martes, enero 27, 2026

Los subrayados

Desde que comenzó la transición hacia el reorden empezamos a leer mucho. Nos pasábamos los libros de unos a otros. Cuando mi hija D terminaba un libro se lo pasaba a mi esposa, o mi esposa me pasaba el suyo, o mi hijo J a D, o D a mí. El intercambio era permanente, casi sin opinión ni comentarios al respecto. Solo cuando todos habíamos leído uno hacíamos algún comentario; no era una crítica, era un hallazgo. No era exactamente un club de lectura, pero hallábamos en la lectura y en el compartir los libros un sosiego que nos había sido negado, una comunicación que había sido fracturada. La furiosa transición, como a tantos, nos había dejado al margen.
«Las ideas son las armas más nocivas», era el mandato de la Antorcha, y la Antorcha había sido implacable desde el comienzo de la transición.

En casa, como en tantas casas, habíamos dejado muchas huellas, muchas pistas. Las redes hoy son nuestra autobiografía. Ya no había chivatazos ni vecinos denunciando. Un limpio sistema informático, con órdenes precisas ejecutadas en segundos, tenía el perfil ideológico de todos o casi todos los ciudadanos de la nueva estructura nacional. Y claro, nosotros habíamos dejado muchas huellas: apoyos a países masacrados por genocidas crueles, protestas por la sanidad universal, apoyo a refugiados y colectivos discriminados. Habíamos dejado constancia de nuestras quejas e incluso de nuestro desprecio hacia los violentos y los intransigentes, hacia las instituciones de poder y nuestro rechazo al orden económico imperante. Nos habíamos expresado sin temor y probablemente lo volveríamos a hacer, pero ahora nuestras ideas eran las armas más nocivas y había que apartarnos de la buena salud que quería traer la transición al reorden. Nosotros habíamos desordenado el mundo.

Al principio fue el colegio. Les fue negada la matrícula a D y J. No había posibilidad de ingresarlos en ninguna institución educativa porque, como a los virus, había que mantenerlos apartados. Esas ideas del desorden podían germinar en los puntos más difíciles de vigilar: las aulas de institutos y colegios. Luego fue nuestro trabajo. Primero me apartaron a mí, luego a M. El margen de existencia se volvía angosto y claustrofóbico. Nos apartaron. Nos quitaron la comunicación, lo que implicaba también teléfonos e incluso plataformas de streaming, que, por otro lado, ya no nos podíamos permitir. Finalmente fueron los horarios: la calle solo nos era permitida durante las horas de luz, algo que variaba según la época del año. En verano salíamos a los parques a pasear; en invierno recogíamos los alimentos del racionamiento en la esquina de abajo, dábamos un paseo y volvíamos a la caravana.

El tráfico de libros era preciso, sigiloso y de una organización extrema. Todos los de las armas nocivas habíamos armado un grupo de resistencia silenciosa. La comunicación era compleja. Nos fuimos organizando con gestos, con miradas que decían cosas. Yo encontré el primer libro en la vuelta de la recogida de alimentos. Un joven de unos veinticinco años me miró desde el otro lado de la acera y, con un gesto que me recordó a cómo se saludaban los compinches de la legendaria película El golpe, me señaló una papelera de la acera de enfrente. Sospeché que allí había algo. Crucé y miré con precaución dentro de la papelera. Al fondo, muy deteriorado, vi la portada de Cambio de guardia, de Julio Ramón Ribeyro. En la página 147 había una marca. En esa página, una frase subrayada: avanza parsimoniosamente hasta el lugar donde el malecón forma un ángulo. Entendí que estábamos ante un mensaje dirigido a mí.

Miré la forma de la calle y comprendí que se me indicaba ir hasta la esquina que formaba ángulo con el edificio del antiguo colegio de arquitectos, donde había una fuente que ya no echaba agua. Allí encontré una bolsa. Contenía otro libro: Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau. En la página 329, otra marca, otra frase subrayada: Mi casa es tu casa, le dice. Quédate el tiempo que quieras. Vive en esta casa. En esta casa no hay nadie más. Comprendí entonces que pasábamos a formar parte de un hermoso club de intercambio de libros. Y decidimos, claro, participar.

Me llevé Minimosca y Cambio de guardia a casa. Entré y conté lo sucedido. Nos abrazamos emocionados: en el aislamiento y la soledad sentimos que esa red de frases subrayadas era nuestro hogar, nuestra comuna, nuestra salvación. Mi hijo J empezó a buscar pistas y lugares de intercambio. Fuimos dejando algunos libros nuestros. Fuimos subrayando las frases importantes para organizarnos y mandar mensajes precisos. Fuimos recogiendo los que nos dejaban. Entonces pasamos a ser lectores a tiempo completo, porque la lectura ya no era solo un placer —que también—, sino un universo de palabras escritas donde encontrar frases para enviar mensajes, para organizarnos, para comunicarnos con los nuestros: con todos los lectores clandestinos y subversivos.

El intercambio era rápido, porque leíamos a velocidades de vértigo. No solo porque era nuestra actividad principal a lo largo del día, sino porque además buscábamos frases para subrayar que nos sirvieran para decirle algo al otro, a alguien escondido, a alguien de los nuestros, a ese otro lector oculto.

Los libros los usábamos de mil maneras. Yo logré comunicarme con P, uno de mis mejores amigos. M intercambiaba mensajes con su hermana: todos estaban bien, nos dijo a través de Annie Ernaux, y esperaban que en algún momento esta locura tornara en una nueva calma. Mi hija D se enviaba cartas de amor con su novio. En su casa se había instalado una profunda tristeza y, a través de Las horas, de Michael Cunningham, le contó que su padre estaba sumido en una intensa depresión. Pero el intercambio de libros nos estaba dando un respiro.

Y, claro, cuando menos lo esperamos, también empezó a organizarse una forma de levantamiento y de rebelión. Había que ser cautelosos, pacientes y organizarlo todo con precisión. Sin pasos en falso. En frases precisas, sin lugar a confusiones. Había que leer detenidamente y con mucha atención el momento. En cada frase de cualquier libro nos iba la vida. La revolución debía ser leída con precisión.

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