jueves, abril 26, 2012

La plaza

 El barrendero no parece tener horario. Lo mismo aparece por la plaza a las ocho de la mañana que a las once. No sé que rige su turno. El cartero, por ejemplo, siempre aparece a la misma hora; hay una pequeña variación como mucho de un cuarto de hora, pero el barrendero varía hasta el desconcierto su llegada a la plaza. Tampoco aparece siempre por la misma esquina. No hay, absolutamente, ninguna regularidad, ninguna forma de ciclo, ninguna cadencia. El barrendero bien podría ser el principio de un caos, el principio donde cualquier atisbo de engranaje cósmico se desmorona. Me gusta verle trabajar. Llega con su carro de dos ruedas, sus escobas. Se detiene y analiza por donde empezar. En esto también es indescifrable. No siempre barre y limpia la plaza del mismo modo, tampoco aquí tiene estructura. A su manera, el barrendero asume su trabajo cada día de nuevo, como si siempre fuera la primera vez. Como si no hubiera experiencia o como si su experiencia le hubiera llevado a la conclusión elevadísima de que cada día es distinto y que cada día la plaza necesita ser analizada previamente para ser barrida. El barrendero ve la plaza diariamente distinta, entiende su variación constante.  Barre y mira. Recoge y lanza con el recogedor de metal y enorme lo barrido a los cubos de su carro y sigue. Deja la plaza impoluta o todo lo impoluta que puede quedar una plaza, una calle, las aceras, el asfalto. Desaparece, evidentemente, nunca por el mismo lado, nunca siguiendo ningún tipo de repetición.


 El resto del día tiene algunas marcas evidentes. Los dos bares abren más o menos a la misma hora. Los repartidores llegan los mismos días de la semana, a las mismas horas. Bajan los pedidos que suelen ser repetidos: las mismas cajas de refrescos para los bares, las mismas cajas de aceite para el pequeño ultramarino. Hay individuos que pasan diariamente a la misma hora y desaparecen los fines de semana, trabajadores que para ir a su trabajo deben pasar por la plaza: la plaza es parte de su ruta. A muchos los reconozco, también sus ropas: los abrigos de colores opacos en invierno, la ropa ligera del verano. Luego están las fugacidades, esos que pasan sin más y no volverán o si vuelven, mucho tiempo después, no recordaremos su cara, porque son casi ya de otra era. Luego están los vecinos de los cuatro portales que dan a la plaza: la constante. Salen, entran, se mezclan, se saludan, sale uno, llega otro. Se abre una ventana, se enciende una luz, se apaga otra, se quedan días unas persianas cerradas, se cuelga un letrero de "se alquila", crecen las niñas de ese que sale a las ocho y cuarto, se deshacen parejas. Los días le dan sentido a sus ciclos. Y finalmente ella, que sale tarde, cuando ya el ritmo de arranque del día ha descendido y se instalan los ciclos bajos en la plaza, la media mañana. Ella que tarda en arrancar la moto, que se coloca el casco con esmero, evitando alterar ese peinado que de por si ya parece alterado y se monta en la moto como el que se monta en un caballo y enciende con cuidado como si no encendiese una moto sino que encendiese su vida, con tanto cuidado que a veces no arranca a la primera, como si el primer y segundo intento fueran bostezos de la moto y finalmente suena el motor y se termina de acomodar, como si hasta ese momento no se pudiera sentar del todo, como si sólo una vez arrancada le fuera permitido buscar la posición idónea, definitiva. Entonces levanta los pies del suelo y se desplaza tan despacio por la plaza hasta alcanzar el asfalto de la calle norte que parece que no quisiera salir. Baja el bordillo de la acera con esmero, con tanta delicadeza que no parece una chica en moto bajando el bordillo de una plaza en mitad del planeta. Parece una metáfora o algo intraducible, algo aún por averiguar, algo que no se sabe que es y entonces sale al asfalto y en un instante que a mi resulta atroz, desaparece todo el día. Se oye unos segundos el motor cuando ya no se la ve. El motor decayendo hasta lo inaudible, hasta mezclarse con otros motores más allá de la plaza, donde girará y se perderá por calles que repiten otros ciclos que terminaran enganchando con los ciclos de la plaza. Y la plaza se suspende, la plaza se queda colgada y pasan cosas menores o cosas que para los otros serán trascendentales: otra vez el cartero y su incontrolable cadencia, otra vez los carteros puntuales, rígidos en su aparición, colando cartas que abren y cierran otros ciclos, otras posibilidades. Los camiones de reparto, los chicos a la salida del colegio, los bares dando comidas, los primeros que vuelven, la tarde. Todo ese ciclo de ciclos para ver que ella vuelve cuando ya todos han vuelto. Primero el ruido del motor, apareciendo cuando ya es de noche. Allí vuelve, como si viniera, exclusivamente, del silencio, después de haber ido al silencio. Como si no hubiera tiempo de donde viene. Desapareció como ruido de motor y vuelve como ruido de motor y deshace el camino. Sube el bordillo con menos esmero, con la prisa del que quiere llegar ya. Avanza el trozo de plaza y detiene la moto, detiene el motor, se quita el casco y lanza el pelo, coloca candados y cadenas y camina hasta el portal. Luego siempre es esperar una cantidad de segundos casi exacta al día anterior y la luz del quinto izquierda se enciende y entonces no me queda más que imaginar los ciclos ahí dentro, los ciclos que terminarán al día siguiente en la moto, en el motor, en esa hora indescifrable en que volverá el barrendero.

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