miércoles, marzo 06, 2013

Dedicatorias invisibles

 Empezó con un pinchazo agudo a la altura del abdomen. Un dolor como de aguja larga, así se lo describió al médico de urgencias que le atendió de madrugada en medio de un ajetreo inconcebible, para quien no habita el mundo de hospitales, a las tres de la mañana. Le ingresaron en planta al amanecer, después de realizarle varias pruebas y repleto de calmantes por las venas del cuerpo. En un estado sedoso, casi acuoso, pensó que la estancia en el hospital paraba la gira, pero le proporcionaba un descanso que parecía necesario. Durmió varias horas. Cuando abrió los ojos en la habitación estaba el bajista, su mejor amigo, un compañero existencial, ese tipo de compañeros con el que ya no se comparten grandes emociones o momentos épicos, sino que se comparte lo invisible, lo inaudible, lo que nos define. Estaba ahí, sentado, medio dormido en esa butaca azulada entre la ventana y su cama. Se miraron sin aspavientos:

.- He escrito en twitter que cancelamos la gira- dijo su gordo amigo

.- Qué putada.

.- Bueno, ahora no te preocupes por eso.

 Se quedó colgado un silencio leve. Como si los dos quisieran dormirse de nuevo. Durante unos minutos no hablaron, el compañero de habitación, un viejo que parecía sordo, miraba la televisión sin volumen. Los dos se quedaron mirando las imágenes mudas como el que mira una fogata. Luego él, con tono cansado, le habló de la noche en urgencias. Una descripción fugaz y con poco detalle de las pruebas que le habían hecho y del diagnóstico. Su amigo escuchaba con su habitual calma, pero escondiendo un gesto de preocupación tras la mano que apoyaba en las mejillas.

.- Será un trance rápido-concluyó con un tono casi inaudible. Como si las frecuencias graves del bajo, se hubieran colado en su modo de expresarse. Luego volvieron a mirar la televisión y se quedaron dormidos.

 Los siguientes días fueron repetidos, casi identicos. Los hospitales homogeinizan los días hasta el delirio. Eliminan los matices que separan unos días de otros. Nada varió en las nuevas rutinas hasta el día de la operación. Su amigo venía cada día, traía algo de literatura y música para hacer las horas vacías más llevaderas. Se acostumbró a hablar poco o a no hablar. Las conversaciones con su amigo se movían en leves variaciones del silencio. Como si nada hubiera que aportar a lo que estaba sucediendo. La operación fue larga, pesada. Le sorprendió los efectos de anestesia y de los calmantes del dolor. Le trasladaron a un estado aereo. Soñaba exageradamente y la realidad no difería mucho del entresueño. Su amigo asumió con una soltura inimaginable y muy natural un rol casi de enfermero. Le ayudaba en la parte física, le acercaba la bandeja para comer, se preocupaba de la medicación y llamaba a enfermería cuando él daba alguna muestra de dolor o molestia prologada, pero su modo de actuar estaba teñido, siempre, de ese sosiego tan característico de su personalidad.

 La recuperación fue larga o se le hizo larga. Cada día mejoraba, pero mejoraba inapreciablemente, sólo al paso de la semana comprendió que había evolucionado. Su amigo se encargó de la parte burocrática del grupo. La relación con los agentes de comunicación y management siempre la había llevado él, pero esta vez su amigo resolvió todo el conflicto y para sorpresa de él, lo resolvió con una eficacia abrumadora. Todo lo que acontecía le hacía pensar en el grupo, en ese proyecto en el que el duo llevaba sumido desde la adolescencia. Un proyecto con un fuerte carácter independiente, alejado de los grandes circuitos, pero rodeados de un gran respeto por un publico fiel y una crítica que hablaba con enorme respeto de una carrera basada en la honestidad y en la naturalidad absoluta. En cierta manera su música y el modo en que ellos habían manejado esa carrera llevaba impregnada el halo de ese misterio hermoso y real que envuelve a la gente sin artificios.

 Cuando le dieron el alta, pasó varias semanas de reposo en casa. En esa pequeña ciudad donde habían nacido y donde vivían en esos periodos que iban entre grabación de disco y gira. Los días en casa pasaban extraños. Le gustaba esa calma que se había instalado en todo. Se miraba en el espejo y comprendía los efectos de la edad. Cada vez más cerca de los sesenta, pero con ese aspecto y esa vestimenta de muchacho. Era inevitable percibir el principio del fin del ciclo de ciclos. La operación, los días de hospital marcaban la entrada a uno de los últimos ciclos. Era inevitable caer en un cierto existencialismo; pero no un existencialismo desde la angustia o el temor, era un existencialismo desde la calma y desde el que asume la naturalidad de los ciclos. Las tardes, no por que se hubiera marcado un horario, pues jamás había sido metódico en la música, las pasaba tocando cosas nuevas, escribiendo letras y encontrando algunos acordes pausados, acogedores. Unos acordes que le recogían, que funcionaban casi como sedante o que producían efectos parecidos a los sedantes del postoperatorio.

 Grabaron con un batería joven. Viajaron a una casa de montaña en la sierra del sur. La casa estaba aislada, era grande y tenía una cristalera en el salón que dejaba ver un paisaje otoñal, admirable y precioso. En ese salón instalaron el equipo. En dos semanas habían grabado el disco. Sencillo, relajado, otoñal y pastoral en los juegos de voces. Lo publicaron en su propia discográfica.

 Jamás lo confesó. Buscó otros argumentos para las entrevistas de la promoción. Argumentaban la calma de los días. El sosiego de la madurez, pero más allá de todo eso, cada letra, cada nota de ese disco, para él significaban un profundo y sentido homenaje a su amigo. Jamás se lo confesó, porque en ese terreno se movía su amistad, pero aquel disco era una dedicatoria a su compañero.

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