martes, abril 03, 2012

Historia en la red

 Marquito era un fenómeno. Tenía el mejor drive de la ciudad y un revés de bailarina. Marquito no golpeaba la pelota, la hacía levitar a una velocidad de infierno. Rápido de piernas y consistente en la red. Su saque tenía mucho que mejorar, pero las habilidades de Marquito hacían prever mejoras, también, en el saque. Lucho y yo le acompañábamos a los torneos provinciales, donde Marquito ganaba casi sin esfuerzo. Nosotros le veíamos desde los laterales y animábamos cuando se mostraba algo desconcentrado. Al terminar los torneos recogíamos el dinero y nos íbamos de putas a celebrar. Eramos chicos, muy chicos, pero ya andábamos ansiosos de piernas y muslos. A veces teníamos problemas para encontrar tugurios donde nos dejaran entrar, pero el trofeo y la anécdota y narración del campeonato siempre abrían puertas en los locales más miserables y más necesitados de glorias, por menores que fueran las glorias. Nos emborrachábamos, nos acostábamos con chicas tristes y volvíamos en el primer bus a la ciudad.

 A veces Lucho y yo hacíamos de sparring para Marquito. Yo era terrible. El campo, las dimensiones de la pista, siempre me resultaron incomprensibles, como si la pelota y la raqueta, no tuvieran nada que ver en dimensiones y proporción con las líneas que regularizaban la pista. Todas mis bolas se iban lejos, a otros campos, a otros mundos. Lucho sin embargo se fue haciendo cada vez mejor. Lucho no tenía técnica, pero tenía pundonor y locura, dos características fundamentales de todo deportista de élite. Evidentemente la relación Lucho- Marquito se fue deteriorando a partir del primer entreno que Marquito perdió un set. Lucho, como todo deportista extremo, no vio en ese set ningún triunfo sino el primer signo del dolor de la derrota, para Lucho ya sólo quedaba ganar una y otra vez a Marquito, para Marquito aquello no se podía repetir. Lucho se inventó un plan de entreno paralelo, entrenaba cuando no le veíamos, también cuando le veíamos y se inscribió en un ranking. Mientras Marquito se estancaba en el liderato del top ten provincial, Lucho ascendía en rankings de club para colarse a dos o tres puestos de Marquito y ganarse el privilegio de poder jugar los torneos. Fue a partir de ahí que me tuve que replantear mi papel y me alcé como manager representante de los dos, tratando de evitar, con mi posición, la discordia  y el pique. Para Marquito era innegable que Lucho se había aprovechado de sus entrenos y sus clases gratuitas, para Lucho, Marquito era uno más, otro escalón en la escalera terrible por ascender a lo profesional. Se cruzaron en cuartos de aquel torneo sobre polvo de ladrillo. Marquito era exquisito, pero Lucho era un titán, el polvo de ladrillo fue formidable para él en aquella batalla física. Los peloteos que proponía Marquito se encontraban con una pared al otro lado. Lucho no lanzaba ganadores, devolvía todo y asfixiaba a Marquito que no encontraba en su talento el modo de derrotar a ese tigre. Lucho se llevó el partido. Igualado hasta el segundo set, en el tercero, Marquito agotado, perdió dos veces el saque. Digamos que el partido fue un punto de inflexión en Marquito. No en Lucho, que terminó ganando al día siguiente el campeonato. Con el trofeo y el dinero, nos fuimos de putas. Marquito se emborrachó y se acostó con una chilena que parecía deshilachada, hermosa, pero deshilachada. Lucho no bebió. Lucho no volvió a beber jamás. Lucho se acostó con una francesa a la que le preguntaba por Paris, por las calles de Paris, por los tenistas franceses, por Roland Garros. Una y otra vez le preguntaba Lucho si conocía las instalaciones, si estaban cerca de donde ella había nacido. Para Lucho, la puta francesa, era como la compuerta de algo, de algo inexplicable para los demás pero claro y conciso en su cerebro.

 Con el tiempo les inscribí en un torneo nacional. Aprendí del circuito, de las mafias del circuito, de los entresijios, de las barreras, del oscurantismo y logré hacerles llegar a circuitos nacionales. Marquito deslumbraba con su técnica, nadie reparaba en Lucho hasta que le veían semifinales. Con Marquito recibimos ofertas, muchas ofertas, por Lucho nadie preguntaba. Pensé en traspasar el contrato de Marquito, sacarme un dinero extra y desentenderme de su carrera. Yo sabía algo que nadie sabía: Marquito se quedaría en el camino. Marquito era vicioso y borracho y estaba cada vez más cerca del abismo. Lucho no, Lucho era obstinado y obsesivo. Después del tercer viaje nacional, Marquito volvió a ganar a Lucho. Le ganó en semifinal, en un partido raro de Lucho, en un partido que Lucho no parecía Lucho o lo que yo sabía que era Lucho. Un entrenador afamado vio el partido y me dijo que Marquito era abismal, pero que el otro daba miedo. No sé que pasó ese día, pero Lucho estaba fatigado, triste, como si hubiera visto algo o hubiera decido no ganar por no ver que habría después de aquella victoria. Bajé al vestuario. Les vi a los dos sentados. Marquito orgulloso, Lucho con los ojos cerrados. Les abracé y les pregunté como se sentían. Marquito sonrió y dijo con soberbia que Lucho parecía esconder su derrota en excusas, Lucho no dijo nada. Me miro y con los ojos coléricos me pidió perdón, se levantó y se fue al hostal donde estábamos alojados. Marquito perdió la final. Cuando bajé al vestuario me encontré a Marquito pegándose con el campeón. Recogimos el segundo premio y el dinero. Nos fuimos de putas. Esa noche Marquito y Lucho se acostaron, a la vez, con una portuguesa. Luego se pegaron durante un cuarto de hora. Marquito tuvo que ser ingresado con varias heridas graves en la cara, el labio partido en tres puntos y con problemas de visión en uno de sus ojos. Lucho quedó, prácticamente intacto. Tuve que elegir y elegí a Marquito. No por fe, no por convicción, no por intuición, sino por miedo. Yo sabía que Lucho era el hombre, pero todo profesional elogiaba las virtudes de Marquito. Y con Marquito no fue mal, pero MArquito era vicioso. Las putas llegaban cada vez más rápido, en mitad de campeonatos, después de cada partido. A Lucho le veíamos solo por las instalaciones, nos saludábamos con distancia, con frialdad. A veces le veía entrenando en las pistas olvidadas, esas que dan a los que no llegan a nada, a última hora, con compañeros tristes o tipos no profesionales, Liftando con vehemencia, soltando el revés y voleando.Luego, sólo a veces, me colaba en las gradas de sus partidos. Le veía ganar y avanzar. Cuando nos cruzábamos con él, en alguna ronda previa a la final, asumía la derrota de antemano, jamás volveríamos a ganar a Lucho. Marquito no podíá con él, y poco a poco dejó de poder con nadie. Fue perdiendo posiciones en el ranking, mientras que todos los juniors iban ascendiendo a rakings profesionales, Marquito iba ascendiendo en vicio y prostitución. Se conocía todos los clubs cerca de las pistas de tenis del país y yo fui olvidando mi carrera de manager. No sé que hubiera pasado de elegir a Lucho. No lo sé. Tampoco sé que fue de la vida de Marquito.

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