martes, enero 20, 2026

Rodolfo

La mañana que Rodolfo nos dijo que quería ser ET yo sentí una profunda confusión. Miré a Suso, que a su vez miraba a Rodolfo, desconcertado. No sabíamos muy bien a qué se refería, dónde quería llegar, pero lo dijo tan solemne y apabullante que no daba lugar a dudas. Como Suso siempre fue más elocuente y seguro que yo, esperé una respuesta, una iluminación en sus palabras, pero Suso le miró como esperando que la transformación sucediera en ese mismo instante, cosa que no sucedió.

Unos segundos más tarde, contrario a mi costumbre de permanecer siempre callado, pregunté directamente:

—¿Y eso cómo piensas hacerlo?

Y tras unos segundos de silencio Rodolfo contestó, sin rodeos:

—Aún no lo sé.

El mecanismo de transformación era algo que parecía no haberse planteado aún, asuntos técnicos en los que no había perdido el tiempo, porque su gran empresa era filosófica, amplia, profunda y existencial. Pero había un camino sin retorno: Rodolfo quería ser ET.

Durante las siguientes semanas, en silencio, yo observaba cada parte de su cuerpo esperando ver los primeros signos de transformación. Miraba las manos, la piel, los ojos, pero sobre todo los dedos. No aparecía ningún síntoma, ninguna fuerza interior que fuera derrocando la vieja piel por la nueva. Sin embargo, Rodolfo se mantenía firme en su plan.

Su conversación se había vuelto extraña, desapegada de nuestros conflictos diarios: los partidos de fútbol del recreo o la pesadilla de las tareas de matemáticas. Nada de eso parecía ya importarle a Rodolfo y comenzó mi admiración. Quizá ser ET, me preguntaba, consistía en ser ajeno a los problemas de este mundo o mirarlos desde la periferia cósmica, desde la lejanía de un planeta desconocido.

Suso parecía haber olvidado aquella afirmación rotunda: quizá lo había visto como un mero juego o una amenaza para llamar la atención y parecía haber borrado o ignorado aquella sentencia radical: “Quiero convertirme en ET”. Pero para mí algo había cambiado en ese trío sólido de amigos. Uno de sus vértices estaba explorando otros mundos y algo de esa via de exploración llamaba mi atención.

Desde entonces, cada mañana, al reunirnos en la salida del metro de Dos Caminos para caminar juntos el último tramo hasta el colegio, yo esperaba una señal; de hecho, la anhelaba, la deseaba. Si Rodolfo empezaba una lenta transformación, el mundo sería radicalmente distinto, pero si nada de eso ocurría iba a sufrir un desengaño, una extraña forma de desesperanza. Que Rodolfo pudiera ser ET abría las puertas a la utopía.

La mañana del siete de abril Rodolfo no llegó a la salida del metro donde siempre nos reuníamos los tres. Durante unos minutos extra, Suso y yo esperamos con paciencia su aparición, pero no llegó. Nos miramos y empezamos a subir por las calles en cuesta hasta el colegio. Callados, aún con el sueño en los ojos, solo se escuchaba el arrastrar de nuestras zapatillas en el suelo.

Fue entonces cuando Suso, siempre más pragmático que yo, dijo:

—Rodolfo no va a volver.

Sentí una forma de vértigo que nunca había experimentado; de hecho, jamás he vuelto a sentir esa forma de vacío. Escuché el sonido de nuestras zapatillas marcando ese ritmo cansino sobre el suelo en el camino hacia el colegio. En las calles cercanas iban apareciendo otros compañeros y yo ya no me atrevía a preguntarle a Suso, porque estaba seguro de que Suso sabía algo más. Pero aquella frase definitiva me dejó desconcertado y, por qué no decirlo, asustado.

El día transcurrió sin grandes anuncios. Cada vez que los profesores pasaban lista, nadie respondía con el “presente” cuando se nombraba a Rodolfo. Una clase tras otra, la falta de información me iba torturando e incluso miraba por la ventana, esperando ver una nave atravesar el cielo: señal de que Rodolfo habría completado la transformación y estaría camino de su nueva casa. Pero no sucedió.

Rodolfo, como bien había anticipado Suso, no volvió. Poco supimos. Sus padres se habían mudado repentinamente de la ciudad. Nadie sabía hacia qué destino. Se especuló. Se habló de alguna capital de Centroamérica o de alguna capital europea, pero nadie sabía a ciencia cierta dónde se había ido a vivir Rodolfo y, sobre todo, por qué no nos avisó.

Salieron algunas conspiraciones y teorías. Mi madre me dijo que se sospechaba que los padres de Rodolfo eran espías o agentes de algún tipo de organismo internacional. Había teorías menos trepidantes, como que el padre de Rodolfo era médico de una ONG.

Quizá la verdad solo la sabíamos Suso y yo, pero nunca lo corroboramos el uno con el otro. Ninguno habló de la posibilidad más probable: Rodolfo se había convertido en ET.

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