sábado, marzo 30, 2013

Padre

 Mi padre no era muy creyente, pero terminó yendo a misa con una frecuencia abrumadora. Mi padre no era un tipo de fe. La fe requiere de empatía, una empatía extraña, pero requiere de empatía. Mi padre no empatizaba con nada. Nada sucedía emocionalmente más allá de sus apetencias. Mi padre iba a misa por precaución, como medida preventiva, por cubrirse las espaldas: "no vaya a ser que eso de Dios y de la religión sean verdad", a su manera él comprendía que yendo a misa con frecuencia, llegaría con las deudas saldadas si hubiera un hipotético cielo. La anécdota define a mi padre. La anécdota define a un egoísta. El sacrificio y la entrega de la religión, que en mi madre eran honestos y de una sinceridad apabullante, en mi padre no eran más que un por si acaso. Temiendo la posibilidad de una vida eterna, mi padre llevaría toda la burocracia terrenal resuelta, como si de un asunto ministerial se tratara. Yo no tengo fe, yo no creo en nada, salvo en mi, pero ese modo financiero en que mi padre asumía la religión me parecían de un miserable infinito. Mi padre era cruel, pero no por cruel, sino porque era incapaz de salir de su caparazón, de sus limitadas apetencias. En cierto modo mi padre era un primate. Todo su modus vivendi giraba entorno a sus torpes gustos y necesidades. Había construido una vida en la que ya sólo cabía mi madre, los demás éramos molestia e innecesarios, una barrera que en las visitas podríamos interrumpir su ritmo imparable de gustos: mi madre era su cocinera y su cuidadora, él a cambio no tenía demasiados detalles. No la ignoraba, pero sus toscas muestras de cariño tenían siempre un halo de intercambio. Mi padre jamás fue cariñoso con nosotros: sus hijos. Si podía, a veces, mostrar sentirse orgulloso, pero ese orgullo giraba entorno a él, nuestras virtudes eran una consecuencia de él, así lo entendía. Nuestros estudios, nuestros logros sociales, eran fruto de él, en cierto modo asumía que le pertenecían, eran su obra. Conmigo mantenía distancia y respeto, al fin y al cabo era el único que le levantaba la voz y le marcaba las distancias. como buen egoísta, mi padre era cobarde y su relación conmigo se basaba en esa cobardía miserable del que busca complicidad para no encontrar confrontación. Así construyó nuestra relación. Jamás se interesó por nuestras vidas, más que de un modo lateral. Preguntarnos por nosotros era ganarse el cariño de mi madre y por lo tanto, puntos intercambiables para conseguir más atención de ella. Mi hermano mayor le apreciaba, pero le dolía mi padre. A mí mi padre no me dolía, a mí me producía rencor, pero no me dolía como a mi hermano. Mi hermano sufría mi padre, yo tenía una guerra. Mis hermanas, sin embargo, notaban más su mando. Asumía que ellas eran una continuación de mi madre. Machista de libro, entendía que sus dos hijas eran la continuidad biológica y necesaria, sus futuras cuidadoras. El trato con ellas no difería del que tenía con mi madre. La mayor era la mayor víctima de su carácter, la pequeña se había escabullido con habilidad entre la maraña de relaciones de sus hermanos mayores. Cuando mi padre se quiso dar cuenta, mi hermana pequeña ya era una adulta a punto de casarse, se le había escapado en sus narices. Mi hermana mayor sufrió, como nadie, esa crueldad invisible, casi inapreciable de mi padre. Frases oportunas en momentos precisos, cuchilladas que dejan marcas incurables en la piel. Si había una víctima absoluta de la bestialidad sutil de mi padre, era mi hermana mayor, que con dieciocho años se quedó embarazada, y siempre he creído que para huir. embarazarse era una fuga. Él la insultó y asumió el accidente de mi hermana como una ofensa, como un insulto y él, sin gritar, si levantar la voz, la insultó delante de todos, de camino a la iglesia, en ese día que a mi hermana la obligaron a casarse con aquel muchacho despistado.

