sábado, enero 24, 2026

Entregas

A Matías lo recogía a las 6:35 en la rotonda del intercambiador Este. Siendo uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, a esa hora todavía era transitable y la recogida resultaba veloz. Subía apurado y enfilábamos por la Autovía Noroeste hacia el polígono 6. Allí empezaría la jornada de reparto.

La furgoneta era cómoda y suave de manejar, amplia y con cabida para todo tipo de bultos y paquetes. Sus colores llamativos e identificativos de la empresa la hacían reconocible en cualquier lado. El acuerdo era preciso: la empresa nos tenía como trabajadores independientes y la furgoneta formaba parte de un acuerdo de alquiler que mantenían con más personal. Desde que llegamos al país, Matías y yo hicimos un trato efectivo: ambos usaríamos la misma furgoneta, pero doblaríamos turno. Por eso íbamos los dos. El alquiler era por día, no por tramo horario, y así, con el gasto de uno, trabajábamos los dos. También decidimos hacer el doble turno juntos porque abarcábamos muchísimas más entregas: no perdíamos tiempo aparcando o buscando huecos. Simplemente, el que iba de copiloto bajaba casi en marcha, y el que conducía daba alguna vuelta si no lograba detenerse en algún rincón. Eso multiplicaba las entregas y, con ellas, las ganancias. Éramos, sin ánimo de sonar altivos, el equipo de entrega más efectivo de la región, probablemente del país, aunque de eso no hay estadísticas.

Así que a las siete de la mañana entrábamos en la nave, cargábamos los paquetes y pedidos y empezábamos la ruta. Las jornadas solían extenderse entre quince y dieciséis horas. Horas que Matías y yo pasábamos en ese cubículo. Y en dieciséis horas la vida da para mucho. Matías era más hablador, pero a los meses, o al primer año, ya estaba todo contado. Oíamos la radio, emisoras de todo tipo, o poníamos nuestra propia música. A veces permanecíamos callados durante muchas entregas y, otras veces, simplemente pasaba el tiempo sin saber exactamente qué había sucedido.

Cuando entregas paquetes vas viendo la formación de la ciudad, los recovecos de esa amalgama de edificios y calles que la componen. Porque entras en miles de portales, te abren miles de puertas y te firman las entregas miles de personas. Cada paquete —eso lo intuyes— esconde una historia, y nuestro juego favorito con Matías era inventarla. El que bajaba a hacer la entrega volvía a los minutos y hacía una breve descripción de la escena: hombre de 35 años, despeinado y en pijama, poco hablador; ha cogido el paquete con desgana, firma un garabato incomprensible. Se llamaba Julio. Y de esa descripción técnica pasábamos a la fantasía. Desgranábamos los detalles en un intento casi detectivesco de encontrar pistas para conformar la historia que había detrás de ese paquete.

La mayoría de las veces la entrega no daba para mucho: un intercambio rápido y una firma veloz, un gracias suave y vuelta a la furgoneta. Pero cada cierto tiempo aparecía la anomalía. Como la última vez: hacía ya tres días, que Matías tardó mucho en volver. Yo tenía las luces de emergencia encendidas y miraba desesperado. ¿Por qué tardaba tanto? Al rato, Matías, con cara de angustia, llegó casi corriendo. Luego contó que, al abrirle la puerta, una mujer gritaba a alguien dentro de la casa:
—¡Mal nacido! ¡Desgraciado!

Una figura apareció al fondo del pasillo. Un chico de unos diecisiete años venía sin camiseta. La mujer miró a Matías y le dijo:
—Por favor, hable usted con él. Dígale que ahí afuera es duro.

Matías miró al muchacho y solo le hizo un gesto. El chico comenzó a llorar mirándolo y empezó a hablarle de miedo, de un temor profundo, de algo que no sabía abordar. Matías pensó que aquel chico estaba deprimido e intentó hablarle, pero lo que dijo fueron obviedades, nada estimulantes. El muchacho le preguntó si podía irse con él a repartir, y Matías le dijo que eso no era posible. Entonces la mujer miró a Matías y luego al chico y dijo:
—¿Sabe usted qué hay en este paquete?

Tras una pausa extraña, Matías respondió que no, que nunca sabían el contenido de las entregas. La mujer empezó a abrir el paquete con una mezcla de llanto y tristeza. Rompió el envoltorio, la caja de cartón, y sacó una especie de manuscrito muy grueso.
—Esta es la última novela que ha escrito mi hijo. Diecisiete años y lleva quince novelas escritas. Novelas que he enviado y que siempre son devueltas. Mi hijo escribe bien. Es bueno, pero es una literatura difícil y espesa. Estructura con originalidad y las historias están muy lejos de ser aburridas o poco interesantes. Podría decirle que mi hijo es un escritor de altura, que podría incluso marcar una época, abrir un estilo novedoso y ser punta de lanza de una generación, pero no va a pasar. Nadie va a publicar nada. ¿Sabe por qué? Porque esto no va de valer, de ser bueno o incluso genial. Somos una madre y un hijo en este edificio, en medio de edificios de un barrio que no sale en la literatura universal, y nadie le dará valor a estos manuscritos porque no tenemos lo que popularmente se conoce como padrino. Así que, amigo, la estructura social es una estafa. Siga repartiendo, porque es lo único que podrá hacer usted y lo único que podrá hacer mi hijo. Buenos días y muchas gracias.

Y la puerta se cerró.

Eso me contó Matías. Luego nos quedamos callados y seguimos la extensa jornada repartiendo paquetes. Ya no volvimos a jugar a prefigurar la vida que había detrás de cada entrega. Dejé a Matías en la rotonda del intercambiador Este; anochecía. Los tres días siguientes he ido a buscarlo, pero no aparece, no contesta el teléfono y no sé nada de él. Creo, estoy casi seguro, de que Matías no va a volver. Y mi duda es:
¿qué va a hacer Matías con su vida?


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