocida, inalcanzable. Luego buceo a trozos y siento el cloro en los ojos e imagino todas las motas de polvo quemándose en el agua. Salgo y me seco al sol, curioseo los cuerpos, las formas y por segundos me atrae alguna parte de algún cuerpo. Subo a la habitación y me ducho, siempre, con la idea de salir a recorrer la ciudad, esa ciudad imposible, inexistente, desconcertante. Cuando salgo siempre siento mucho calor, se acerca el mediodía y lo mejor es pensar en buscar una terraza y sentarse a tomar una cerveza. Termino en el paseo marítimo, donde confluye una masa inexplicable de gente, patinadores sin camiseta, tipos con barriga que llevan barcas de plástico en la espalda, mujeres con bañadores mojados caminando hacia adelante a trompicones, ancianos en camiseta, niños gritando y chicas jóvenes sin conciencia de la caducidad de su cuerpo. Bebo la cerveza y respiro despacio, miro el mar, los brillos enloquecidos del sol en el mar, la cadencia indescifrable de las olas. Luego observo al camarero, sale, entra, limpia, toma nota y finalmente me trae la segunda cerveza. A veces escucho a las otras mesas, otras miro a un tipo que toca con habilidad pero sin sentimiento, el acordeón. El tipo toca siempre las tres mismas melodías. Tristes pero que pretenden ser alegres. La segunda noche le vi caminando solo y le seguí. Subió hasta la parte alta de la ciudad, se desvió cerca de la estación de autobús y dejé de seguirle. Desde entonces le veo todos los días con la falsa ilusión de escucharle tocar algo distinto, una nueva pieza, pero nunca lo hace. Finalmente pido una tercera cerveza y me voy a comer con esa extraña desubicación que da la cerveza y el sol. Como en el mismo sitio siempre. Un lugar tradicional con un camarero frenético que sirve las mesas desorbitádamente rápido. Como distintos platos, siempre suficientes pero algo insípidos. Pago y camino. Evito la playa a esa hora, demasiado calor. Hago tiempo hasta la media tarde, cuando hay menos gente y menos sol y la playa se convierte en un lugar amable. Me dejo pasar hasta la noche, por la noche camino y evito, evito encontrar luces, sombras, destellos, el recuerdo imborrable. Esas calles tantos años después, iguales, distintas, las mismas. Al final duermo, o no duermo, creo que duermo, pero nunca lo hago del todo. Por la ventana abierta de la habitación entra una brisa agradable y me imagino cosas que luego me da vergüenza haber imaginado. Miro la montaña que crece donde termina la ciudad. Las imágenes se entremezclan y confunden. A veces proyecto. No se ve nada, pero proyecto.

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