 Yo crecí, me fui construyendo un mundo. Yo fui hábil. Me casé con una rubia de clase media alta. Un triunfo frente a mi padre. Fui el primero de mis hermanos con casa propia. Trabajaba con un sueldo medio y completaba mis ganancias con artículos en revistas menores. Yo escribía bien. Mi estilo era culto, mucho más culto que cualquier cosa que hubiera leído mi padre. Algunos sábados, iba a comer con mi mujer a casa de mis padres y llevaba los artículos para que los leyeran mis hermanos, mis padres. Él nunca los leía, decía que no me entendía, que porque no hacía textos más sencillos, sin tantos recovecos. Y cada vez que me lo decía, yo los iba complicando más. Me gustaba encontrar palabras cultas, llenar el texto de subordinadas, de frases repletas de palabras contundentes. En realidad mi estilo fue creciendo en esa dirección. Mi padre nunca volvió a intentar leer mis artículos. En casa, mis hermanos, mi madre, veían que yo me iba introduciendo en la vida cultural de la ciudad, les contaba las anécdotas de ese mundo imposible para ellos. Yo habitaba en una fantasía. Mi relación fue turbia. Mi pareja no atendía la relación con cuidado, le nacimiento de nuestras hijas nos distanciaron en vez de unirnos. Ella fue torpe en el desarrollo de las niñas, yo intentaba hacerlas crecer, hubiera deseado unas chicas con desarrollo culto. Que se interesaran por palabras amplias, precisas, por el esfuerzo y el crecimiento. Me divorcié. Mi divorcio fue durísimo. Yo llevaba una época enganchado a la noche. Salía mucho y llegaba tarde a casa. Viajaba a exposiciones y escribía sobre ellas. Mi pareja me parecía aburrido con respecto a ese mundo nocturno delicioso. Los fines de semana me parecían un trámite, debía estar con ellas para esperar la semana y volver a los viajes, al apasionante mundo en el que estaba entrando. Ella, cruel, se reencontró con un exnovio. Me lo contó. La insulté. Me decepcionó su desplante, su humillación. No dejé de salir. Viví con frenesí. Conocí locales tremendos, escondidos en cuestas, en calles pequeñas. Conocí vendedores de cocaína que coleccionaban pieza de arte. Artistas despiadados, capitalistas. Emprendedoras ninfómanas. Mientras, en casa, mi relación se desmoronaba. Me llamaban del colegio, la directora se preocupaba por como la mayor manejaba el divorcio de sus padres. Yo conocí artistas de culto, galerías con colecciones supremas, galeristas enganchados a las anfetaminas, gente a la que seduje con mi verbo. Mi vida, objetivamente, me parecía interesante. Un día mi pareja había cambiado la cerradura, no pude entrar. La grité, la escribí, pusimos abogados. Me obligaron a una pensión a mis hijas, me tuve que comprar una casa. La estructura social era cruel conmigo. Seguí saliendo de noche. Conseguí ir a una o dos fiestas por noche. Algunos fines de semana las niñas se quedaban en casa. Habían crecido. Con la mayor discutía. Cuando venía no ayudaba en casa. A todo le ponía peros. Su carácter era amargo. Comprendí que más que padre yo era un amigo. A veces las enseñaba mi vida nocturna. En cierta manera era mi premio a mi esfuerzo y debía mostrarselo. Esas fiestas divertidas, llenas de gente interesante. Con la mayor me dejé de hablar. Su carácter era duro. Era egoista. Sólo pensaba en ella. Si le dabas bien, si le quitabas mal. Pasaron los años, nunca nos reconciliamos.

 Anoche la vi en el entierro de mi padre. Me saludó con distancia. Luego me quedé mirando un rato el cuerpo inmóvil del viejo ahí. A mi hija la vi irse. Iba con un tipo de aspecto deplorable. Esperé que me dijera algo. Un perdón por su distancia. Por su modo de actuar conmigo. Pero estas generaciones son egoístas y orgullosas.

lunes, marzo 25, 2013

Los segundos del fotógrafo.

 El arte de la fotografía gira entero, ante la esencia absoluta de un momento preciso. El fotógrafo, además de ser un conocedor de los efectos de la luz, tiene en su haber, estar a tiempo en ese instante preciso. El fotógrafo detiene esa décima de segundo porque llegó a tiempo a ella, incluso se anticipó a ella. Vio venir ese momento, lo dedujo y lo esperó, no lo dejó escapar y lo atrapó: ese es su fin. Detener a tiempo lo que requería. Armonizar una imagen que parecía deshilachada, no unida. A su manera el fotógrafo, interpreta puede prever el orden preciso del universo, que empuja cada instante al siguiente instante. A Benoit, un fotógrafo menor la minuciosa preparación del encuadre le llevaba, a veces, a perder la posición idónea de ese elemento aleatorio que pasa por delante de la cámara y que le da a la foto el aire de frescura, de instantánea. Era común colocar el objetivo, ajustar el foco, en dirección a un puente sobre la autopista, por ejemplo, y que en esa preparación pasara de largo el único peatón en horas que hacía uso de ese puente de líneas rotundas, lo que hacía a la foto, claro, sin ese peatón, más pobre, menos instantánea. En el caso de Benoit, esa preparación minuciosa le llevaba, muchas veces, a perder ese elemento transitorio: el peatón, el pájaro, una luz precisa, una sombra que va rápido, un ciclista veloz, un corredor urbano. Esos protagonistas accidentales, parecían huir de la foto. Su obsesión por ello fue creciente. En cierta manera Benoit sentía que debía adelantarse, no ya sólo en la preparación de la foto, sino del tiempo. Sentía, debido a la gran cantidad de veces que por segundos se le escapaban, que había en la causalidad universal que iba ligeramente por delante de sus intenciones de fotógrafo. Su idea, entonces, era adelantarse, acomodar el tiempo, de manera que llegara segundos antes a cada lugar para tener esos segundos de más para tener al objeto aleatorio en el punto correcto a la hora de apretar el botón. Al principio comenzó a caminar más rápido. No sólo para ir a tomar fotos, no. Caminó rápido siempre, porque sentía que debía alcanzar ese punto donde todo se coordinase con sus fotos. Su explicación era que debía acomodarse a esos segundos previos en los que parecía que sucedía el encuadre perfecto. Su vida, por alguna razón inexplicable, sucedía más tarde, ese segundo y medio donde el peatón ya pasó, el ciclista se escapó del encuadre. Si corría permanentemente, si caminaba veloz, llegaría a coordinarse con la causalidad universal y esos segundos ya no se le escaparían. Cada día caminaba más rápido, porque ese primer remedio, no pareció dar resultados. Cada vez que iba a tomar una foto, todo seguía sucediendo un poco antes de lo que él pretendía, de lo que sus intenciones fotográficas requerían. Seguía, según su conclusión, por detrás del ciclo de las causas. Inevitablemente no estaba en el momento idóneo para tomar la foto. En esa creciente obsesión, el siguiente paso fue más contundente, más radical, más extremo. Sú intención, su propósito era llegar a alterar la velocidad de ese caos ordenado que es el universo para retrasarlo esos segundos que siempre necesitaba de más para sus fotos. Debía lograr, fuera como fuera, que cuando quisiera fotografiar ese avión atravesando una nube precisa, el avión esperara por el click de su cámara y no atravesara la nube mientras el aún giraba el foco con la mano derecha. Aquella tarde con la cámara en el puente de la autopista sur, decidió retrasar los ciclos universales. Cuando vio al peatón esporádico cruzar el puente antes de fotografiarlo, salió corriendo, se acercó hasta él y le detuvo sin contemplaciones: "espera unos segundos", el peatón, un chico joven, despistado, metido en la música que venía de sus auriculares, le miró, primero, con sorpresa, luego con desprecio. No dudó, le lanzó un puñetazo y siguió de largo. Nuestro fotógrafo se quedó tendido en el suelo, dolorido, mareado. Volvió a la cámara. Miró alrededor y comprendió que nada ni nadie, alteran las agujas del tiempo.

