Bato me fue a buscar cuando ya era de noche. Había corrido la noticia de una fiesta en el Club Italiano y Bato decía que sabía cómo entrar sin llamar la atención. Existía toda una red paralela de información sobre las grandes fiestas del Colegio Alto, que eran las mejores fiestas de la ciudad. Según Bato, esa fiesta era de una muchacha adinerada, hija de un empresario ligado al partido del Gobernador del Estado, y se decía que habría cantidades descomunales de cerveza y whiskey, canapés desbordantes y los dos mejores DJs de la región. Así que las indicaciones de Bato fueron precisas. Ponte el mejor traje, que parezcas clase alta. Yo solo tenía un traje, y no era especialmente luminoso, pero no me quedaba mal. Mientras me vestía, en casa me preguntaron que dónde iba: a una fiesta de una amiga. Contesté. Cuando Bato me recogió venía excitado. La fiesta prometía ser la mejor fiesta del año en todo el estado. Me puso al tanto de la muchacha que la celebraba. Familia muy adinerada, miembros del Club Italiano, ligados a la política. El padre había salido en el periódico ligado a una red de corrupción, pero nunca se supo a ciencia cierta si aquello era verdad o era un ataque frontal de un grupo de enemigos. La muchacha estudiaba en el Colegio Alto, era altiva y arrogante, pero está buenísima, dijo Bato. Luego, mientras avanzábamos caminando por la Avenida de los Leones a un ritmo endiablado en la marcha, también me fue desgranando el plan de asalto a la fiesta.
—El Club Italiano da a un bosque frondoso por detrás, al lado de un riachuelo que siempre está seco. Ahí hay una puerta pequeña, que da a la piscina. Es la parte más baja y la más fácil para saltar. Una vez dentro hay que bordear la piscina por el lado más oscuro, es la zona más vigilada. Si pasamos eso, estamos dentro.
Yo tenía dieciséis años. Llevaba sumido en un estado parecido a la narcosis el último año. Me sentía desafinado, fuera de foco, y ese tipo de cosas me hacían sentir algo aún más extraño, porque en el fondo me daban igual las fiestas y el Club Italiano; tampoco sentía mucho apego por Bato, que le gustaba vivir en un estado exagerado de frenesí. Pero había veces que no me oponía a lo que iba llegando. Y me dejaba arrastrar hasta el Club Italiano si hacía falta.
Bordeamos el Club Italiano. Entramos por la parte frondosa del bosque de atrás y seguimos el curso del riachuelo seco. Llegamos a la puerta más baja. Primero saltó Bato, luego salté yo. El asalto parecía absurdamente sencillo. Bordeamos la piscina. Al fondo se escuchaba el bullicio y la música de la fiesta. Al fondo del recinto de la piscina se veía la sala donde se estaba celebrando. Un montón de figuras humanas entremezcladas detrás de una cristalera gigante. Nos acomodamos los trajes, nos chequeamos el uno al otro para estar acondicionados y caminamos como si fuéramos invitados. Atravesamos los primeros grupos de gente desperdigados por el jardín que había delante de la sala. La misión parecía que ya estaba casi completada. Entonces Bato me dijo:
—¿Nos tomamos un whiskito?
Y caminamos hasta la zona del bar, donde unos camareros con pajarita servían los tragos. Según empezamos a cruzar la cristalera, una mano se puso sobre mi hombro. Llamé a Bato rápido y se giró.
—¿Quién coño eres, guevón? —me preguntó un tipo trajeado, mayor que nosotros.
—Somos amigos de Georgina —dijo Bato con una seguridad avasallante.
—Mira, mamagüevo, salgan ya mismo de aquí antes de que les caiga a trompadas.
Bato y yo nos miramos, pero había poco margen. El asalto se había frustrado a la primera. Nunca habíamos rebotado de manera tan rápida. No había margen para volver a entrar, no había ningún tipo de posibilidad de intento. Porque el tipo que nos paró dijo ser el hermano de Georgina y que su padre le había encargado específicamente que no entrara ningún mamarrachito de esos que siempre se cuelan.
Salimos a la avenida. Nos vimos allí parados, mirando hacia al frente, donde había un motel donde entraban dos autos destartalados.
—Esos coño e madre van a coger y tú y yo aquí sentados. Somos bien guevones.
