sábado, marzo 02, 2013

La plaza de Chueca en presente continuo

 Una mujer elegante, de mediana edad, caminando con decisión hacia adelante, sale del metro hacia Gravina. Camina mirando al frente, como si hubiera algo más allá, en la calle San Gregorio. Pasa junto a las sillas de todas las terrazas de los bares, coincide a su paso con el camarero de la Taberna Angel Sierra, un camarero moreno, que siempre he creído que es venezolano, que lleva la bandeja repleta de cañas y un par de platillos de aceitunas. La mujer gira a la izquierda y se pierde por Gravina hacia arriba, donde la vista del microcosmos de la plaza no alcanza a ver. El Camarero que siempre creí venezolano, coloca con precisión las cervezas en una mesa donde un grupo de siete personas dialogan entrecruzados. Hay cuatro chicas y tres chicos, todos han pedido cerveza. Cuando el camarero que creo venezolano termina de colocar las cervezas, hace el gesto, que ya le conozco de cobrar. Se forma ese batiburrillo siempre confuso y torpe de cuando un grupo de siete personas tienen que pagar una cuenta en común: alguien hace la cuenta veloz, alguien pone más de la cuenta, alguien sólo tiene un billete de cincuenta y al final, en un proceso inescrutable, la cuenta queda pagada. Una de las chicas que conversa despistadamente con uno de los chicos, mira hacia uno de los balcones de enfrente. Una chica lanza con una cuerda, una bolsa a una chica que está abajo. La chica desde la mesa queda hipnotizada porque siempre es hipnótico esa comunicación primitiva de bolsa y cuerda por un balcón a alguien que está abajo. La chica del balcón ríe a carcajadas, la de abajo espera sonriendo, en ese momento, las dos, ya saben que buena parte de la plaza está mirándolas. Finalmente la bolsa llega a abajo, la chica que esperaba la bolsa lanza un beso a la del balcón y se va hacia Augusto Figueroa con paso alegre. La chica del balcón se queda unos segundos viéndola ir, finalmente se mete y cierra la puerta del balcón. La chica de la bolsa pasa por delante de la tienda Orange y la frutería. En la puerta de la frutería una niña juega con una moto de plástico. Da vueltas en círculo y habla sola, como si llevara un copiloto invisible detrás. La niña hace círculos cada vez más amplios y comienza a juguetear con el perro de uno de los borrachos habituales de la plaza. EL borracho está charlando con otro de los borrachos habituales pero no le pierde ojo a su perro, hay durante una fracción incalculable de tiempo, un gesto de ternura en el borracho cuando ve a la niña jugueteando con el perro, luego vuelve a su conversación, el otro borracho habla muy alto, habla de alguien que le ha traicionado o que prometió algo que no cumplió, el borracho del perro le escucha más pendiente del perro que del otro borracho. El perro, de repente, ladra. Una pareja camina con su perro, limpio, blanco, y se cruzan. Los dos perros se miran y es el perro del borracho el que ha ladrado. El otro perro camina junto a su dueños, los tres tienen un aire de cierta soberbia al andar. Todo el cruce se resume a eso, el perro del borracho al no obtener reacción vuelve a mirar al suelo, hay algo con lo que juguetea. El otro perro camina firme junto a sus dueños que cruzan la plaza viniendo de Augusto Figueroa hacia Gravina. En Gravina giran hacia la derecha y según desaparecen, aparece en ese mismo instante, lo que hace suponer que casi han debido chocarse en el lado de la esquina que no se ve desde la plaza, una chica con aspecto cuidadísimo, una melena contundente, una chaqueta oscura y unos pantalones estrechos. Lleva un bolso grande colgado del brazo derecho, las botas suenan a cada pisada en el suelo, como si marcara un ritmo vital, importante, definitivo. Pasa junto a la terraza de la heladería, dos chicos, sentados en una de las mesas, siguen sin perder detalle todo el paso de la chica. Sonrien y comentan. La chica camina hacia el metro y desciende las escaleras. Los dos chicos han comentado el paso de la chica, sin embargo, ahora ya hablan de otra cosa. Junto a su mesa, en la mesa de al lado, una pareja permanece callada, seria. Es fácil adivinar que acaban de discutir. El bebe con desgana, ella conserva el vaso entero, ha pedido por pedir. Él saca la cartera, pone dinero en el plato donde está la cuenta, se levanta y se va. Ella no mira o no mira los primeros segundos, cuando el chico está empezando a descender las escaleras del metro, la chica le mira incrédula y hace un gesto de indignación. Desde una mesa de la terraza del bar de al lado, dos chicas han estado pendientes de toda la escena, han seguido los pasos del chico hacia el metro y luego han estudiado con atención los gestos de ella ya sola en la mesa. Luego comentan, lentamente cambian de tema en su conversación. El camerero moreno, en ese momento, llega con dos cervezas y las cobra. Invita la más morena. El camarero moreno de la taberna Angel Sierra les da la vuelta y acude a la llamada de otra mesa. Soy yo que le pido otra cerveza. Durante media hora más sigo tratando de alcanzar la sensación de presente de toda la plaza, lo cual, evidentemente, es imposible. Cuando pienso eso, escucho, de nuevo, al perro del borracho ladrar.

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