sábado, marzo 16, 2013

Extraños

 El vapor del agua hirviendo salía explosivo de la olla. La cocina se había humedecido y parecía traspirar, como si fuera la cocina la que sudara. El espectáculo aunque común, o no espectáculo, porque lo común,, lo cotidiano suelen ser antónimo de espectáculo,  me tenía, en ese momento fascinado. Esa transformación del agua m estaba resultando, de repente, hermosa, incomprensible: una extravagancia cósmica. Esa batalla de elementos, de gases, de temperaturas, dando como resultado una transformación tan exagerada, me produjeron una sensación de absoluto, abismal. ¿En qué clase de planeta vivimos? ¿Qué lugar del cosmos es este donde se producen estos eventos casi delirados? De repente sentí que éramos nosotros lo extraño, lo ajeno, la anormalidad en la infinidad universal. ¿Qué extraño secreto esconde nuestro planeta que permite y tiene las características para que se den estas transformaciones? Un vértigo me imantó, como si de repente, el lugar, todo lo que nos rodea, se tiñeran de una desbordante sensación de extrañeza. Esa amenaza subterreana que conlleva todo lo ajeno, lo extraño, lo  incomprensible. Lo anormal, el accidente, el misterio, de repente, me pareció que era esto, este lugar preciso, esta piedra navegando en la nada. Lo extraterrestre era lo regular, la tierra la anomalía. Entonces ese carácter anómalo, me pareció que me explicaba el detsino y la vida de los hombres: nos empeñamos en ser anómalos, porque es nuestra esencia existencial. Nosotros somos lo terrible, lo oscuro, lo indescifrable.

 Salí corriendo de allí. Aún no he encontrado donde parar.

lunes, marzo 11, 2013

Olor

 Los viajes colectivos en coche tienen más paradas que los viajes individuales. Entre otras cosas el ser humano orina a su antojo y no suele haber un exceso de coordinación en como cada uno llena se vejiga. También las apetencias son distinas. Algunos beben más agua y a otros se les abre el hambre de repente. Hay para quienes el final del viaje no es un urgencia y los hay que detestan ese trámite de carreteras para llegar a un destino. En cualquier caso la carretera es un limbo temporal, una transición que dura unas horas y se pierde para siempre. Las conversaciones en carretera son difusas y todo es transitorio, sin embargo, a mi entender, es hermoso. La vida debería suceder, permanentemente, en la carretera.

 Nos detuvimos en esa gasolinera porque algunos tenían hambre y otros sed y yo era el único que se orinaba. Aprovechamos para llenar el depósito y yo me metí en la tienda a comprar las diferentes necesidades y caprichos: unas galletas de limón, unas patatas con sabor a vinagre, una botella de agua grande y un par de refrescos sin gas. Salí del baño despistado. Perdí algunos segundos entre las estanterías, no encontraba ese paquete de galletas rellenas de limón. Miré de lado el titular disparatado de uno de los periódicos deportivos y caminé hasta la caja. De repente, sin aviso, sin esperarlo; ahí, en esa gasolinera perdida en mitad de la meseta, recibí de golpe, como una tormenta violenta, como un ataque premeditado contra un indefenso, el olor, el perfume de la primera chica de la que me enamoré en mi vida. Esa fragancia forzada de perfume de adolescente, ese recoveco de piel y producto. Una esencia extraña y dulzona que me golpeó como un zurdazo violentísimo al hígado. Allí estaba de repente, a modo de retroproyector, las imágenes precisas de un cuerpo casi olvidado, las esquinas de un cuerpo remoto ya, difícil de reconstruir en la memoria. Allí estaba un susurro, una curvatura cercana a una cadera ligera, un color de piel y un tacto lejano. Un mareo que venía de la mujer que pagaba delante de mi, que por décimas de segundo no era ella sino aquella chica remota que vaya uno a saber dónde está ahora. Un mareo, un viaje temporal, un empujón al vacío. Una borrachera total. LA mujer pagó. Giró y apenas pude ver un perfil. Evidentemente no era ella. Demasiados años y demasiados kilómetros nos separan. El olor quedó remoloneando por ahí. Pagué desconcentrado en mi tarea. Volví al coche donde me esperaban con el motor ya en marcha. Abrí la puerta y entré. Hablaban de la previsión del tiempo para los siguientes días. Alguien dijo que no volvería a llover.

