jueves, enero 29, 2026

Una noche en el litoral

- A mi me jode que siempre sacan fotos del Caribe para darle la sensación al extranjero de paraíso. Y lo es, pero también contiene el infierno- dice el hombre que acabamos de conocer.


 La humedad es terrible. Tengo la espalda empapada, calor y ganas de irme a dormir, pero en la habitación están Nando y Alejandra cogiendo y tenemos que esperar a que uno de los dos orgasme, los dos o ninguno, pero que por aburrimiento desistan. ¿Quién puede coger con este calor y esta humedad? 


El hombre que acabamos de conocer es vigilante de la posada donde dormimos y está sentado en una silla plástica en la puerta. La puerta mira al malecón. El malecón, finalmente, está vacío y la noche tropical está presente. No sé puede describir la noche tropical en esa zona de la tierra. Es otro tipo de noche. No tiene la misma negritud, no tiene el mismo tempo. Hay algo sobrecogedor en la noche tropical. Más aún en ese pueblo perdido en la costa del Caribe, desperdigado a los pies de una montaña brutal, de una sierra poderosa que bordea el litoral del norte del país. 


- Luego vienen los turistas neohippies y se asustan con la violencia y con los robos y con que les apunten con pistola en una gasolinera en medio de una carretera deteriorada que avanza hacia la costa, pero el Caribe también tiene su infierno. Es el paraíso, hermano, pero tambien es el infierno. 


El tipo mira hacia el mar, hacia donde no se ve nada. El mar por la noche se lo come todo. Es como si el mundo se acabara ahí. Hemos fumado unos porros de marihuana que ha liado el hombre que acabamos de conocer, el vigilante. A mi no me gusta fumar, pero he entrado en un letargo amable. El mundo, más allá de la montaña, me parece una forma de brisa que se mueve y pulula como vapor de agua. Quizá ya no existe.  Estoy a ocho mil kilómetros de casa y mi mundo, si mi mundo es mi dia a dia, me parece un recuerdo lejano, a pesar de que salí de casa hace dos semanas. Creo oir un gemido de Nando y siento pudor o algo no agradable. No me gusta escuchar a Nando coger. El vigilante, el hombre que acabamos de conocer. Sigue con su soliloquio, ha debido de escuchar el gemido de Nando tambien:


- Muchas noches se escucha desde aquí a la gente fornicando- a mi me llama la atención el uso de esa palabra- Nadie coge igual. Es como la música. Nadie toca la guitarra o el piano igual a otro. Coger se parece a tocar música. 


El pueblo está muy lejos de todo. Para llegar hasta ahi atraviesas una montaña con una carretera terrorífica. Seis o siete veces piensas que no llegas vivo a tu destino. Menos en esos autobuses en estado de abandono, que deben de tener treinta o treinta y cinco años en activo. Hay algunas curvas que no entiendes como fisicamente el conductor ha sido capaz de tomarlas sin caer barranco abajo. 


- Los primeros habitantes de este pueblo- nos dice el hombre que acabamos de conocer- pensaban que esto era una isla, que esta tierra no estaba pegada al continente. Eran esclavos del continente africano que hacían tierra en esta costa. Imaginate tú, compadre. No saber si estás en una isla o estás en continente. 


Cada ciertas frases hay unos instantes de silencio. Todos miramos al fondo del mar, como si también nos estuviera absorviendo lentamente. Miro a mis otros dos compañeros, casi les habia olvidado. Peri está casi dormido, tiene la barbilla enterrada en el pecho, se mira los zapatos. Visto desde donde estoy pareciera que está a punto de ponerse a llorar. Bola mira embobado al hombre que acabamos de conocer. Está atrapado por el hipnótico discurso que va modulando. Parece un cuenta cuentos. Se vuelve a escuchar a Nando y esta vez a Alejandra. Esta vez no es pudor o morbo lo que me producen los gemidos. Esta vez es alegría. el orgasmo está cerca; irnos a dormir, entonces, también. 

- ¿Naciste aqui?- Pregunto por alargar la conversación

- No, yo no nací aqui. Yo nací en Las Piedras. Lejos de aquí. Yo vine aquí al salir de la cárcel. 

Peri se acomoda, Bola me mira y yo pierdo la vista en el fondo del mar: estoy seguro que ya está a punto de absorbernos. 

- Maté a dos hombres- y mirándome me dice- y lo volvería a hacer. 

Ahora mi vida y esos ocho mil kilómetros de distancia que me separan, me parecen un lejano sueño. Igual esto es lo que hay cuando despiertas de un sueño demasiado real. 

- ¿Por qué los mataste?

Bola me mira con gesto de reprobación. Casi puedo oir en el aire que me esta diciendo telepáticamente: Tú eres un imbécil. Oigo a Nando, esta a punto de venirse. Ya nos vamos a ir a dormir.

- Tu vives en Europa. Tú no lo puedes entender. Tú no crees en la pena de muerte. Son circunstancias. Compartiria contigo esa moral, pero la vida no me deja practicarla. En mi barrio de Las piedras habia dos chamos que vivían en mi calle. Tenían aterrorízada a toda la calle. El más mayor se contaba que tenía 15 muertos a sus espaldas, el otro, el más pequeño le llamaban El Portento, con 13 años, llevaba 23. A mis hijas las tenían aterrorízadas. No solo a mis hijas, a todos los del callejón. Iban al colegio y se volvían sin parar. Cualquier minuto extra era un peligro con esos por ahí. Un día harto de sus amenazas y de ese terror en el que nos tenían sumidos a los del callejón, fui a enfrentarles. Se puserion tercos y violentos. Yo cargaba la pistola. No duraron un round. Los cuerpos quedaron esparcidos por la calle. Tardaron en venir a recogerlos, lo mismo que tardó la policía en venir a detenerme. Nadie debería pasar un tiempo en la cárcel, menos una cárcel de un pais tropical. Ya te dije que el Caribe es el paraiso, pero tambien es el infierno. 

En ese momento Nando y Alejandra se vinieron casi a la vez. Los gritos se escuchaban por toda la posada. Peri estaba vuelto un ovillo, estoy seguro que estaba aterrorízado. Bola estaba confundido. Su atención se bifurcaba entre la historia del hombre que acabamos de conocer y los sonidos que venían de nuestra alcoba. Nunca lo confesó, pero el Bola siempre estuvo enamorado de Alejandra. El mar, estoy casi seguro, que nos había absorbido, pensé incluso, que el hombre que acabábamos de conocer era la voz del mar. Pensé que igual los esclavos de llegaron aqui, tenían razón. Quizá esto era una isla. No lo sé. De lo que estoy seguro es que sí que estábamos en el paraíso. 

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