lunes, enero 26, 2026

Vigilante de sala frente al retrato de George Dyer en un espejo. (Sala 49)

Siempre me tocaba la silla entre la sala 48 y la 49. Es casi el final del recorrido si lo haces en el orden correcto, aunque con frecuencia hay gente que, por despiste o por iconoclastas, empieza por la 52, haciendo el recorrido de la historia como una forma de viaje cronológico al pasado, en vez de avanzar hacia el futuro, que era lo que proponían —y casi siempre proponen— los museos.

El trabajo era sencillo, eso todo el mundo lo sabe: eres quien salvaguarda un cuadro de un ataque momentáneo de locura de un visitante con ansias de llamar la atención. Nunca tuve ningún altercado; alguna llamada de atención a gente que se acercaba en exceso para una foto absurda (nunca comprendí que la gente haga fotos de los cuadros de la colección, que hoy día puedes encontrar sin dificultad en internet), algún muchacho escandaloso o asuntos sin demasiada tensión.

Es, además, el final del recorrido. Los cuadros de la 49 son atractivos, pero ya se han dejado atrás los más populares para las masas de turistas y, salvo el Bacon, en esa sala la gente ya va casi sin mirar, porque hay que reconocer que la colección es muy amplia y existe ese cansancio visual cuando llevas ya tal cantidad de obra observada.

Los turnos eran rotativos: una semana de mañana, la siguiente de tarde. A mí me gustaba más la mañana. Menos visitas, más sosegado el ritmo y pasas, a veces, buenos ratos sin gente pasando. Ese silencio de las salas es amable, te permite pensar en otras cosas, y la amplitud de la sala —esa acústica enorme, ese ruido lejano de los visitantes que aún andan en salas distantes— te da una especie de calma, casi de hipnosis, en la que piensas sin pensar e incluso te quedas mirando los cuadros, observándolos desde otra perspectiva.

Sobre todo el Bacon. Ese cuadro siempre ahí, ese hombre retratado y fragmentado, deformado y arrasado. Leí que era su amante y que, pocos años después de ese retrato, el hombre retratado se suicidó. Pienso en el pintor y el pintado, arrasados por una turbulencia que no comprendo. ¿Cuando pintas a alguien así lo ves así? ¿Lo sientes así? En el espejo hay fragmentación, pero el reflejado, fuera, está arrasado por la locura y la angustia. Esa cara tiene angustia y dolor, no sé si ira. Hay días que me parece ira, hay días que me parece horror o incomprensión.

Hay días que siento que están jugando: el pintor y el pintado están borrachos y juegan mientras desmenuzan y deshacen los gestos en un solo gesto deformado. Otros días no miro el retrato, sino el entorno. Ese suelo que parece casi un planeta y esa pared que podría ser el infinito. ¡Son tan vulnerables los dos! El retratado y el que retrata. Están ambos atravesados por la tragedia. El mundo no es un lugar amable para ellos. El pelo de Dyer, como si fuera un gallo: es un animal, es un hombre pájaro.

Yo no sé de pintura ni de arte. Encontré este trabajo porque me recomendó Margarita, la mujer de mi hermano. Lleva años trabajando de secretaria en las oficinas de abajo y, como yo llevaba seis meses en paro, salió la posibilidad de ser vigilante de sala. El trabajo parecía sencillo y mi currículum valdría para entrar. Hice las entrevistas y todo fue muy fluido. Me enseñaron las normas y las funciones que debía hacer respetar: la importancia de ser amable y hablar con educación al público; contestar preguntas sobre orden, salidas y baños; prohibir los flashes y el bullicio; salvaguardar las obras como si fueran tesoros, “porque es lo que son: tesoros de nuestro mundo”, sentenció la encargada y jefa de vigilantes de sala.

Nunca supe cómo o por qué te asignaban una determinada sala, pero lo cierto es que en los tres años y medio que llevo aquí siempre he estado en esta frontera entre la 48 y la 49. Siempre mirando, sobre todo, a Bacon; sobre todo, a George Dyer.

Los primeros días apenas observaba las obras. Estaba más pendiente de ser efectivo en mi trabajo, de entender los flujos, de sacar conclusiones sobre mi labor: las tardes y los fines de semana, ajetreo; las mañanas, más suaves, salvo las visitas de institutos y colegios. Los niños no disfrutan de esas visitas, son ajenos a esa expresión. Alguno hay, pero en general disfrutan del día de ausencia de clases, no de las obras.

Las tardes se llenan de turistas de todo tipo: gente que viene apasionadamente en busca de algún cuadro preciso, amantes del arte o personas que simplemente visitan museos porque entienden que viajar va de eso. Pasadas esas primeras semanas, la mirada se fue yendo poco a poco al rostro de George. Ese rostro no rostro. Primero, el rostro que se está deshaciendo. Tratando de entender qué siente ese rostro, para poco a poco ir comprendiendo que, más que sentir, ese rostro es el reflejo de un siglo, del ser humano en el mundo que vive. Todo lo que acontece sucede en ese rostro. El mundo nos desfigura, nos atraviesa y nos vuelve un rostro angustiado. El mundo nos deforma.

Luego fui pasando al espejo, intentando entender por qué en el espejo se fragmentaba, pero no era arrasado. ¿Es acaso por cómo se mira? ¿Por cómo nos miramos? ¿Nos miramos sin ver del todo la deformación? ¿Nos miramos viendo lo de fuera pero viéndonos desde dentro? ¿Amaba Francis a George? ¿Se detestaban? No lo sé. No soy amante del arte. Cumplo mi horario. Salgo a mi hora. Bajo las escaleras. Dejo el uniforme en la taquilla y salgo a la calle. El mundo te deforma a su manera. Quizá la mirada de Francis es eso. Los autobuses pasando por la avenida, ese tráfico indescifrable, ese ruido permanente nos atraviesa.

Luego llego a casa. Me miro en el espejo. No sé: a veces siento que yo también me estoy deformando, pero en el espejo, sobre todo,  solo veo un rostro fragmentado.

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