viernes, enero 23, 2026

El último viaje.

El problema de no memorizar la ruta y depender del GPS del teléfono es que, si te despistas, si no has sido precavido o si la conducción y el día han sido más largos de lo normal, la batería se acaba.

Había salido de casa antes del amanecer. Al principio, sin destino fijo. Estaba pasando los días más complicados de los últimos años; estaba paralizado, bloqueado y sumido en la melancolía. No era capaz de digerir la separación y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que me sacara de ese estado agotador y paralizante. A las tres de la mañana ya estaba despierto y a la una todavía no me había dormido. Dos horas no dan reposo ni descanso a una cabeza que busca explicaciones a un divorcio que no has visto venir. A las cinco de la mañana, harto de moverme por ese campo de batalla en el que se había convertido la cama, me levanté y decidí irme de viaje. No sabía qué tipo de viaje, pero necesitaba salir de la ciudad. Llevaba unos días de baja en el trabajo; en ese estado era absurdo intentar hacer cualquier labor, cualquier actividad que requiriese cierto esfuerzo intelectual o cualquier tipo de concentración.

Después de una ducha y un café bajé a la calle. Había olvidado dónde había dejado el coche la última vez y tardé un rato en encontrarlo. La ciudad aún permanecía parada. La oscuridad y el frío estaban en su pico. Recordé esa frase que dice: el momento más oscuro de la noche es justo antes de que empiece a amanecer. La pensé como una forma de esperanza. Quizá la luz en mis emociones también estuviera a punto de llegar.

Salí de la ciudad casi al azar. En la radio desgranaban la actualidad. Prefería escuchar emisoras y noticias a cualquier tipo de música. Mi melomanía esos días era problemática: cualquier canción excitaba en exceso mi frágil estado emocional. Cuando tomé conciencia estaba en el kilómetro 32 de la B-8, a la altura de uno de los pueblos periféricos más feos del continente. Entonces decidí, porque vino a mi cabeza de golpe, viajar hasta un pueblo donde pasé el verano cuando tenía ocho años. Un pueblo en la sierra grande, a setecientos kilómetros de donde estaba en ese momento. Mientras avanzaba, aún de noche, puse la ruta en el teléfono y, sin más, emprendí el camino.

No sé si se puede contar mucho de un viaje en coche de tantas horas. Hay en las imágenes de un viaje cosas que no son del todo descriptibles; son más bien leves impactos que se recuerdan. Los viajes se parecen a la memoria. Avanzas, vas viendo imágenes del campo, de pequeñas ciudades, de poblaciones a los lados, que se van sucediendo. Todo es continuo, pero tú lo vas recibiendo por momentos, como imágenes sueltas. Estábamos en medio del invierno y el campo lo reflejaba con esa austeridad y ese minimalismo.

El amanecer fue impactante porque, cuando estás ausente del mundo, el amanecer te da una especie de relajo o de sosiego. Pensé, no sin emoción, que el amanecer es inevitablemente una forma de esperanza. Conduje suave, con precaución y muy abstraído, a ratos evocando imágenes de esa vida que acababa de dejar atrás. Una separación es también una forma de muerte. Recorrí la estepa, pasé bloques montañosos, atravesé una de las regiones más verdes del país.

A ratos dejaba el coche en silencio, acompañado únicamente de ese sonido de motor monótono e indescifrable; otros ratos ponía a los locutores que creen saber de todo, las noticias de ese mundo cada vez más incomprensible, al que a veces siento que pertenezco menos. Vivimos tiempos oscuros, pero siempre los hubo; nos olvidamos de que las luces permanecen. Puse música. Probé con discos viejos, animados. Probé con otros ambientales, suaves, abstractos. Probé con estilos diversos. La carretera, como la memoria, seguía ajena a mi marcha, a mi conducción.

Había parado en las primeras horas a tomar un café y a recargar gasolina, pero luego, inconsciente y abstraído, había olvidado esos asuntos concretos. Nunca enchufé el teléfono y no volví a mirar el estado del tanque de gasolina. Ya había salido de las carreteras principales, llevaba bastantes horas en marcha y me detuve en un mirador, en una curva de una estrecha carretera de montaña. No pasaba nadie. Miré desde allí la inmensidad del valle que se perdía hacia el sur. Había restos de nieve en las laderas y las nubes se dispersaban. Tenía ganas de correr, de hacer algo físico, pero simplemente miré un buen rato.

