domingo, octubre 09, 2011

Pretensiones artísticas

 Huir despavorido de las sentencias categóricas. He estado a punto de empezar el texto con una de ellas y a poco que se mire, realmente, la primera escrita, la que está ahí, arrancando este  texto, es una de esas, una sentencia pretenciosa. No obstante la que he censurado era, si cabe, aún más peligrosa en ese sentido. Son un vicio recurrente, posiblemente el gran cáncer de la literatura. El asunto, a la hora de escribir, está en eso, en ser o no ser pretencioso. En ser o no ser honesto. Es fácil caer en las trampas artísticas.  Las metáforas sentidas, las frases intensas, los textos o argumentos emocionales, pero sin embargo, creo que lo que conmueve suele ser mucho más honesto y menos enrevesado, menos fingido. Lo pretendidamente artístico es mierda. Ayer sucedió algo que en cierto modo va acorde con esto. Mañana luminosa en Madrid. Salimos a pasear pronto mi pareja, mi hija y yo. Las calles son livianas los sábados por la mañana, es tan evidente que se está en sábado, que hay otro ritmo, que todo se vuelve distinto, los sábados uno también es turista en su ciudad, porque en cierto modo, no es la ciudad habitual. Caminamos sin destino y terminamos entrando en una exposición de "cultura urbana". No juzgaré ahora los valores artísticos de la exposición. Entramos con la silla de la niña, la bajamos y caminó con nosotros con pasos alegres. La sala estaba prácticamente vacía y ella observaba con curiosidad los elementos de la exposición que, para ella, se entremezclaban con los elementos fijos de la sala, tales como extintores, columnas o paredes blancas. No había diferencia. La exposición era marcadamente crítica con el sistema. Frases duras con pensamientos veloces, paredes pintadas, figuras críticas con la actitud humana en las urbes. Una de las obras eran tres muñecos de apariencia muy cómica y divertida, la niña, constantemente se acercaba a tocarlos y jugar con ellos. Nosotros la teníamos que retirar porque varios carteles indicaban que estaba prohibido tocarlas. Eso, el hecho mismo de que la niña no pudiera jugar con esos muñecos críticos con el sistema invalidaban de antemano su valor critico, su esencia, su concepto. El que la niña no pudiera jugar, se le prohibiera, se le hiciera inaccesible, definitivamente invalidaba, para siempre, el valor de toda aquella crítica, de toda esa frívola y vacía exposición. Si se quiere crear, inevitablemente hay que ser honestos. Seguramente este texto tampoco lo sea. Seguramente lo expuesto también lo invalide.

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