martes, febrero 21, 2012

Visita

  Se quedaron algunos minutos allí delante. Intranquilos. La luz, casi perversa, reventaba en la placa y reflejaba violentamente en los ojos. No había manera de mirar  sin quedarse deslumbrado. Casi como un símbolo en el que ninguno creía. Finalmente alguien tomó la decisión:

.- Si no creemos en esto ¿Por qué caemos en los ritos?

 Y se mantuvo el silencio mientras la luz del sol se desplazaba y volvía a permitir mirar la placa; ya era, de nuevo, legible el nombre de la madre. Durante los siguientes segundos se quedaron quietos. Ninguno contestó la pregunta. Uno de ellos, entonces, vencido, derrotado por la tristeza, lanzó la mano y la colocó sobre la placa. No hubo ningún gesto más. La sola mano apoyada desmoronó a los otros. Sin embargo en ningún momento nadie se rebajó a la épica o a la lágrima. Finalmente uno de ellos colocó sin aspavientos el ramo. Miraron un poco más hacia la placa. El cuadrado enmarcado entre otros cuadrados. Nichos vecinos ligados por la fecha de vencimiento, por el día que se cerró todo en cada uno de ellos. Eternamente desconocidos, vecinos invisibles los unos a los otros, pegados unos a otros por la fecha. Edades distintas para un mismo día final. Caminos lejanos que confluyen en nichos vecinos. Es inevitable mirar las otras placas, comparar edades y prefigurar un rostro detrás de ese nombre que anuncia la placa y que será el vecino de la madre. Todos con un número asignado que servirá para encontrar el lugar exacto más rápido en la próxima visita. Ahí, en los nichos.

 Entonces se dan la vuelta y caminan despacio entre las callejuelas. Buscando la salida y tratando de memorizar ese camino que, esto no lo saben, no volverán a recorrer. No volverán, no va en ellos. Los nichos, se sabe, están vacíos. Se van vaciando lento y cuando se vuelve solo quedan un eco, también una placa.

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