viernes, marzo 08, 2013

Familias

 Los tres hermanos nacieron con una diferencia de año y medio con respecto al anterior. Las dos mayores eran chicas, el pequeño era el chico. Hermanos de principios del siglo veinte, incrustados en las montañas bajas del norte, en uno de esos pueblos minúsculos, de habitantes silenciosos y ermitaños, de casas tremendas y robustas, casi como una emulación de cuevas milenarias, sin ni un sólo resquicio de exceso, epicentros paradigmáticos de la austeridad absoluta. Ni un adorno, ni un mínimo gasto de más. Casas basadas en la filosofía absoluta del ahorro, del temor al derroche. Casas donde huele a la madera húmeda y robusta del suelo y de las vigas, donde las pisadas resuenan como una percusión metafórica del tiempo. No hay huellas al caminar por esos suelos que a su vez son el techo del gallinero y del pajar, hay un crujido fantasmal, por eso quizá los mayores se sientan en las sillas y apenas se mueven, por si no quisieran despertar esos ecos del tiempo que habitan en la madera y los niños jamás deambulan por casa, se entremezclan a veces con las gallinas y  a veces con la piedra incrustada en la arena del camino que anuncia, un poco más allá, la entrada a un pueblo al que nunca va nadie. Allí nacieron y allí aprendieron el silencio o el susurro, aprendieron de la tierra, los ciclos de la tierra, ese lenguaje absoluto. Aprendieron a cosechar, el ahorro, la cautela y la desconfianza. También aprendieron de la humillación de aquellos bandoleros que entraron una madrugada de primavera, en los años de guerra y les propinaron dolor, venganza y gritos en el suelo de piedra de la plaza de la fuente. Luego se fueron. La mayor luchó en los mercados y abastos de la capital por empujar su negocio de embutidos adelante. La mediana se enclaustró en un convento y se entregó a la oración, al celibato, la pobreza y la castidad. El pequeño, aventurero o huidizo, se largó a Australia, del que sólo conocía el nombre y el cliché de los canguros.

 La mayor aprendió a regatear con los mayoristas, a pelear con empleados y a empujar adelante una economía familiar. Sus dos hijos representaban el cambio de generación: crecieron en barrios periféricos y jugaban con nuevos artilugios. Escuchaban músicas lejanas y ruidosas. Comprendió que en la hostilidad el negocio se hacía más fructifero. La desconfianza era su modus vivendi. El marido, un tipo sosegado y pícaro, dejaba pasar los días sabiendo de antemano que en sus manos no iba el futuro familiar. Jugador de cartas y fumador compulsivo, se dejaba llevar por el entrecejo apretado de su mujer. A los hijos los trataba con cariño y distancia, como si un muro, una pared o una dimensión infranqueable les separara. Les miraba crecer, les observaba con objetividad, conocía las carencias, debilidades y fortalezas de cada uno. Sabía que el pequeño era como la madre; sabía que el mayor, como él, era obsesivo y despistado. Hubiera podido trazar con precisión el camino vital de cada uno, pero murió cuando estos aún eran muy jóvenes.

 La mediana vivía en el convento por fe, pero su fe no abrasaba. Su fe era de otro tipo. En cierta forma lo que le atraía o en lo que creía era en esa austeridad del silencio. No se planteaba la existencia. Para ella, en realidad, esa forma de vida escondía un ideal, una utopía. Había, más allá de un pensamiento consciente, una forma de anarquía en ella. Por supuesto, en su viaje del pueblo remoto de montaña hasta el convento nada había leído de los anarquistas, ni siquiera de política. Su anarquía era absoluta. No le interesaban las enormes capas de defectos del rumbo de la sociedad. El ruido, el crecimiento y la hostilidad le resultaban intolerables. Ese modo ofensivo y disparatado del mundo urbano le parecía una aberración. El convento proporcionaba un trato con el otro que a ella le resultaba idoneo. El respeto, la responsabilidad en la relación con el otro, el saber que el espacio que uno ocupa es lo que altera el mundo. Para ella el hombre, cada habitante de la tierra, cada día ocupaba más espacio. Su ideal, su utopía consistía en desocupar radicalmente. Además caminaba infatigablemente. Sus sobrinos encontraban en ella, una complicidad incuestionable cuando se encontraban los meses de verano en el pueblo.

 El pequeño se fue a Australia sin más. Como el que lanza un dado y sale tres. Fundó una familia. Olvidó lentamente el viejo país. A veces, cada muchos meses, quizá años, escribía una carta a sus hermanas. Les hablaba de paisajes y de gentes. En su manera de escribir se adivinaba una vida remota, incomprensible para las hermanas que asumieron la distancia, la lejanía, como el que asume que un par de galaxias más allá, hay unos tipos que se parecen enormemente a nosotros, pero que varían, ligeramente en algunos rasgos físicos. El hermano menor era un ente, un concepto de nuevo mundo. Se supo que fundó una familia. Que vivía en una ciudad creciente, de grandes edificios y de veranos cálidos. Que aquellos muchachos crecieron hablando otro idioma y que a veces mostraban curiosidad por ese otro lado del espejo donde habitaban ellas.

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