miércoles, enero 21, 2026

Diarios del atardecer

Juan Ligero llevaba varios años bajando al Parque del Oeste a ver el atardecer. No era un rito poético ni literario. La caída del sol le parecía el mejor momento para pasear: la ciudad va cambiando el ritmo y la gente parece entrar en un sosiego más natural. Juan caminaba por las calles del centro, no siempre siguiendo la misma ruta, y entraba al parque por distintas entradas. Luego, por la amplia explanada, se iba acercando al mirador, donde el sol comenzaba la despedida diaria.

Pero lo que le interesaba a Juan no era el juego de colores ni cómo el naranja mostraba su amplia gama de posibilidades. Lo que le interesaba realmente —y así lo iba anotando en unos cuadernos que llamaba Diarios del atardecer— era lo que sucedía en el mirador: turistas fotografiándose, niños ajenos al ritmo universal dándole patadas al balón, un ciclista despistado que casi atropellaba a una señora confusa o un joven narcisista cantando canciones pasadas de moda con una guitarra de segunda mano.

Había algo en el mirador que le daba a Juan la sensación de notar el paso de los días, porque ningún atardecer repetía sus escenas. El turista alemán que el día anterior miraba meditabundo hacia el horizonte no volvería; las chicas colombianas que reían y se hacían selfies desaparecerían para siempre; y los niños que jugaban en el campo marcado por los límites de los pinos de la izquierda no repetirían equipo, porque nunca se completaba la alineación con los mismos jugadores.

Así, cada tarde Juan llegaba al mirador y observaba los elementos de ese atardecer único e irrepetible. No era para él un acto poético, sino una manera de sentir que cada día era distinto. Claro está que también se dejaba abrumar por esa experiencia irrepetible pero constante del atardecer. Tampoco ningún atardecer es igual a otro: nunca el sol se va de la misma forma. Miraba el horizonte, miraba los elementos que conformaban la escena y los retenía en la memoria para, luego, al llegar a casa, anotar de manera escueta y pragmática ese atardecer único.

Atardecer 1356. 20 de enero de 2025

He llegado algo más apurado que otros días. En el cruce de la transversal 2 con la avenida 8 me he encontrado con Lupe y Andrew. Es la tercera vez que los veo juntos en los últimos meses. Sospecho que son más que amigos y me pregunto por qué no lo dicen públicamente. Hemos hablado del frío y del pronóstico del tiempo: dan lluvias muchos días seguidos, así que hay que aprovechar lo que a lo mejor es el último atardecer naranja de lo que queda de mes.

He subido las escaleras de la entrada principal. Hoy había menos gente que en los días previos. Enero es insaciable. En la explanada principal, un tipo hacía ejercicio sin camiseta; un poco más adelante, un hombre de unos treinta y seis años llevaba un carrito con un niño dormido y hablaba por teléfono. Al pasar, solo he escuchado una frase enigmática: «La realidad es que todo se ha ido quedando atrás». Durante unos segundos he pensado en las posibilidades del significado de esa frase fuera de contexto.

He llegado al mirador. Como siempre, la mayoría eran grupos o parejas. Siempre busco al observador solitario, pero no siempre hay. En la esquina de los pinos del norte he visto a un tipo apoyado, muy serio, muy concentrado, mirando la lejanía. Hoy el sol se iba ligero. Había algunas nubes y, en enero, el naranja hay momentos en los que casi se vuelve violeta. No ha habido nada reseñable hasta que alguien ha gritado. Sobresaltados, la mayoría hemos mirado en dirección al grito, pero no parecía nada dramático ni urgente. Una joven con su novio hacían bromas y cosquillas. Ella se ha sentido violentada por las miradas.

Así llevaba Juan su diario de atardeceres. Alguna vez, después de anotar el día, se movía por las hojas al azar y encontraba las anotaciones de un atardecer pasado. Había anotaciones de todo tipo: desde días anodinos hasta días desconcertantes, como aquel 6 de junio de 2023, cuando un individuo de acento indescifrable le dijo que lo que veíamos eran los restos. Juan preguntó los restos de qué, y el hombre, serio, rotundo y sin apartar la mirada del horizonte, contestó:

—Los restos de todo. El apocalipsis ya fue. Somos lo que queda después del fin del mundo.

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