lunes, abril 02, 2012

Los espejos rotos

 Yo creo que era la pequeña, aunque nunca sea evidente quien es la pequeña en gemelas. Eran idénticas, espejos. No había un rasgo diferencial entre la una y la otra. No había un lunar delator o una marca de una caída de un columpio a los tres años. No había una huella que marcara a una la diferencia con la otra. Eran exactas, pero me enamoré de la pequeña. Podría haberme enamorado de la mayor y las cosas hubieran sido, seguramente, muy distintas, pero me enamoré de la pequeña. O no me enamoré, porque bien pensado no era amor o si era amor, no lo sé. Yo las vi a la vez, estaba borracho en aquella azotea, en aquella fiesta borrosa, y gasté la broma de la duplicidad en mi vista: a la mayor el chiste le pareció evidente; ella, la pequeña, no emitió juicio. Pero estaba borracho y las gemelas eran hermosas y no desperdicié mi estado dejándolas marchar. Pregunté sus nombres y contestaron con distancia, seguramente cansadas a esas horas de borrachos fantasiosos y preguntas monótonas sobre gemelos. No me agarré al tema de la duplicidad, simplemente pregunté quien de las dos conducía y si lo hacía siempre por la derecha. La que parecía la pequeña entonces cambió de tema y me preguntó de que conocía yo a los organizadores de la fiesta. Y trenzamos un mapa que nos unía: ellas eran amigas de un amigo de la infancia. Me puse otra copa y les pregunté si querían algo: la pequeña pidió ron, la mayor un refresco. Evité como pude el tema evidente, las preguntas dobles, pero evoqué los espejos con disimulo. Arranqué hablando de un espejo que había en casa de mi abuela, un espejo terrible que te reflejaba lejano, como a ti mismo pero en el siglo diecinueve, y el reflejo parecía darte, siempre, malas noticias o traía recuerdos enterrados en el subconsciente colectivo: el espejo era terrible. La que parecía la mayor habló de un espejo que había en su casa, un espejo que tenía una esquina rota y que a ella le gustaba peinarse en él porque su pelo parecía de otra. La que parecía la  pequeña dijo, entonces, que a ella los espejos le daban igual, porque por las mañanas se levantaba y veía a su hermana y sabía, inmediatamente, quien era ella. Yo callé y pensé que en el fondo a los gemelos les gusta hablar de ello porque su ego se divide y duplica y reciben algo que les está negado, la autenticidad, una autenticidad, por otro lado, que sólo ellos conocen: la esencia de lo autentico, lo que se esconde detrás de cada cosa igual, de lo que parece repetido.  Entonces, abierto el tema le pregunté si ella sentía que así sabía quien era, viendo a su hermana. Contestó que ella sabía quien era, precisamente, por ver en su hermana los límites que ella dejaba de ser. Que en el rostro de su hermana durmiendo veía lo que ella sería ese día que empezaba.  El asunto me pareció enredado, casi terrible, pero lancé más dados. La conversación fue creciente y yo me enredé en historias y complicaciones con la que parecía mayor y la que parecía menor se diluyó en la fiesta y fue otra, la misma pero otra y la que parecía mayor y yo hablamos de más espejos y de otros asuntos y a los días nos vimos y salimos a otras fiestas y nos emborrachamos juntos y olvidamos los espejos y nos acostamos en casa de sus padres donde vi el espejo con la esquina rota y me vi reflejado con ella y pensé que el otro podía ser otro con la gemela pero no lo dije, sólo lo pensé y estuve algún tiempo viéndome y creí que me estaba enamorando o definitivamente había algo contundentemente parecido al amor y entonces ella, que parecía la mayor me preguntó por la fiesta y que porque había terminado charlando con ella si en verdad de partida le parecíamos tan identicas, tan poco diferenciadas, tan espejo. Y le dije que no sabía, que si la intuición, que si lo invisible, pero que desde el primer minuto había sido así, la atracción no se había duplicado porque la parecía la mayor me parecía la parte que estaba en este lado del espejo y entonces ella me dijo que no, que la que parecía la mayor no era sino la que parecía la menor y que el primer día y el segundo los papeles se habían alterado y que ella, que era la que parecía la menor se había dado la vuelta en la fiesta por los espejos y yo la oía hablar y no entendía nada, pero argumenté que lo cierto es que ahí estábamos y que todo iba bien, pero ella no, ella dijo que para mi yo era su hermana y que los espejos, de ese modo, se revientan y los pedazos son terribles y nadie los recoge porque cortan y se dio la vuelta y dudé de quien era yo.

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