lunes, febrero 20, 2012

Azotea

  Había pocos edificios alrededor. El tráfico era escaso, sin embargo la avenida era ancha. Desde la azotea se veía un reloj que siempre marcaba la hora unos diez minutos retrasado y que daba la impresión de llevar unos cuantos años fuera de órbita. Era un reloj grande, colgado de la pared del edificio de enfrente: un edificio bajo, bastante deteriorado y aparentemente deshabitado. Lo mirábamos desde la azotea mientras hablamos de la gloria y de la decadencia de nuestras vidas. Si es que hasta ese momento nuestra vida hubiera podido alcanzar algo de gloria o algo de decadencia. Veíamos la hora y bebíamos una bebida que pretendía ser vodka y era terrorífica pero barata, mezclada con jugo de naranja y hielo. Luego nos acostábamos en los colchones y sentíamos el mareo visual de la borrachera, el movimiento impreciso del alcohol, potenciado por estar viendo el espacio abierto de noche, los puntos de luz universales tambaleándose levemente bajo el manto negro. El suelo era duro y los colchones finos y viejos, pero la felicidad es un estado ajeno al entorno. La azotea parecía la cima de un mundo venido a menos y sin embargo sentíamos que estábamos coronando un planeta hermoso, estábamos borrachos y nos sentíamos filósofos de la era post industrial. A veces veíamos luces en casas cercanas. Y mirábamos dentro. La ciudad, aquella ciudad, tenía mucho de perdida y hoy, si se piensa con los años, sigue perdida, parece no existir del todo y toda aquella zona alrededor de la azotea estaba perdida dentro de esa ciudad olvidada, lo que convertía a esos que veíamos detrás de aquellas ventanas cercanas en individuos dotados de un poderoso halo de fantasía o de proyección. Los mirábamos actuar dentro de aquellas habitaciones y seguíamos bebiendo el vodka con naranja. Creíamos que eran parte del rito. Nos sentíamos inmensos en la azotea. La madrugada, sin embargo, nos iba mostrando el camino contrario, nos reducía a la nada o al sueño y caíamos rendidos en los colchones finos y viejos. Cada uno soñaba delirios o ideas que al amanecer comunicaba con euforia, otorgándole al sueño un valor casi de obra maestra. Recuerdo a FV narrar un sueño como el que ha visto la luz. Narrarlo con frenesí, con desgarro y al concluir mirarnos y decir que en realidad no importaba nada porque todo no había sido más que un sueño. Entonces nos poníamos de píe y mirábamos la hroa en el reloj y sumábamos los diez minutos de rigor. Bajábamos por la escalera y salíamos abajo, a las aceras de la avenida donde seguí sin haber mucho tráfico. Alguna vez, muy pocas veces, en la acera, a esas horas, nos cruzamos con alguno de aquellos que veíamos tras las ventanas. Los mirábamos como si les conociéramos y sin embargo eran desconocidos. Caminábamos hasta el terminal de autobuses y cada uno volvía a casa, con la falsa ilusión de estar cambiando el sistema desde la médula, una ilusión extraña, difusa, que se iba desvaneciendo al caer otras tardes, otras noches o enamorarte de una tipa creyente y practicante que te hacía dudar o hacer creer en la existencia de un Dios. Y dudabas y te preguntabas cosas,  y se te olvidaba la azotea mientras le escribías un poema triste y cursi con un bolígrafo parker en las piernas. Unas piernas que luego, esto no, jamás, podías olvidar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lindo, lleno de ensoñaciones. Esto me encantó: "Parecía la cima de un mundo venido a menos y sin embargo sentíamos que estábamos coronando un planeta hermoso". Me hizo evocar sensaciones que guardo en una gaveta especial en los rincones de mi mente.

CL

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