En ese momento pasó a nuestro lado Gabo, amigo de Bato. Venía expulsado de la fiesta, frustrado como nosotros y sin saber qué hacer con ese viernes noche por delante. Gabo iba con un amigo, mucho mayor que nosotros. Estaba de visita en la ciudad y Gabo le había prometido la mejor fiesta del año, pero el hermano de Georgina nos tenía a todos ahí sentados, en esa acera inmunda de una avenida de las afueras de la ciudad. El amigo de Gabo tenía la pick-up parada al lado del motel y dijo que por qué no dábamos una vuelta. Y allí fuimos los cuatro.
Yo no había vivido jamás una noche sosegada con Bato. Cada vez que me juntaba con él, siempre se alborotaba el destino. Bato tenía un imán para el frenesí. Gabo y su amigo iban en la parte delantera de la pick-up y Bato y yo en la batea. El amigo de Gabo, que se llamaba Juanlu, arrancó la pick-up y se lanzó avenida hacia arriba como si fuera conductor de Fórmula 1. Bato y yo íbamos dando botes en la batea, como si fuéramos mercancía.
Entonces Gabo se asomó por la ventanilla del copiloto y a gritos nos dijo:
—¡Vámonos pa donde las putas!
Lo de las putas era en la carretera vieja hacia el oeste, detrás del vertedero de la ciudad. Una carretera en un estado de deterioro brutal, llena de boquetes y agujeros. Una vez que atraviesas la urbanización El Llano, un conjunto de edificios que no se terminaron de construir, la carretera sale hacia la zona más árida de la región. Desperdigados a lo largo del recorrido hay dos o tres poblachos inmundos donde no se sabe bien si vive gente. De día el paisaje es árido y desolador y se ven cabras escuálidas desperdigadas ; de noche solo ves una oscuridad absoluta.
Juanlu iba a una velocidad absurda, confiando más de la cuenta en la amortiguación de su pick-up. Atrás, Bato y yo íbamos riéndonos, yo creo que para apaciguar los nervios, porque en cada agujero o boquete salíamos despedidos y parecíamos pelotas golpeadas por un muchacho histérico.
La carretera avanza varios kilómetros entre una forma oscura de nada, cuando de repente ves los dos letreros iluminados al fondo. Lejos de ser atractivo o sugerente, lo que sientes es que estás llegando literalmente al culo del mundo. Juanlu fue reduciendo la velocidad. Hay una hondonada en la carretera y, al terminar de subir, aparecen los dos clubs o bares, uno enfrente al otro. Juanlu giró a la derecha y se detuvo en el terraplén delante de El Avestruz, que tenía mejor fama que el otro, El Cairo.
Bato y yo saltamos de la batea mientras Gabo y Juanlu iban ya avanzando hacia la entrada de El Avestruz. Les alcanzamos y entramos los cuatro juntos.
—Aún es pronto —dijo Gabo, quizá para explicar lo vacío del lugar.
Yo nunca había entrado ahí e iba incómodo porque, además de ser menor, aparentaba posiblemente menos aún. Al fondo, unas tipas sentadas, desganadas, charlaban entre ellas. Un camarero ajeno al mundo limpiaba unos vasos y la música reverberaba hasta hacerla molesta, porque la sala estaba prácticamente vacía. Éramos los primeros clientes de la noche.
Juanlu y Gabo se sentaron en una mesa, pidieron un servicio de ron —botella, refrescos y hielo— y se sentaron con actitud de gánsteres de película, que resultaba algo forzada. Al rato se acercaron las mujeres, sabiendo de antemano que ahí había poco que ganar, pero quizá pensando que mejor charlar con unos muchachos que seguir hablando entre ellas, que ya se sabían de memoria sus vidas.
A mi lado se sentó la más mayor. Era incapaz de calcular su edad. Yo no sabía qué hacer. Ni qué decir. Ella al rato me preguntó, casi sin esperar respuesta, de un modo mecánico:
—¿Y tú, a qué te dedicas?
—Soy filósofo —contesté.
Han pasado treinta y cinco años de aquella noche y aún no sé por qué contesté así. Y ella, desconcertada, me dijo:
—¿Filósofo? ¿Y eso para qué sirve?
—Para pensar —contesté yo.
—Pues vas a volverte loco si piensas mucho.
—¿Tú crees? —pregunté.
—No sirve de nada pensar por pensar. Hay que pensar para usar ese pensamiento, pero pensar solo por pensar no sirve de nada, muchacho. Y eso te acaba volviendo loco.