sábado, marzo 09, 2013

Los tiempos

 Perdió la esperanza de recuperar aquella forma de vida que durante un tiempo fue la vida idónea, la vida ideal. Pero esa perdida de esperanza no conllevó tristeza o melancolía. En su caso, el paraíso perdido no hacía herida, era un lugar brumoso, vaporoso, en la memoria. Con el tiempo comprendió que la vida, o que al menos para él la vida, se comprendía de espacios diversos en los que se iba entrando. Cabinas sin límites claros que iban pasando, como las borrascas, como el movimiento de presiones o mas mareas. Uno estaba ubicado en un movimiento, en una corriente submarina y era empujado por esa invisibilidad; luego, tiempo después, producto de todos esos movimientos, terminaba en otro espacio, en otras borrascas, en otras corrientes: poco más se podía hacer. Así que asumió que aquella época de cierto esplendor, y por esplendor entendía un tiempo en el que había ligereza, no euforias y frenesí, no era más que una ubicación temporal consecuencia de un millón de movimientos ajenos a él. En cierta manera, su pensamiento era: uno no vive, es empujado a vivir. Uno es el hueco de espacio que dejan la suma de espacios de los demás.  Asumido el fin de una era de liviandades, de despreocupaciones, se vio metido en ciclos más convulsos. Se dejaba arrastrar, era empujado a encuentros más turbios, más cargados. Todo tiempo, lo vivía como una transición pausada a otra cosa. Quizá por eso, por no añorar enfermizamente un pasado ligero, ni por dramatizar ante la convulsión de los nuevos tiempos, vivió sin aspavientos, pero con inteligencia. Fue, de un modo más real que ideal, feliz.

viernes, marzo 08, 2013

Familias

 Los tres hermanos nacieron con una diferencia de año y medio con respecto al anterior. Las dos mayores eran chicas, el pequeño era el chico. Hermanos de principios del siglo veinte, incrustados en las montañas bajas del norte, en uno de esos pueblos minúsculos, de habitantes silenciosos y ermitaños, de casas tremendas y robustas, casi como una emulación de cuevas milenarias, sin ni un sólo resquicio de exceso, epicentros paradigmáticos de la austeridad absoluta. Ni un adorno, ni un mínimo gasto de más. Casas basadas en la filosofía absoluta del ahorro, del temor al derroche. Casas donde huele a la madera húmeda y robusta del suelo y de las vigas, donde las pisadas resuenan como una percusión metafórica del tiempo. No hay huellas al caminar por esos suelos que a su vez son el techo del gallinero y del pajar, hay un crujido fantasmal, por eso quizá los mayores se sientan en las sillas y apenas se mueven, por si no quisieran despertar esos ecos del tiempo que habitan en la madera y los niños jamás deambulan por casa, se entremezclan a veces con las gallinas y  a veces con la piedra incrustada en la arena del camino que anuncia, un poco más allá, la entrada a un pueblo al que nunca va nadie. Allí nacieron y allí aprendieron el silencio o el susurro, aprendieron de la tierra, los ciclos de la tierra, ese lenguaje absoluto. Aprendieron a cosechar, el ahorro, la cautela y la desconfianza. También aprendieron de la humillación de aquellos bandoleros que entraron una madrugada de primavera, en los años de guerra y les propinaron dolor, venganza y gritos en el suelo de piedra de la plaza de la fuente. Luego se fueron. La mayor luchó en los mercados y abastos de la capital por empujar su negocio de embutidos adelante. La mediana se enclaustró en un convento y se entregó a la oración, al celibato, la pobreza y la castidad. El pequeño, aventurero o huidizo, se largó a Australia, del que sólo conocía el nombre y el cliché de los canguros.

 La mayor aprendió a regatear con los mayoristas, a pelear con empleados y a empujar adelante una economía familiar. Sus dos hijos representaban el cambio de generación: crecieron en barrios periféricos y jugaban con nuevos artilugios. Escuchaban músicas lejanas y ruidosas. Comprendió que en la hostilidad el negocio se hacía más fructifero. La desconfianza era su modus vivendi. El marido, un tipo sosegado y pícaro, dejaba pasar los días sabiendo de antemano que en sus manos no iba el futuro familiar. Jugador de cartas y fumador compulsivo, se dejaba llevar por el entrecejo apretado de su mujer. A los hijos los trataba con cariño y distancia, como si un muro, una pared o una dimensión infranqueable les separara. Les miraba crecer, les observaba con objetividad, conocía las carencias, debilidades y fortalezas de cada uno. Sabía que el pequeño era como la madre; sabía que el mayor, como él, era obsesivo y despistado. Hubiera podido trazar con precisión el camino vital de cada uno, pero murió cuando estos aún eran muy jóvenes.

 La mediana vivía en el convento por fe, pero su fe no abrasaba. Su fe era de otro tipo. En cierta forma lo que le atraía o en lo que creía era en esa austeridad del silencio. No se planteaba la existencia. Para ella, en realidad, esa forma de vida escondía un ideal, una utopía. Había, más allá de un pensamiento consciente, una forma de anarquía en ella. Por supuesto, en su viaje del pueblo remoto de montaña hasta el convento nada había leído de los anarquistas, ni siquiera de política. Su anarquía era absoluta. No le interesaban las enormes capas de defectos del rumbo de la sociedad. El ruido, el crecimiento y la hostilidad le resultaban intolerables. Ese modo ofensivo y disparatado del mundo urbano le parecía una aberración. El convento proporcionaba un trato con el otro que a ella le resultaba idoneo. El respeto, la responsabilidad en la relación con el otro, el saber que el espacio que uno ocupa es lo que altera el mundo. Para ella el hombre, cada habitante de la tierra, cada día ocupaba más espacio. Su ideal, su utopía consistía en desocupar radicalmente. Además caminaba infatigablemente. Sus sobrinos encontraban en ella, una complicidad incuestionable cuando se encontraban los meses de verano en el pueblo.

