Enfrente de nuestro edificio, en la zona este de la ciudad, había unos cuantos callejones de casas muy humildes, deslavazadas, como toda la ciudad, y con poco sentido del urbanismo. El contraste, sin ser excesivo, sí era contundente. En mi edificio éramos lo poco que quedaba de clase media en todo el país, una clase media que poco a poco se desmoronaría en un colapso cuyo origen aún no se sabe bien dónde comenzó, por mucho que algunos insistan en ver causas claras.
Nosotros éramos muchachos algo despreocupados, sin excesiva conexión con otros sectores sociales y más concentrados en compartir algún disco nuevo y sentirnos absurdamente rebeldes. No lo éramos, claro, pero en esa fantasía de falsa rebeldía a veces hacíamos incursiones por los callejones, con la extraña sensación de estar entrando en otro universo. Y lo cierto es que sí, que entrábamos en otro mundo, porque en los callejones, sin haber pobreza extrema, sí había muchas dificultades.
Como todo en esa ciudad desconcertante y deshilachada, en los callejones había una casa donde, a última hora de la tarde, daban cerveza para beber en un patio. No era un bar: era un patio sin licencia para vender alcohol donde nos juntábamos los del edificio y los del callejón, y empezamos a ir con cierta frecuencia. Nosotros, con dieciséis años, nos reuníamos con los del callejón, que en general pasaban de los veinticinco.
Las conversaciones eran dispersas. Ellos nos miraban con recelo y nosotros con temor, pero lentamente fuimos confraternando. Lo mismo hablábamos de béisbol que de teorías filosóficas sin ningún tipo de base teórica. Nando Figueras era el más intrépido de nosotros y actuaba como portavoz del grupo; los demás permanecíamos casi agazapados, bebiendo torpemente y emborrachándonos poco a poco hasta empezar a balbucear alguna palabra.
Un día entró allí El Rejas. Un tipo bajito y muy menudo, que andaba con tumbao y mantenía ese ritmo propio de quienes parecen estar siempre pensando en otra cosa. Esa gente que parece vivir en dos sitios a la vez y nunca estar del todo en ninguno. El Rejas era guitarrista y entró con una acústica en un estado de deterioro importante; se sentó en un rincón y empezó a tocar una música atractiva, aunque no especialmente bien ejecutada.
El Rejas no tocaba bien, pero tampoco tocaba mal. Tenía lo que casi todo artista quiere tener: sello propio. No hablaba mucho, fumaba como si compitiera por ser el fumador más rápido de Latinoamérica y permanecía arrinconado tocando una música indefinida, que merodeaba entre una especie de blues desértico y el tumbao cubano. Era una cadencia tan atractiva que, a pesar de que era evidente que El Rejas no buscaba atención ni público, la conversación y el bullicio del patio terminaban dominados por sus acordes.
Como en esa época yo ya había empezado a tocar la guitarra, la tercera o cuarta jornada que coincidimos con El Rejas todos los de mi grupo insistieron en que tocara alguna pieza en el patio.
—Vamos, Rejas, déjale la guitarra al muchacho. No toca nada mal.
Pero si alguna vez experimenté verdadero miedo escénico fue en ese patio, fue ante El Rejas. Traté de negarme, de no tener que actuar ante ese público impredecible. El Rejas apenas nos miró. No era antipático; creo que estaba deprimido o simplemente no se sentía bien en el mundo. El Rejas parecía atrasado por una nostalgia cósmica, arrastrada desde galaxias aún por descubrir. Quizá eso era lo que tocaba: los acordes de un lugar al que nadie había accedido.
El apodo no ayudaba a no temerle. El Rejas no daba lugar a especulaciones. Aunque después la realidad nos ofreció una explicación menos temible y que definía mejor al personaje de lo que cualquiera pudiera imaginar. En los callejones le llamaban El Rejas porque se le percibía como un pajarillo encerrado en una jaula. Esa era la nostalgia que emitía.
El quinto o sexto día que coincidimos con El Rejas en lo del patio me llamó. No recuerdo exactamente cómo, pero me llamó. Me acerqué mientras el grupo debatía sobre la importancia de la justicia social y sobre cómo, en toda Latinoamérica, el problema era que la lucha de clases ya no existía: solo había sometimiento y dolor; ya ni siquiera era lucha.
—Las clases altas tienen el monopolio de la violencia —dijo Nando, en un alarde de marxismo que no le conocíamos.
Me senté junto a El Rejas y me pidió que tocara algo. Nunca he sido bueno interpretando repertorios o canciones populares, así que toqué algunos arpegios improvisados, de carácter atmosférico. El Rejas aprobó y me dijo:
—Te voy a enseñar un par de trucos.
No parecía un tipo con formación académica, pero me enseñó algunas escalas y unas piezas que había compuesto. Fue amable, menos temible de lo que su apariencia sugería, y aunque casi no hablamos, fue un rato emocionante. Los grupos del patio hablaban cada vez más beodos, mientras El Rejas y yo intercambiábamos acordes y melodías.
No recuerdo mucho más de El Rejas. Coincidimos varias veces por los callejones, en el patio y alguna vez en el autobús de ruta. Luego desapareció. Años después yo abandoné el país y cambié radicalmente de vida. Pero cada vez que evoco a El Rejas siento una especie de gratitud. Y me pregunto, sabiendo que jamás habrá respuesta, qué habrá sido de su vida. Y claro, me lo imagino lejano, ajeno, distinto, habitando aún en su extraña galaxia.


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