Entonces me quedé en silencio. Ella me puso la mano encima del pantalón, pero yo ni tenía dinero, ni tenía ganas, ni sabía qué pintaba ahí. Gabo, Bato y Juanlu bebían de la botella de ron a la misma velocidad que habían conducido la pick-up y con los mismos traspiés enloquecidos. A mí me sirvieron un trago que bebí de un sorbo. Estaba desorientado y me sentía mal.
La mujer me miró con ternura.
—Tú no deberías estar aquí.
Se puso de pie y se volvió al fondo a hablar con el camarero detrás de la barra.
Fue justo en ese momento que entró la policía. No entraron con nervio o acelerados; seguramente venían a hacer ronda, parte del recorrido de otra noche de viernes, pero entonces se encontraron con cuatro idiotas, uno de ellos menor de edad. Se acercaron, nos pidieron documentación y nos exigieron que saliéramos fuera. Fuera nos cachearon; a mí y a Juanlu, que era el mayor, nos esposaron. Cuando la cosa se estaba poniendo tensa, porque Bato se puso en modo contestón, el policía calvo me agarró y me subió a la lechera. Entonces fue cuando Juanlu, por primera vez en la noche, pareció un tipo serio. Se acercó al policía y le dijo:
—Es mi sobrino, queríamos estrenarlo. Está muy agüevoniado y lo trajimos pa que las putas, pa estrenar.
El policía sonrió y me miró con tono de complicidad.
—Yo también me estrené en El Avestruz, muchacho.
Luego nos dio una charla sobre lo equivocado de estar ahí. Hoy nos dejaba ir, pero tenían órdenes precisas de no dejar entrar ni a un solo menor donde las putas. Serio y contundente terminó diciendo:
—Váyanse de aquí ahora mismo. Si los veo otra vez esta noche por ahí, la cosa no va a acabar igual.
Nos montamos en la pick-up. El camino de vuelta por esa nada oscura volvió a ser accidentado y frenético. Juanlu desconocía lo que era la prudencia. Al llegar a la ciudad de nuevo se detuvieron en una licorería solitaria que había en la zona deshabitada de la urbanización El Llano. A mí esos edificios sin terminar siempre me habían dado miedo, o más que miedo, una sensación de desolación y tristeza. Una desolación y una tristeza casi cósmica, inabarcable. El vacío y el fracaso, también la violencia. Porque aquellas construcciones paradas, desperdigadas por esa zona árida de la ciudad, eran violentas y tristes, pero sobre todo violentas y desoladoras.
Compraron dos botellas de ron y una caja de cerveza. La caja de cerveza nos la pusieron en la batea a Bato y a mí. Arrancaron otra vez al mismo ritmo de imprudencia que llevaba conduciendo Juanlu toda la noche y avanzó hacia un destino que ni Bato ni yo sabíamos cuál era. Atrás, el viento y los golpes nos tenían aturdidos, pero Bato no paraba de pasarme cervezas.
Media hora después, en un extraño estado de ebriedad y desorientación, me di cuenta de que estábamos por la carretera noreste. Era de noche, no había autos por la autopista, solo la pick-up y el ruido que venía de la música que tenían puesta delante Juanlu y Gabo. Gabo se asomó por la ventanilla y gritó:
—¡Nos vamos pa la playa, mamagüevos!
Entonces sentí una angustia feroz. Si yo no volvía antes del amanecer a casa, me iba a acarrear problemas. Juanlu y Gabo habían decidido viajar hacia la playa sin avisarnos y ya estábamos metidos en carretera. Yo no tenía ninguna capacidad de alterar el plan, pero me imaginaba a mi madre despertándose y dándose cuenta de que yo no estaba en la cama, y sabía que aquello en casa no iba a sentar muy bien.
Miraba hacia la oscuridad, miraba hacia la luna, que estaba creciente, y miraba la forma incomprensible de los árboles en la noche. Pensé que nuestra vida en ese país hacía tiempo que había perdido el sentido. Mi familia, mi casa, mi vida estaban sumidas en un destino en el que no nos correspondía estar. Vivimos durante una década en un lugar en el que nunca estuvimos. Yo estaba en esa pick-up, al lado de Bato, que se había quedado dormido, pero nada de eso en realidad debía ser mi vida. ¿Cómo era posible, pensé en medio de todo eso, que Bato se hubiera quedado dormido en esas condiciones?
