jueves, octubre 20, 2011

Los fantasmas de Demi Moore

 Conocí a Demi Moore de un modo casual, en un vuelo trasatlántico. Ella iba a mi lado en primera clase. Ese viaje, entre otras cosas, era mi primer vuelo en primera clase, así que ver a Demi Moore a mi lado, descubrirla y entablar una larguísima conversación con ella me pareció parte de esos privilegios que suceden al otro lado de la cortina de la clase turista. Nos caímos bien si no no me hubiera hablado de tantas cosas, de tantas confesiones, de tanta intimidad. Debo reconocer que poco conocía de la carrera cinematográfica de la atractivísima actriz. Recordaba Algunos hombres buenos; una película infumable donde se mostraban desaforadamente los pechos que ahora tenía tan cerca y de la que no recordaba el título y, mientras charlábamos, evoqué constantemente aquel laberinto perverso que proponía una película desconcertante en la que Robert Redford ofrecía un dineral a su novio por acostarse con ella Una proposición indecente. El caso es que no hablamos de cine, sino de Descartes, de los filósofos griegos y algunos jóvenes poetas latinoamericanos por los que Demi mostraba un enorme interés. "Esos muchachos tienen el orden del mundo en sus manos. Esos poetas escriben con el delirio como bandera y ahí esta nuestra propia salvación, en lo que ellos proponen, en lo que ellos escriben, está el destino invisible del hombre, la esperanza de lo que podremos llegar a ser si finalmente el hombre obedece a sus sentidos estéticos más puros" decía Demi mientras sobrevolabamos ese desierto azul que es el atlántico en mitad del vuelo. Me confesó la profunda distancia que sentía entre su carrera y su forma de entender el mundo, la volatilidad diaria del tiempo y esa pretendida inmensidad y perpetuidad a la que tenía que ofrecerse como estrella hollywoodiense, esa farsa que era Demi la actriz, esa celebridad irreal y su forma distante y fugaz de entender la existencia. Eso me dijo hasta un punto en el que descendió a mínimos el tono de voz. Supe que una confesión profunda venía sobrevolando desde lo más profundo de ese oceano profundo que era Demi:

 .- ¿Te acuerdas de Patrick. De Patrick Swayze? Lo recordarás. Se murió el año pasado. Llevó una vida terrible. Era buen tipo. Nos llevábamos bien. Era un tipo oscuro. A veces, los últimos años, le daba por caminar descalzo por carreteras, de noche. Iba a lugares lejanos. Entraba en bares inmundos donde no le reconocían. Bebía mucho. Una bebida rara, una bebida que yo no he visto que bebieria más gente. Patrick sufrió mucho. Creía en cosas raras, estaba apegado a todas esas historias de lo paranormal. Leia revistas, se reunía con tipos fanáticos de esos asuntos. A veces me llamaba, siempre terminábamos hablando de Ghost, la película que protagonizamos juntos. Lo quería, pero era tortuoso oirle hablar siempre de aquel guión, de las situaciones vividas en el rodaje. Yo no siento apego por los rodajes, los olvido. Bien: murió. Todos saben que murió. Fuimos al entierro. Allí, en la celebración, todo fue oscuro. Como si todo estuviera impregnado de miseria, pero una miseria extraña, una miseria que sólo hay en mi país, es una miseria difícil porque es la miseria de la miseria. La miseria de la inmundicia, la miseria de este sistema mal comprendido, la miseria y el error del fanatismo, un fanatismo de la nada, la miseria del vacío, la miseria total, porque es una miseria irreversible. Todo aquel ambiente decadente, triste, donde unas tipas que parecían muñecas hinchables  berreaban y una mujer algo deformada por las operaciones rezaba oraciones terroríficas, eran católicas, rezos típicos, pero en su boca sonaban desquiciados, angustiosos, terribles. Todo aquello me afectó. Me puse terriblemente triste y sentí un dolor que jamás había experimentado recordando a Patrick. Me fui a beber sola a un sitio cerca de Pasadena. Era un sitio muy amplio y casi vacío, con muy pocas mesas como si su dueño hubiera decidido hace años cerrarlo y por pereza nunca lo hubiera hecho. Bebí, bebí muchísimo. Nunca bebo y me afectó muchísimo. Salí de allí conduje temerariamente por la autopista de Pasadena. Atardecía. Me metí en un motel. Me encerré en la habitación, me puse a leer a un poeta colombiano que acaba de descubrir, uno de sus poemas me hizo llorar desconsoladamente. En ese instante sucedió lo que lleva sucediendo desde entonces. Apareció, exáctamente igual que en Ghost, Patrick. Rodeado de esa aureola cutre, de ese glow mal integrado. Era él. Me habló. Yo creí que estaba muy borracha. Él me contó muchas cosas, sus últimos meses, confesiones que no puedo desvelarte. Luego me dormí. No sé cuando, me quedé dormida. Salí de allí ala amenecer. Viajé a casa. Desde entonces diariamente me encuentro con Patrick. Igual que en Ghost. Y ahora, de verdad, lamento tanto haber hecho aquella película, aquel drama edulcorado. Estoy tan marcada por esa visita diaria de Patrick. Este viaje es un intento de huida. Pensé que viajando a Europa, a otro lado, lograría no volverle a ver aparecer.

 .- Quizás lo logres. Quién sabe- dije yo tratando de darle apoyo

.-  No. Ya sé que no lo lograré. Sé que tampoco esto funcionara.

.- ¿Por qué crees que no funcionara?

.- Porque ahora mismo está detrás de tí


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