sábado, marzo 30, 2013

Padre

 Mi padre no era muy creyente, pero terminó yendo a misa con una frecuencia abrumadora. Mi padre no era un tipo de fe. La fe requiere de empatía, una empatía extraña, pero requiere de empatía. Mi padre no empatizaba con nada. Nada sucedía emocionalmente más allá de sus apetencias. Mi padre iba a misa por precaución, como medida preventiva, por cubrirse las espaldas: "no vaya a ser que eso de Dios y de la religión sean verdad", a su manera él comprendía que yendo a misa con frecuencia, llegaría con las deudas saldadas si hubiera un hipotético cielo. La anécdota define a mi padre. La anécdota define a un egoísta. El sacrificio y la entrega de la religión, que en mi madre eran honestos y de una sinceridad apabullante, en mi padre no eran más que un por si acaso. Temiendo la posibilidad de una vida eterna, mi padre llevaría toda la burocracia terrenal resuelta, como si de un asunto ministerial se tratara. Yo no tengo fe, yo no creo en nada, salvo en mi, pero ese modo financiero en que mi padre asumía la religión me parecían de un miserable infinito. Mi padre era cruel, pero no por cruel, sino porque era incapaz de salir de su caparazón, de sus limitadas apetencias. En cierto modo mi padre era un primate. Todo su modus vivendi giraba entorno a sus torpes gustos y necesidades. Había construido una vida en la que ya sólo cabía mi madre, los demás éramos molestia e innecesarios, una barrera que en las visitas podríamos interrumpir su ritmo imparable de gustos: mi madre era su cocinera y su cuidadora, él a cambio no tenía demasiados detalles. No la ignoraba, pero sus toscas muestras de cariño tenían siempre un halo de intercambio. Mi padre jamás fue cariñoso con nosotros: sus hijos. Si podía, a veces, mostrar sentirse orgulloso, pero ese orgullo giraba entorno a él, nuestras virtudes eran una consecuencia de él, así lo entendía. Nuestros estudios, nuestros logros sociales, eran fruto de él, en cierto modo asumía que le pertenecían, eran su obra. Conmigo mantenía distancia y respeto, al fin y al cabo era el único que le levantaba la voz y le marcaba las distancias. como buen egoísta, mi padre era cobarde y su relación conmigo se basaba en esa cobardía miserable del que busca complicidad para no encontrar confrontación. Así construyó nuestra relación. Jamás se interesó por nuestras vidas, más que de un modo lateral. Preguntarnos por nosotros era ganarse el cariño de mi madre y por lo tanto, puntos intercambiables para conseguir más atención de ella. Mi hermano mayor le apreciaba, pero le dolía mi padre. A mí mi padre no me dolía, a mí me producía rencor, pero no me dolía como a mi hermano. Mi hermano sufría mi padre, yo tenía una guerra. Mis hermanas, sin embargo, notaban más su mando. Asumía que ellas eran una continuación de mi madre. Machista de libro, entendía que sus dos hijas eran la continuidad biológica y necesaria, sus futuras cuidadoras. El trato con ellas no difería del que tenía con mi madre. La mayor era la mayor víctima de su carácter, la pequeña se había escabullido con habilidad entre la maraña de relaciones de sus hermanos mayores. Cuando mi padre se quiso dar cuenta, mi hermana pequeña ya era una adulta a punto de casarse, se le había escapado en sus narices. Mi hermana mayor sufrió, como nadie, esa crueldad invisible, casi inapreciable de mi padre. Frases oportunas en momentos precisos, cuchilladas que dejan marcas incurables en la piel. Si había una víctima absoluta de la bestialidad sutil de mi padre, era mi hermana mayor, que con dieciocho años se quedó embarazada, y siempre he creído que para huir. embarazarse era una fuga. Él la insultó y asumió el accidente de mi hermana como una ofensa, como un insulto y él, sin gritar, si levantar la voz, la insultó delante de todos, de camino a la iglesia, en ese día que a mi hermana la obligaron a casarse con aquel muchacho despistado.