 El pequeño se fue a Australia sin más. Como el que lanza un dado y sale tres. Fundó una familia. Olvidó lentamente el viejo país. A veces, cada muchos meses, quizá años, escribía una carta a sus hermanas. Les hablaba de paisajes y de gentes. En su manera de escribir se adivinaba una vida remota, incomprensible para las hermanas que asumieron la distancia, la lejanía, como el que asume que un par de galaxias más allá, hay unos tipos que se parecen enormemente a nosotros, pero que varían, ligeramente en algunos rasgos físicos. El hermano menor era un ente, un concepto de nuevo mundo. Se supo que fundó una familia. Que vivía en una ciudad creciente, de grandes edificios y de veranos cálidos. Que aquellos muchachos crecieron hablando otro idioma y que a veces mostraban curiosidad por ese otro lado del espejo donde habitaban ellas.

miércoles, marzo 06, 2013

Dedicatorias invisibles

 Empezó con un pinchazo agudo a la altura del abdomen. Un dolor como de aguja larga, así se lo describió al médico de urgencias que le atendió de madrugada en medio de un ajetreo inconcebible, para quien no habita el mundo de hospitales, a las tres de la mañana. Le ingresaron en planta al amanecer, después de realizarle varias pruebas y repleto de calmantes por las venas del cuerpo. En un estado sedoso, casi acuoso, pensó que la estancia en el hospital paraba la gira, pero le proporcionaba un descanso que parecía necesario. Durmió varias horas. Cuando abrió los ojos en la habitación estaba el bajista, su mejor amigo, un compañero existencial, ese tipo de compañeros con el que ya no se comparten grandes emociones o momentos épicos, sino que se comparte lo invisible, lo inaudible, lo que nos define. Estaba ahí, sentado, medio dormido en esa butaca azulada entre la ventana y su cama. Se miraron sin aspavientos:

.- He escrito en twitter que cancelamos la gira- dijo su gordo amigo

.- Qué putada.

.- Bueno, ahora no te preocupes por eso.

 Se quedó colgado un silencio leve. Como si los dos quisieran dormirse de nuevo. Durante unos minutos no hablaron, el compañero de habitación, un viejo que parecía sordo, miraba la televisión sin volumen. Los dos se quedaron mirando las imágenes mudas como el que mira una fogata. Luego él, con tono cansado, le habló de la noche en urgencias. Una descripción fugaz y con poco detalle de las pruebas que le habían hecho y del diagnóstico. Su amigo escuchaba con su habitual calma, pero escondiendo un gesto de preocupación tras la mano que apoyaba en las mejillas.

.- Será un trance rápido-concluyó con un tono casi inaudible. Como si las frecuencias graves del bajo, se hubieran colado en su modo de expresarse. Luego volvieron a mirar la televisión y se quedaron dormidos.

 Los siguientes días fueron repetidos, casi identicos. Los hospitales homogeinizan los días hasta el delirio. Eliminan los matices que separan unos días de otros. Nada varió en las nuevas rutinas hasta el día de la operación. Su amigo venía cada día, traía algo de literatura y música para hacer las horas vacías más llevaderas. Se acostumbró a hablar poco o a no hablar. Las conversaciones con su amigo se movían en leves variaciones del silencio. Como si nada hubiera que aportar a lo que estaba sucediendo. La operación fue larga, pesada. Le sorprendió los efectos de anestesia y de los calmantes del dolor. Le trasladaron a un estado aereo. Soñaba exageradamente y la realidad no difería mucho del entresueño. Su amigo asumió con una soltura inimaginable y muy natural un rol casi de enfermero. Le ayudaba en la parte física, le acercaba la bandeja para comer, se preocupaba de la medicación y llamaba a enfermería cuando él daba alguna muestra de dolor o molestia prologada, pero su modo de actuar estaba teñido, siempre, de ese sosiego tan característico de su personalidad.

 La recuperación fue larga o se le hizo larga. Cada día mejoraba, pero mejoraba inapreciablemente, sólo al paso de la semana comprendió que había evolucionado. Su amigo se encargó de la parte burocrática del grupo. La relación con los agentes de comunicación y management siempre la había llevado él, pero esta vez su amigo resolvió todo el conflicto y para sorpresa de él, lo resolvió con una eficacia abrumadora. Todo lo que acontecía le hacía pensar en el grupo, en ese proyecto en el que el duo llevaba sumido desde la adolescencia. Un proyecto con un fuerte carácter independiente, alejado de los grandes circuitos, pero rodeados de un gran respeto por un publico fiel y una crítica que hablaba con enorme respeto de una carrera basada en la honestidad y en la naturalidad absoluta. En cierta manera su música y el modo en que ellos habían manejado esa carrera llevaba impregnada el halo de ese misterio hermoso y real que envuelve a la gente sin artificios.

 Cuando le dieron el alta, pasó varias semanas de reposo en casa. En esa pequeña ciudad donde habían nacido y donde vivían en esos periodos que iban entre grabación de disco y gira. Los días en casa pasaban extraños. Le gustaba esa calma que se había instalado en todo. Se miraba en el espejo y comprendía los efectos de la edad. Cada vez más cerca de los sesenta, pero con ese aspecto y esa vestimenta de muchacho. Era inevitable percibir el principio del fin del ciclo de ciclos. La operación, los días de hospital marcaban la entrada a uno de los últimos ciclos. Era inevitable caer en un cierto existencialismo; pero no un existencialismo desde la angustia o el temor, era un existencialismo desde la calma y desde el que asume la naturalidad de los ciclos. Las tardes, no por que se hubiera marcado un horario, pues jamás había sido metódico en la música, las pasaba tocando cosas nuevas, escribiendo letras y encontrando algunos acordes pausados, acogedores. Unos acordes que le recogían, que funcionaban casi como sedante o que producían efectos parecidos a los sedantes del postoperatorio.

 Grabaron con un batería joven. Viajaron a una casa de montaña en la sierra del sur. La casa estaba aislada, era grande y tenía una cristalera en el salón que dejaba ver un paisaje otoñal, admirable y precioso. En ese salón instalaron el equipo. En dos semanas habían grabado el disco. Sencillo, relajado, otoñal y pastoral en los juegos de voces. Lo publicaron en su propia discográfica.

