lunes, febrero 13, 2012

Testimonio anónimo

 Llegué a última hora de la tarde a casa. En la calle todo el mundo caminaba rápido, el frío era terrible, agudo, intenso. El frío lo puede todo. También con las malas horas. Durante los trayectos que caminé no pensé en otras probabilidades. Si pensé en otros inviernos, en otras fugas, también pensé que todo había perdido el sentido, el más absoluto sentido. Como si hasta ahora siempre hubiera habido una cuerda, una cuerda gruesa, con nudos, que iban arrastrando por poleas, la realidad o la vida o el tiempo o el presente.  El presente, un bloque sólido, inamovible, era trasladado sobre cuerdas gruesas. Pero las cuerdas, las poleas, esos nudos esporádicos, habían sido devorados, exterminados de golpe.  Cuando entré en casa también me di cuenta que determinadas sensaciones se habían quedado frígidas, anestesiadas con el frío. Yo no recordaba un frío semejante, aunque siempre hablan de la mala memoria climatológica. Yo no recordaba ese frío en la ciudad; ese frío solemne, absoluto, dictatorial. Me quité la bufanda, los guantes, el abrigo. Lo lancé todo al sofá. Me quedé quieto, frente a la librería. Vi mis libros, los viejos discos, la televisión apagada. Fueron segundos de desconcierto, porque no sabía que hacer en casa. Como si ese asunto de cuerdas y poleas lo hubiera alcanzado todo, también el salón de mi casa, la estantería, mi casa entera. Me quedé unos segundos pensando en si ir al baño a orinar o sentarme y no hacer nada. Aún conservaba el frío en los píes y parecía como si ese frío de los píes dirigiera todo, también las decisiones. Me senté. Me quedé pensando en los días previos. Luego pensé en actos lejanos, situaciones de años atrás. Recuerdos desconectados unos de otros. Eran, basicamente, sensaciones olvidadas. Las sensaciones de otros inviernos, de otros fríos, de mi cuerpo algo más joven. Recordé a una chica que conocí de niño, una chica que era del norte y que me hablaba de su abuelo y de un tío que tocaba el oboe y ella hablaba de aquellos dos seres como si los hubiera soñado o se los hubiera inventado. Cada día me los describía y yo, no sé porqué motivo, los idolatraba o idolatraba eso que ella contaba y me los imaginaba y me imaginaba sus caras, sus casas, sus habitaciones, sus voces y todo aquello que imaginaba me parecía perfecto o sublime, o algo con sensaciones religiosas, porque incluso en ese entonces yo no creía en nada o creía en asuntos terrenales de un modo religioso, pero no creía, no tenía fe. Tenía fe en aquellos dos tipos de los que me hablaba aquella chica del norte: el tío del oboe y su abuelo, que tenía un trastero con vinos y quesos y escribía bajo una lámpara vieja, un cuarto que olía humedad y a mar, y que yo me imaginaba viejo, muy viejo y escondido, no sé de qué, no sé donde, pero escondidísimo. Luego miré de nuevo la estantería. Los libros, mis libros. Muchos que aún no he leído, muchos que jamás leeré, muchos que ya leí. Algunos de los que recuerdo cosas, algunos que he olvidado casi por completo y unos pocos que me dejaron devastado, agitado, conmovido. Me puse en píe, guardé el abrigo, el gorro y la bufanda. En la habitación me quité los zapatos, también los calcetines y me asomé a la ventana. Volví a pensar en las cuerdas, en las poleas. Juro que sentí que nada de todo eso merecía ya la pena. Juro que sentí que no quedaba un ápice de interés, porque tampoco quedaba mucha fuerza. Como si esas cuerdas que imaginaba hubieran estado siempre arrastradas por mis brazos y mis brazos se hubieran desgastado, fatigado y no hubiera ni un músculo con vestigios de energía. La fatiga absoluta. Busqué emociones, algunas cuantas emociones, pero todo estaba enquistado bajo la piel aún fría. Por la calle pasó una mujer empujando un carrito de bebé. Metros más atrás un chico caminaba ligero, como si fuera deportista y caminara hacia una cancha. Luego no pasó nadie durante segundos, hasta que apareció un tipo, un tipo que caminaba rápido, metiendo la boca bajo la bufanda, encogiendo el frío. Miré el cielo oscuro y sin ningún motivo, concluí que esa noche nevaría. Bajé la persiana y dejé la casa, unos segundos, a oscuras. Me volvía a sentar en el sofá. Encendí la televisión. Algo, inevitablemente, cambió entonces. La televisión hablaba de caos. Las calles de algunas ciudades estaban agitadas, sumidas en un desorden absoluto. EL tono de la locutora era catastrófico. Noté las cuerdas. Las noté arrancando duramente, con dificultad, pero aumentando crecientemente la fuerza. Volví a la ventana, vi unos chicos pasar corriendo, unas llamas, unos gritos. Ruido urbano. Las cuerdas arrancaban. Salí a la calle. Me fui acercando al centro. Me fui cruzando cada vez con más gente. La calle en llamas. El ruido atronador de la violencia callejera. Comprendí que empezaba una nueva era y lancé mi primera piedra.

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