Cuando entré en el coche, la batería del móvil se había acabado y el cable para recargar parecía no estar funcionando. Decidí seguir puerto de montaña arriba. No había muchas más opciones. Buscaría algún lugar donde recargar o donde preguntar por el pueblo remoto de mi infancia. El puerto era complicado. Fui suave porque la conducción requería concentración. No me crucé con ningún coche, ni de subida ni de bajada.

Cuando coroné el puerto volví a parar. Desde arriba la vista era un mar de nubes; daban ganas de saltar allí, a ese inmenso colchón, y dejarse llevar por el vapor de agua. El sol reflejaba desde el oeste una luz psicodélica y alucinante. ¿Cuántas horas llevo de viaje?, pensé. Volví al coche. Se encendió la reserva de gasolina y me preocupé. Empecé el descenso del puerto en punto muerto, intentando controlar con precisión los frenos. Bajé el puerto lentamente. ¿No hay habitantes en esta sierra?

Cuando llegué abajo vi ante mí una recta prolongada que avanzaba precisa por el valle. Estaba nervioso: no tenía móvil, desconocía la ruta y cada vez me quedaban menos kilómetros en la reserva. Veinte minutos después el coche se paró. Me detuve a un lado y me recriminé la irresponsabilidad. Llevo demasiados días sin estar en este mundo, pensé. Luego decidí salir y esperar a que algún coche pasara para hacerle señales de socorro.

En lo que calculo serían dos horas, pasaron tres coches y ninguno atendió a mis gestos. Caía la noche. Lo peor que podía pasar era que tuviera que dormir en el coche, pero me preocupaba el frío invernal de la sierra. Y la noche llegó.

Cuando la oscuridad ya se había impuesto, vi pasar otro par de vehículos, pero ni siquiera hice gestos. Asumí que pasaría la noche allí. Me metí en el coche y me quedé mirando la oscuridad. Estaba agotado; llevaba muchos días durmiendo mal y el cuerpo estaba en un estado de cansancio que jamás había experimentado. Pensé que el cansancio quizá no tenga límites o que el límite del agotamiento esté mucho más allá de lo que solemos creer. No podía con nada.

Entonces, no sé cómo ni cuándo, me quedé dormido. No sé si soñé. Me desperté de madrugada. La noche tremenda estaba ante mí. En la ventanilla del copiloto vi la cabeza de un animal que miraba hacia dentro. Cruzamos los ojos. Sentí terror y sosiego. Dos cosas que en principio no se mezclan, pero sentí las dos. ¿Qué mira un animal cuando mira? Ni siquiera identifiqué exactamente qué animal era; creo que era un ciervo. Luego salió corriendo y se perdió en la noche.

No dormí más. Miraba la carretera delante; parecía el fin de algo, como si todo se acabara ahí. De repente, mi vida, lo que conforma mi existencia —mi casa, mi familia, mi gente, mis libros, mi trabajo, mi divorcio—, me parecían cosas de otro mundo, una vida que ya no existía. Y esta, esta oscuridad y este fragmento de carretera apenas visible, me parecieron la nueva, la que me quedaba por vivir.

Recordé cosas de la infancia; recordé cosas de mi abuelo, de amigos de los que ya no sabía nada, de un viaje a la playa con Kiko, algunas escenas de sexo con mi expareja. Recordé la cara de cuando me dijo que se iba. Recordé una escena de una película, una noche en Caracas, algunos miedos, algunas ideas que había tenido. Pensé en la política, en el camino que sigue la historia, en dos de los libros que más me han gustado. Pensé en una calle de Madrid que siempre me ha parecido horrorosa, pensé en un viaje a la playa que hice con J. Pensé que habría gente en ese instante trabajando en lugares que ni sospechaba. El momento más oscuro es justo antes de que empiece a amanecer.

Y amaneció.

Y sigo aquí.

Y la verdad, tampoco tengo muchas ganas de moverme.

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