 Jamás lo confesó. Buscó otros argumentos para las entrevistas de la promoción. Argumentaban la calma de los días. El sosiego de la madurez, pero más allá de todo eso, cada letra, cada nota de ese disco, para él significaban un profundo y sentido homenaje a su amigo. Jamás se lo confesó, porque en ese terreno se movía su amistad, pero aquel disco era una dedicatoria a su compañero.

lunes, marzo 04, 2013

Imposible

 Pasaba desapercibido hasta a él mismo. Solía confesar, sin que nadie le escuchase, que a veces pasaba por delante de espejos o reflejos de escaparates y no se encontraba, no se veía. Como si le hubiera sido negado el don vulgar y común de reflejarse. Cierto que tampoco se buscaba en exceso, pero "uno siempre quiere verse caminando. Es una cuestión de comprobar tu estilo" argumentaba. No dejaba huella en los otros y si hubiéramos indagado, cosa que tampoco nos interesaba, seguramente habríamos descubierto que sus pisadas no dejaban marcas en la arena ni en el barro. Ese tipo no trascendía nada, ni siquiera en la más minuciosa teoría del caos: su aleteo al caminar no habría producido ninguna consecuencia, no participaba en la causalidad cósmica. No podríamos biografiar su vida porque nada se sabe de ella, nada dejó en la memoria de los otros, salvo ahora que recordamos que no recordamos nada, salvo su permanente ausencia y su insignificancia. No era mediocre, los mediocres trascienden (o trascendemos) en su (nuestra) mediocridad. No era invisible: recuérdese que hasta el hombre invisible tiene su cómic y varios films. Habitaba, completaba las estadísticas del paro y del censo de la población, de las encuestas previas a las elecciones, porque supone uno que votaba o se abstenía, que formaba parte de estadísticas de los periódicos tendenciosos. No sabemos nada más que ese espacio que ocupaba, un lugar y un tiempo. Supone uno que en el río, al agacharse a beber lo único que veía era el flujo de corrientes, los peces en el claro del río, jamás su propio reflejo, lo opuesto de Narciso. No sabemos donde vivía, donde trabajaba si es que trabajaba, dónde jugó en la infancia, sus ídolos y sus odios. A quién iban destinados sus rencores. Pasaba de largo. Pasó de largo una vida entera sin ser visto. ¿Cómo fue su nacimiento? ¿Cómo fue envejeciendo? ¿Qué hubo de sus sentimientos? ¿Alguna foto? No encontramos rastro porque sabemos que  no hubo rastro, porque sabemos que si existió no existió, porque fue irreal; porque sabemos, claro que sabemos, lo sabemos de sobra, que no existió, que el hombre intrascendente no habitó, porque ningún hombre es intrascendente, todo ser que existe deja huella, se acomoda perfectamente en la rueda total, hace girar y es girado. No dejó huella nuestro hombre intrascendente porque es imposible su intrascendencia: no existió.

