viernes, febrero 24, 2012

Tristeza

 Evidentemente nadie sabe la hora de su muerte. Tampoco sabemos la hora de la muerte de los otros. Desconocemos cuando es la última vez que veremos a alguien. No hay modo humano de saber si esto es la despedida definitiva y no una fugaz despedida. Nadie sabe las horas que le quedan ni a si mismo ni a los otros. Podría estar tecleando esto y dentro de diez minutos estar muerto o quedarme patitieso aquí, frente al teclado. Podría pasar que no vuelva a ver a muchos de los que he visto. Quizá Sanchez, quizá I, quizá J, quizá Dominguez, quizá Figueroa, quizá el chico ese que siempre saludo en esa oficina a la que voy dos o tres veces al mes. Un tipo simpático con el que una vez me encontré en un metro de Londres. Hay gente que hemos visto ya por última vez y no lo sabemos, lo que además, a la inversa, les hace a ellos habernos visto ya por última vez. Son despedidas inaudibles. Pienso en gente, mucha por la que apuesto a que ya jamás les volveré a ver. Ya me despedía de ellos. Seguramente jamás vuelva a ver a I, esas piernas memorables que ascendí con perversión en tardes lejanas y cálidas en las que mi vida estaba, únicamente, sujeta a sus piernas. Unas piernas que habrán sufrido los golpes de los años y con toda probabilidad muestren otro tipo de esplendor, pero en cualquier caso, en las que seguro aún hay esplendor. Seguramente no vea a Davis, ese tipo distinto y distante con el que me emborraché en unas calles que recuerdo un poco tristes y bastante mal iluminadas y llenas de mierda en las aceras o no mierda si no con grasa, porque aquella zona de la ciudad estaba llena de talleres temibles y feos y esos talleres dejan las aceras llenas de grasa, una grasa de motor o de demonio: esa grasa es la sangre del demonio. Seguro. Tampoco veré a Sandra. Aquella chica flaca del colegio que me regaló unos discos, que me dio un beso hermoso y al día siguiente empezó a salir con el tipo más grande del colegio, una especie de animal salvaje que debía ser una mezcla genética de bulldog y gorila y que parecía venido del planeta de los simios, lo que le hacía temible y desconcertantemente atractivo a un colectivo femenino incoherente o terriblemente e insaciablemente coherente con la especie.  No veré a Feliciano, el peor profesor del planeta y seguramente de los otros planetas remotos donde existan colegios e institutos, lo que seguramente convierte a Feliciano en el peor profesor del cosmos. Seguramente no les vea, tampoco a Sonia, ni a Susana, ni a Adriana, chicas por las que rocé el delirio o ese terremoto que llaman atracción, que besé y de las que si me esfuerzo, y con los ojos cerrados, puedo recrear con enorme precisión sus cuerpos desnudos, sus cuerpos de entonces, porque hoy habrán sufrido variaciones y las desconozco.  Ma habré despedido de ellas. Son despedidas que, están en cierta manera asumidas. Hay otras, no obstante, que me preocupan. Hay muchos otros de los que desearía no haberme despedido aún. Muchos. De los que espero no sólo una vez más, sino mil más. De los que deseo verles de viejo, cuando ya todo se vea por detrás y en una distancia incomprensiblemente cercana y lejana. No quiero despedirme de ellos hasta dentro de muchos años. Muchos. Sin embargo cabe la posibilidad que con alguno ya nos hayamos despedido.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hermoso. Me llegó fuerte. Espero que aquella no haya sido la despedida. Espero que algún día lejano, muy lejano, todavía nos saludemos para ver todo desde los bastidores de nuestras vidas.

CL

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