lunes, octubre 17, 2011

Payaso en el parque

 Debo a un payaso y a una tarde de domingo el mayor momento de felicidad de mi vida. Nada hacía prever ese instante aquella tarde de otoño. Un otoño estupendo porque parecía un prolongadísimo verano y los días eran cálidos y luminosos. Aquel domingo paseamos al azar, moviéndonos sin un destino concreto. Calles que nos empujaban a otras calles. El ambiente encendido y alegre de los días buenos. A ratos hablando de cosas sin importancia, a ratos mirando a los otros que paseaban. La ligereza de los días tranquilos. No sé como terminamos en ese parque, llegamos sin más, sin saber que íbamos. La niña se lanzó a la arena, al tobogán, a juegos indescifrables, al robo de juguetes ajenos. A correr sin destino para frenarse en seco y mirar a los lados como el que busca libélulas. Yo no me di cuenta en que momento entró el payaso en escena. Cuando miré el tipo estaba allí con unas gafas inmensas y con un gorro achatado, con profundísimo acento argentino y sacando de una maleta vieja algunos artilugios para hacer sencillos y simpáticos trucos de magia. Me despisté un par de veces de la niña viendo al veterano payaso jugueteando con un amplio grupo de niños de entre cinco y siete años que había logrado atraer. El tipo era bueno. Me gustaba por que no trataba a los niños como imbéciles o pequeños tontos, el gran problema del trato a los niños en el siglo 21. Mantenía la distancia con ellos y su humor le hacía respetable. Los niños pierden el respeto a esos adultos que tratan de bajar su humor y su lenguaje al mínimo con la equívoca intención de hacerse iguales. A uno, a cualquiera, le atrae el humor que es más inteligente que tú, también a los niños. Los trucos eran sencillos, un cambio de colores de pañuelos dentro de un sombrero, un muñeco en forma de conejo que aparecía de la nada, breves chistes que a los adultos también le sacaban la sonrisa. La niña curioseó, vio a niños sentados alrededor del hombre y se acercó, la invitamos a sentarse y la dejamos entre los niños. No pude quitarle la mirada un solo segundo.  A ratos se despistaba, a ratos miraba con fascinación los movimientos del payaso, sus gafas, sus gestos, sus cambios intencionados de tono en la voz. Se entretenía mirando a los otros niños mayores interactuando a gritos con el payaso. El payaso mantuvo el ritmo, aguantó, fue desmenuzando el espectáculo en un tiempo preciso, no se prolongó en exceso, pero no iba rápido esperando ganar rápido la propina generosa de los padres del parque. Me despisté un par de veces de la niña mirando al tipo. El acento argentino invitaba a novelar su vida, la profesión aún más: payaso argentino que se busca la vida en las calles de Madrid. La mirada apagada y las arrugas avisaban de un tipo veterano. En medio de su charla soltó destinos en los que había ejercido, no parecían fantasía para los niños, habló de otros países donde fue payaso e incluso jugueteó en inglés con una niña extranjera mezclada entre todos los niños. Un payaso con recorrido, pensé. El tipo entonces sacó la guitarra, miró a todos y preguntó si querían bailar. El estruendo afirmativo reventó en el parque. La niña miraba los niños mayores volverse locos de píe y sin saber por qué, ella también se levantó, miró un par de veces a los lados, quizá buscándonos, quizá tratando de comprender algo que resultaba incomprensible. El payaso soltó acordes y comenzó a cantar, entonces la niña, rodeada de gigantes de seis años, impulsada por una canción legendaria bailó, bailó como si no hubiera un mañana, como si el universo estuviera dependiendo de ese instante, de la energía producida en ese baile. Bailó, saltaba torpemente entre los habilidosos muchachos más mayores. Sus piernas que a trompicones ya caminan, se dejaban arrastrar por un canto colectivo desenfrenado, bailaba sin mirar a nada. Si hubiera cerrado los ojos, me hubiera creído el gesto, pero ni siquiera miraba al payaso, miraba al suelo, miraba a los niños y bailaba y juro que en aquel baile, en aquel inocente baile, en aquel movimiento impreciso comprendí, no sé el qué, pero algo comprendí y mereció la pena haber nacido para verlo.

Para Daniela, por la hermosa manera en la que baila.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Emocionada. Eres grande, enorme, para abarcar un ser tan inabarcable en tu pecho y con todo tu ser.

Te quiero por muchas razones, pero ahora te quiero por como quieres a tus amores.

CL

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