 Yo crecí, me fui construyendo un mundo. Yo fui hábil. Me casé con una rubia de clase media alta. Un triunfo frente a mi padre. Fui el primero de mis hermanos con casa propia. Trabajaba con un sueldo medio y completaba mis ganancias con artículos en revistas menores. Yo escribía bien. Mi estilo era culto, mucho más culto que cualquier cosa que hubiera leído mi padre. Algunos sábados, iba a comer con mi mujer a casa de mis padres y llevaba los artículos para que los leyeran mis hermanos, mis padres. Él nunca los leía, decía que no me entendía, que porque no hacía textos más sencillos, sin tantos recovecos. Y cada vez que me lo decía, yo los iba complicando más. Me gustaba encontrar palabras cultas, llenar el texto de subordinadas, de frases repletas de palabras contundentes. En realidad mi estilo fue creciendo en esa dirección. Mi padre nunca volvió a intentar leer mis artículos. En casa, mis hermanos, mi madre, veían que yo me iba introduciendo en la vida cultural de la ciudad, les contaba las anécdotas de ese mundo imposible para ellos. Yo habitaba en una fantasía. Mi relación fue turbia. Mi pareja no atendía la relación con cuidado, le nacimiento de nuestras hijas nos distanciaron en vez de unirnos. Ella fue torpe en el desarrollo de las niñas, yo intentaba hacerlas crecer, hubiera deseado unas chicas con desarrollo culto. Que se interesaran por palabras amplias, precisas, por el esfuerzo y el crecimiento. Me divorcié. Mi divorcio fue durísimo. Yo llevaba una época enganchado a la noche. Salía mucho y llegaba tarde a casa. Viajaba a exposiciones y escribía sobre ellas. Mi pareja me parecía aburrido con respecto a ese mundo nocturno delicioso. Los fines de semana me parecían un trámite, debía estar con ellas para esperar la semana y volver a los viajes, al apasionante mundo en el que estaba entrando. Ella, cruel, se reencontró con un exnovio. Me lo contó. La insulté. Me decepcionó su desplante, su humillación. No dejé de salir. Viví con frenesí. Conocí locales tremendos, escondidos en cuestas, en calles pequeñas. Conocí vendedores de cocaína que coleccionaban pieza de arte. Artistas despiadados, capitalistas. Emprendedoras ninfómanas. Mientras, en casa, mi relación se desmoronaba. Me llamaban del colegio, la directora se preocupaba por como la mayor manejaba el divorcio de sus padres. Yo conocí artistas de culto, galerías con colecciones supremas, galeristas enganchados a las anfetaminas, gente a la que seduje con mi verbo. Mi vida, objetivamente, me parecía interesante. Un día mi pareja había cambiado la cerradura, no pude entrar. La grité, la escribí, pusimos abogados. Me obligaron a una pensión a mis hijas, me tuve que comprar una casa. La estructura social era cruel conmigo. Seguí saliendo de noche. Conseguí ir a una o dos fiestas por noche. Algunos fines de semana las niñas se quedaban en casa. Habían crecido. Con la mayor discutía. Cuando venía no ayudaba en casa. A todo le ponía peros. Su carácter era amargo. Comprendí que más que padre yo era un amigo. A veces las enseñaba mi vida nocturna. En cierta manera era mi premio a mi esfuerzo y debía mostrarselo. Esas fiestas divertidas, llenas de gente interesante. Con la mayor me dejé de hablar. Su carácter era duro. Era egoista. Sólo pensaba en ella. Si le dabas bien, si le quitabas mal. Pasaron los años, nunca nos reconciliamos.

 Anoche la vi en el entierro de mi padre. Me saludó con distancia. Luego me quedé mirando un rato el cuerpo inmóvil del viejo ahí. A mi hija la vi irse. Iba con un tipo de aspecto deplorable. Esperé que me dijera algo. Un perdón por su distancia. Por su modo de actuar conmigo. Pero estas generaciones son egoístas y orgullosas.

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