domingo, marzo 03, 2013

Juicio

 Olía a producto químico brutalmente, extremamente. A esa pretensión terrible de los productos de limpieza que emulan un paraíso y te llevan al infierno, porque el infierno debe oler a producto químico, no a mierda o a quemado o a cenizas. El infierno debe oler a cloro con esencia de fresa o a amoniaco, pero mucho amoniaco, amoniaco a cataratas. En ese punto irrespirable que esconde todo producto de limpieza cuando es usado en extremo, cuando se abusa de su poder. Olía así, debían de haber pasado la fregona tres minutos antes y el suelo reventaba ese olor en la oscuridad de la capilla. Una capilla de materiales modernos, incrustada en edificios de los años setenta. Ubicada en esa zona de la ciudad que por la noche es un hervidero de alcohol y cocaína. Yo desconocía esa pequeña iglesia de los sótanos, y si me hubieran preguntado el único sitio de la ciudad donde no existiría jamás una iglesia hubiera contestado que en los sótanos no cabía posibilidad de introducir el legado de Cristo. Sin embargo, cuando aquella tarde bajé las escaleras de los sótanos y pasé por puertas de garitos infectos con nombres detestables (El unicornio salvaje, Lolita underground, El loco) pensé que en realidad el mejor sitio o el escenario idóneo de un católico extremo para predicar la palabra del señor sería en el epicentro del vicio y la nocturnidad de la ciudad. Crucé la puerta. Un mendigo polaco sentado en unos cartones alzó la mano con cara de penitencia, luego susurró algo incomprensible. Al fondo vi la cruz iluminada con intención, la iglesia estaba sumida en una oscuridad rotunda, unas mujeres rezaban sigilosamente en las bancas del lado izquierdo. Busqué al párroco en la puerta que me habían indicado. Toqué. Esperé unos segundos que me parecieron excesivos. Volví a tocar. Un hombre de canas abrió la puerta y me  invitó a pasar con un gesto solemne. Hay curas que practican permanentemente el perdón de los pecados. Como si ese poder del perdón que han adquirido en la nada, les fuera transferido a todos los apartados de su vida. Perdonan a cada segundo, perdonan a todos, a todo, más allá de donde tiene cabida su perdón. En realidad son perdonadores radicales, extremos. Perdonan a las mujeres que van a rezar cada tarde a la iglesia con devoción, perdonan al vagabundo que pide en la puerta, pero van más allá: perdonan a los conductores de autobús, a los padres, a los jóvenes, perdonan a los drogadictos, perdonan a los políticos, perdonan a las putas, a los maltratadores, a los xenófobos, a los maricones, a los violadores, a los desalmados, a los infanticidas, a los viciosos, a los retorcidos, perdonan al perverso, al ignorante. Perdonan demasiado, porque asumen que tienen el poder del perdón. Son adictos a perdonar. Son condescendientes hasta el delirio. "Pobres pecadores que viven en la línea del error permanente. Ajenos a la verdad" y perdonan, perdonan porque el otro, todos, desconocen el enigma y la razón, la verdad absoluta. Me senté donde indicó: una silla negra frente a su silla, en un despacho que también olía en exceso a cloro y amoniaco y algo de naftalina. Alguien revelará algún día que los curas son adictos a la naftalina y comprenderemos toda su verdad, toda la dimensión de su razón. El olor me mareaba, incluso me hacía llorar levemente los ojos. El infierno debe oler así, volví a pensar y estuve a punto de comunicarle mi reflexión al párroco. El párroco entonces comenzó a narrarme el previo al accidente, los caminos inescrutables que decide el señor que tomemos. Yo no escuchaba, yo olía. Sólo podía oler esa orgía de amoniaco; como si todo el amoniaco del mundo hubiera sido esparcido por los suelos de esa iglesia. El infierno debe oler así, pensaba. El infierno no puede ser lo otro, una llama permanente, un lugar lleno de putas y en fiesta, eso no es el infierno: eso son los sótanos, los bares de los sótanos. El infierno debe ser aburrido y huele a amoniaco. El infierno es una tortura de amoniaco. Una habitación dimita infectada de amoniaco. Me limpié una lágrima que caía invisiblemente, una lagrima que en mi mente también olía a amoniaco. El padre hablaba del despiste que tuvo al girar, la falta de precaución que tuvo en ese giro, que no vio la flecha, que no vio el paso de cebra, que iba pensando en los tiempos, en la crisis, rezando por los seres humanos, preocupado ante la falta de valores, que no vio, no se percató y no me vio salir , no se dio cuenta, que quizá yo tampoco iba concentrado. Que los peatones asumen los pasos de cebra como una verdad absoluta, que no me culpa, pero que yo también lo pude haber evitado. Que el iba concentrado en su espiritualidad.  Yo le miré como pude, tratando de deshacerme de la confusión del amoniaco. No llegamos a ningún acuerdo. La siguiente vez que nos vimos fue en el juicio. No era el final, fue un juicio ordinario en los tribunales de la zona norte. El Padre salió culpable y le pusieron una penitencia. A mi me costó dos meses recuperar movilidad en la pierna izquierda y perdí, para siempre, los atributos de mi bicicleta que quedó enterrada en chatarra en un desguace de la carretera del sur.

Primavera

  La cadencia del invierno resultó agotadora. Entró despacio, como si los grados en la temperatura fueran decayendo a ritmo mortecino y duro mucho. No fue de un frío permanentemente duro, pero hacía frío siempre y llovía y nevaba con frecuencia; y la sensación era de que aquel invierno jamás iba a terminar. Y sin embargo, terminó. Terminó de golpe. Un día apareció el sol con un montón de grados a la espalda. Por la ventana de casa entró una luz nueva, una novedad que estalla de repente, a las diez de  la mañana. Abrí la ventana, entró una brisa que anunciaba la primavera y ese olor, esa brisa, esa sensación repentina de primavera resultaban abrumadoras, sobrecogedoras, casi orgásmicas. Salí a la calle con ligereza. El sol y la buena temperatura te entremezclan con precisión con la ciudad. En invierno todo está ajeno, nada es o en nada pareces estar, como si de todo te separara una capa invisible. Con el calor perteneces a las cosas, estás inserto en la ciudad como parte de ella, convives con todos los peatones de las aceras. Caminé durante horas. Sentía que una etapa prologada y cansada acababa en mi vida. En cierta manera llevaba meses flotando sobre un limbo extraño, descolocado de todo. Si miraba hacia atrás, los meses, quizá el último año, eran una sucesión de brumas inconcretas, un montón de leves nadas en las que había habitado como si el único hueco existencial para mi hubiera sido un no espacio, un no lugar espacial en el que nada sucedía salvo los ciclos biológicos. El Sol que presentaba con furor la primavera me devolvieron un ritmo o una presencia, como si de repente hubiera revivido o hubiera parado una pausa extensisima. Llegué a la zona del río. Unos muchachos jugaban con una cometa, la cometa en un momento se desprendió de las manos de uno de sus manipuladores y se perdió lentamente en el cielo azulado y primaveral. Uno de los niños la perseguía desde abajo, como si fuera a correr hasta que la cometa, ajena a su persecución, cayera al suelo en algún punto lejano de la ciudad. Me quedé un buen rato viendo como aquella cometa se perdía, resultaba francamente hermoso verla bailar ahí arriba,  como si hubiera alcanzado una forma de liberación absoluta, una liberación por otro lado que la perdería en alguna esquina remota de la ciudad, que la terminaría llevando a algún punto de la periferia, a las ramas de un árbol, al asfalto de una de las autopistas de acceso, en la azotea de un edificio. Allí caería, lejos del río, lejos de donde fue un juego inocente.  Cuando dejé de verla volví la mirada al suelo y vi que los niños se iban, como si la fuga de la cometa hubiera acabado con el juego.  El río, me pareció que iba cargado de agua, a unos niveles elevados, unos patos urbanos pasaban dejándose arrastrar por la corriente. Un barco con turistas pasó, desde allí una niña me saludó y respondí al saludo con euforia. Como si la simpatía de la ciudad hacia esa niña dependiera del modo en que respondiera ese saludo. El barco siguió y creí haber resuelto bien mi cometido. En una de las cafeterías con terraza me senté a tomar una cerveza. Cuando me cobraron me pareció muy cara, pero la saboreé con mucho placer. Hay cervezas que parecen contener el elixir de la felicidad. No sé como o no recuerdo exactamente como se siguió sucediendo el dia, pero en cierta forma ese día me reconcilié con algo, no sé exactamente con qué. Como si durante una época hubiera estado distanciado de mi mismo y ese día se hubieran acabado las rencillas, de un modo amable, ligero. Sin aspavientos. Por la pura aparición de la primavera.

