miércoles, abril 11, 2012

La tipa del edificio nacional

     Compré un cigarro detallado a una tipa en la puerta del edificio Nacional. El cielo anunciaba tormenta y lo que hubo, minutos más tarde, fue un pequeño movimiento sísmico que no afectó demasiado a la ciudad salvo las zonas del oeste donde luego alguien dijo que se habían venido abajo algunos ranchos. Al terminar el movimiento sísmico me senté y encendí el cigarrillo. El humo del cigarro me olía a caucho, aunque en realidad, en aquella época todo me olía a caucho. Me quedé esperando un tiempo a la tipa que trabajaba en la tercera planta, quizá saldría a comer o quizá saldría asustada por el movimiento sísmico o quizá huiría, pero quería verla, verla fuera de contexto, fuera del escritorio y la máquina de escribir eléctrica. Fumé y apagué el cigarrillo, lo pisé con la suela sobre la acera y miré la cristalera del edificio nacional, la miré un buen rato, un rato incalculable, un rato que se alargó y donde los cristales me parecían cambiar de color, como si alguien estuviera jugando con las luces, aún no encendidas, desde dentro para potenciar la sensación de no estar ahí del todo. Mucho rato después vi a la tipa aparecer por la puerta de la izquierda. Caminó dirección este y la seguí. En cierta manera las cosas que me habían llamado la atención arriba, mientras me sellaba los papeles para largarme de ese país, ya no se veían mientras caminaba, sin embargo ahora la veía de un modo más concreto, más real. Sin embargo me seguía pareciendo desconcertante que trabajara allí, en aquel sitio tan demoledor y rutinario, tan ajeno a ese pelo ligero, a ese rostro irreal. Le seguí por la calle 24 hasta la carrera 19. En la 19 se detuvo y esperó un rato donde no pasó nada. La luz caía, el tráfico era espeso, pero de un modo que no parecía espeso sino imposible. Viendo el tráfico uno se sentía habitando una forma desorbitada de soledad, como si todos esos individuos vivieran lejos. De repente ella empezó a caminar de nuevo, como si llegara tarde a algo. Los edificios tenían poca luz, la carrera 19 tenía poca luz y todo parecía iluminado por los faros de los coches. En la 19 con Vargas se montó repentinamente en un Ruta 5 que estaba parado en el semáforo. Salí corriendo peor no me dio tiempo, así qye crucé la Vargas como si fuera un velocista. Casi me atropellan, pero no frené. Seguí corriendo detrás del autobús con la esperanza de que el tráfico me diera la posibilidad de alcanzar el Ruta 5. En la esquina con la calle 15 se frenó y subí. El Ruta 5 iba atestado de gente y me quedé colgando de una pierna en la puerta y la otra al vuelo, sobre el asfalto. En la UCLA se bajó muchísima gente, pero no ella. Me metí en el pasillo y la vi al fondo, iba leyendo unas hojas sueltas. Me acerqué pero no dije nada, sabía que no tendría valor, en ningún momento, para decirle nada. El autobús entró en el barrio 23 de enero, ella se bajó en una esquina donde había una licorería. La seguí con toda la precaución posible. Se desvió por unas calles en cuesta y entró en un rancho. Era de noche y no supe muy bien que hacer: estaba lejos de casa y sin dinero. Llevaba la carpeta con mis papeles sellados. Entonces ella salió de nuevo del rancho, sola. Me miró fugazmente, sin ningún resquicio de sospecha o amenaza, lo que me hizo pensar que no me veía como amenaza, no se había percatado de que la seguía. En ese momento, justo en ese momento pensé: ¿Que coño hago siguiendo a esta tipa? Me senté en una acera, había latas de polar aplastadas y chapitas, unos tipos forzudos pasaron pateando un balón y me miraron con desprecio. Ella estaba parada en una esquina, esperando algo. Llegó una pick up vieja, muy vieja, lamentable, triste, nauseabunda. Un tipo con franela sin mangas conducía, una señora mayor, iba de copiloto. El tipo le pasó una bolsa de plástico envolviendo un paquete o algo que parecía sólido dentro de la bolsa. Ella lo cogió y se dio la vuelta sin hablar. Me volvió a mirar y cruzó para acercarse. Yo estaba sentado en el suelo y la vi desde abajo. El pelo le caía y le tapaba un poco la cara. Me fijé que se había quitado los zapatos que llevaba y que ahora iba en chanclas. No sé por qué motivo fue lo primero que dije:

 .- ¿Te has quitado los zapatos?

 Ella me miró como el que ve una marea desde la orilla de la playa, una marea confusa y con poca fuerza, una marea que ni siquiera agita olas. En ese momento pensé, absurdamente, que quizá me había enamorado. Desconocía, hasta ese instante, que era exactamente estar enamorado, pero me pareció que verla así, con esa perspectiva, mirándome con cierto desprecio, era amor, porque a pesar de todos los condimentos de la situación, me sentía poderosamente atraído por algo inexplicable.  Ella dijo algo, una amenaza que parecía casi cariñosa. Le contesté que me iría en breve, pero que al menos me dejara mirarla un poco más, que eso era todo lo que quería. Se sonrió y dijo que se acordaba de mi, de mis papeles, de que había estado en las oficinas del edificio nacional y que ella había sellado mis papeles: "Te vas a España". Le dije que sí. Me invitó a pasar a su casa. Me invitó a comer una arepa. Me invitó a una cerveza. Me invitó a irme. Salí de allí y volví andando a casa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Desde el instante en que leí "cigarro detallado" supe que hablabas de Venezuela. Es tan tercermundista eso de vender así los cigarrillos. Lo desprecio tanto que le tengo cariño.

CL

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