viernes, julio 15, 2011

Autogol

Cuando daban la noticia de que habían matado al jugador Andrés Escobar yo estaba metiendo, por primera vez en mi vida, la mano en la mini falda de I. Fue curioso porque la narración de la noticia, desde el pequeño televisor en la habitación de I me conmovió y durante unos segundos desvié absolutamente la atención de las suavísimas piernas de I para recordar la cara de aquel muchacho tímido. Recordé el autogol que le llevó a la muerte y la sensación trágica que flotaba en el ambiente los minutos después de aquel autogol extraño, inoportuno, terriblemente cruel. De alguna manera todo el mundo iba por Colombia en aquel mundial, yo iba por España, a pesar de Salinas, pero también por Colombia y por Rumanía, pero iba por más equipos: por Brasil, por Bolivia, por Argentina que ya tenía a Redondo, iba por cualquiera que moviera la pelota y me hiciera olvidar que mi vida empezaba a no tener mucho sentido. Entonces apareció I y yo empecé a jugar mi propio mundial. Había una copa del mundo, dorada y alucinante, por conquistar en el epicentro de I y mientras metía la mano por aquella minifalda, jugando al ataque la final de mi propio mundial, entrando en esa minifalda que ahora recuerdo como si la estuviera viendo, como el área férrea de la selección de Italia; todo se quebró de un modo extraño con la cara de aquel tipo amable, aquella cara descompuesta en el segundo exacto que aquel balón empujado por su píe entró en la portería de su equipo. I me dijo algo tremendo, algo excitante, pero yo, inoportunamente, como el autogol de Andrés Escobar, me puse a pensar en la humanidad, en el sentido absoluto de la humanidad, en el futbol y en el significado absoluto del autogol: un gol contra ti mismo. Como si la vida no fuera eso, un gol permanente contra uno mismo. Un propio píe, un píe tuyo inoportuno, que empuja el balón contra tu portería, contra tu vida, contra tu destino. Imaginé el cuerpo desmoronado de aquel defensa matado a tiros y volví a la minifalda de I. Muchas veces pensé en aquel tipo, muchas. La aberración total de matar a un tipo por haber metido un autogol. Y pensé en los tipos que dispararon como si fueran balones anárquicos en áreas de equipos invisibles y pensé que el destino era el césped del campo y pensé en la piel de I y subí la banda y lancé balones y el portero salía a despejar. Aquello terminó sin goles. Llegué a casa y me marqué un autogol, un autogol más, otro. Pensé en los tipos que matan a un defensa que marca un autogol y durante años la vida fue rara e incomprensible. Rara, extraña. Incomprensible. Un prologado e infinito autogol.

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