sábado, marzo 02, 2013

La plaza de Chueca en presente continuo

 Una mujer elegante, de mediana edad, caminando con decisión hacia adelante, sale del metro hacia Gravina. Camina mirando al frente, como si hubiera algo más allá, en la calle San Gregorio. Pasa junto a las sillas de todas las terrazas de los bares, coincide a su paso con el camarero de la Taberna Angel Sierra, un camarero moreno, que siempre he creído que es venezolano, que lleva la bandeja repleta de cañas y un par de platillos de aceitunas. La mujer gira a la izquierda y se pierde por Gravina hacia arriba, donde la vista del microcosmos de la plaza no alcanza a ver. El Camarero que siempre creí venezolano, coloca con precisión las cervezas en una mesa donde un grupo de siete personas dialogan entrecruzados. Hay cuatro chicas y tres chicos, todos han pedido cerveza. Cuando el camarero que creo venezolano termina de colocar las cervezas, hace el gesto, que ya le conozco de cobrar. Se forma ese batiburrillo siempre confuso y torpe de cuando un grupo de siete personas tienen que pagar una cuenta en común: alguien hace la cuenta veloz, alguien pone más de la cuenta, alguien sólo tiene un billete de cincuenta y al final, en un proceso inescrutable, la cuenta queda pagada. Una de las chicas que conversa despistadamente con uno de los chicos, mira hacia uno de los balcones de enfrente. Una chica lanza con una cuerda, una bolsa a una chica que está abajo. La chica desde la mesa queda hipnotizada porque siempre es hipnótico esa comunicación primitiva de bolsa y cuerda por un balcón a alguien que está abajo. La chica del balcón ríe a carcajadas, la de abajo espera sonriendo, en ese momento, las dos, ya saben que buena parte de la plaza está mirándolas. Finalmente la bolsa llega a abajo, la chica que esperaba la bolsa lanza un beso a la del balcón y se va hacia Augusto Figueroa con paso alegre. La chica del balcón se queda unos segundos viéndola ir, finalmente se mete y cierra la puerta del balcón. La chica de la bolsa pasa por delante de la tienda Orange y la frutería. En la puerta de la frutería una niña juega con una moto de plástico. Da vueltas en círculo y habla sola, como si llevara un copiloto invisible detrás. La niña hace círculos cada vez más amplios y comienza a juguetear con el perro de uno de los borrachos habituales de la plaza. EL borracho está charlando con otro de los borrachos habituales pero no le pierde ojo a su perro, hay durante una fracción incalculable de tiempo, un gesto de ternura en el borracho cuando ve a la niña jugueteando con el perro, luego vuelve a su conversación, el otro borracho habla muy alto, habla de alguien que le ha traicionado o que prometió algo que no cumplió, el borracho del perro le escucha más pendiente del perro que del otro borracho. El perro, de repente, ladra. Una pareja camina con su perro, limpio, blanco, y se cruzan. Los dos perros se miran y es el perro del borracho el que ha ladrado. El otro perro camina junto a su dueños, los tres tienen un aire de cierta soberbia al andar. Todo el cruce se resume a eso, el perro del borracho al no obtener reacción vuelve a mirar al suelo, hay algo con lo que juguetea. El otro perro camina firme junto a sus dueños que cruzan la plaza viniendo de Augusto Figueroa hacia Gravina. En Gravina giran hacia la derecha y según desaparecen, aparece en ese mismo instante, lo que hace suponer que casi han debido chocarse en el lado de la esquina que no se ve desde la plaza, una chica con aspecto cuidadísimo, una melena contundente, una chaqueta oscura y unos pantalones estrechos. Lleva un bolso grande colgado del brazo derecho, las botas suenan a cada pisada en el suelo, como si marcara un ritmo vital, importante, definitivo. Pasa junto a la terraza de la heladería, dos chicos, sentados en una de las mesas, siguen sin perder detalle todo el paso de la chica. Sonrien y comentan. La chica camina hacia el metro y desciende las escaleras. Los dos chicos han comentado el paso de la chica, sin embargo, ahora ya hablan de otra cosa. Junto a su mesa, en la mesa de al lado, una pareja permanece callada, seria. Es fácil adivinar que acaban de discutir. El bebe con desgana, ella conserva el vaso entero, ha pedido por pedir. Él saca la cartera, pone dinero en el plato donde está la cuenta, se levanta y se va. Ella no mira o no mira los primeros segundos, cuando el chico está empezando a descender las escaleras del metro, la chica le mira incrédula y hace un gesto de indignación. Desde una mesa de la terraza del bar de al lado, dos chicas han estado pendientes de toda la escena, han seguido los pasos del chico hacia el metro y luego han estudiado con atención los gestos de ella ya sola en la mesa. Luego comentan, lentamente cambian de tema en su conversación. El camerero moreno, en ese momento, llega con dos cervezas y las cobra. Invita la más morena. El camarero moreno de la taberna Angel Sierra les da la vuelta y acude a la llamada de otra mesa. Soy yo que le pido otra cerveza. Durante media hora más sigo tratando de alcanzar la sensación de presente de toda la plaza, lo cual, evidentemente, es imposible. Cuando pienso eso, escucho, de nuevo, al perro del borracho ladrar.

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