Dos horas después, cuando estábamos a media hora de la playa, vi que la pick-up se desviaba por un camino que salía de la carretera. Avanzó por un camino de tierra y entró en la explanada que había delante de un motel. Se detuvo y Bato abrió los ojos.
—¿Dónde estamos, guevón?
—No tengo ni idea.
Cuando el auto terminó de frenar, Gabo nos dijo que Juanlu había cabeceado dos veces y que casi se queda dormido. Que mejor parábamos a dormir en ese motel que matarnos en carretera. Como casi nadie tenía dinero, solo daba para una habitación, en la que entraron a dormir Juanlu y Gabo. Bato se quedó dormido en la batea de la pick-up y yo me quedé de pie en la explanada, mirando la montaña hermosa y verde que teníamos detrás. También me quedé mirando la luz, porque empezaba a amanecer. Luego volví a sentir angustia y desasosiego. Pensé en llamar desde una cabina a casa, pero no sabía explicar la situación. Era sábado de mañana y sabía que mis padres y mi hermano pequeño se irían a una excursión con otra familia.
Amaneció. Bato seguía dormido con el traje. Yo paseaba por delante del motel esperando que en algún momento Gabo o Juanlu salieran y volviéramos a casa. El tiempo pasa lento cuando quieres que pase. El calor era cada vez más intenso. Es exponencial en los amaneceres del trópico. Cada diez minutos se duplica. No dormí, pero me sumí en una forma de sueño. No sé a qué hora salieron de la habitación. Bato ya estaba despierto. Bato había recuperado la energía y entraba de nuevo en frenesí.
—Yo creo que estos dos maricos cogen —me dijo Bato sobre Gabo y Juanlu, que justo salían de la habitación.
Juanlu dijo que nos volvíamos para la ciudad. De repente estaba de muy mal humor. Gabo nos miró con gesto de susto. Bato y yo no entendíamos nada. Si por la noche había conducido imprudente, por el día parecía que quería matarse. La velocidad era extrema, la precaución nula. Yo, más que aturdido, había entrado ya en un estado absoluto de desorientación. Tenía náuseas y ganas de vomitar. La autopista no estaba muy concurrida, porque esa zona del país da la sensación muchas veces de estar deshabitada.
Yo miraba el carril contrario con la esperanza de ver pasar el auto de mi padre, porque ver el auto le daría normalidad a todo. Habrían dado poca importancia al hecho de que yo no estuviera y habrían mantenido su agenda. El sol era cada vez más duro. Era sábado en la Tierra. O algo así pensé.
En la entrada a la ciudad, donde la bifurcación de carreteras, Juanlu se detuvo, asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:
—No entro en la ciudad. Si quieren ir a sus casas, bájense aquí.
Yo salté de la batea al asfalto. Fui el único que bajó. Nadie se despidió. Vi la pick-up perderse dirección sur; se alejaba de nuevo de la ciudad. En esa entrada a la ciudad tarda mucho rato en haber urbanizaciones. Está la zona de los galpones y una parada de autobuses donde casi nunca hay nadie. Vi que no tenía dinero, pero me quedé esperando el Ruta 23. Me llevaría cerca de casa. Tardó casi cincuenta minutos en llegar. Cuando lo vi acercarse levanté la mano. Le pedí al conductor que por favor me llevara, que no tenía dinero, que me habían robado, pero que necesitaba llegar a casa. De mala gana me dejó subir. El autobús iba vacío, salvo una señora con muchas bolsas que me miró con desconfianza.
Atravesamos la ciudad por la avenida nacional. Cincuenta minutos después estaba entrando en casa. Mi madre hablaba por teléfono, mi padre estaba sentado en el sofá. Mi hermano pequeño me miró con cara de miedo. Saludé, pero nadie contestó. Mi madre dijo en el teléfono algo parecido a:
—No se preocupen. Acaba de aparecer.
Estaba hablando con la policía. No hubo discusión, no hubo reprimenda, no hubo ni siquiera palabras. No recuerdo qué hubo. Sé que ese día cambió mi relación familiar para siempre. No sé exactamente en qué, pero cambió para siempre. A día de hoy a veces me pregunto qué hubiera pasado si aquella noche no me hubiera puesto el traje para ir al Club Italiano, a la fiesta de Georgina.


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