lunes, abril 29, 2013

Un lugar lejano

  Conduje algunas horas para llegar hasta aquella casa. Las indicaciones eran bastante confusas, pero curiosamente, y con más suerte que habilidad, llegué sin desviarme en ningún momento. La casa estaba a pie de una de las montañas de la zona.  Se llegaba por un camino de arena algo complicado. Una reja baja y un muro de piedra, que se levantaba poco más de medio metro del suelo, delimitaban la casa. Abrí el candado y entré con el coche. A la izquierda, mirando hacia occidente, las vistas eran sobrecogedoras, el valle se extendía de un modo hermoso. Detuve el coche y me bajé. Me quedé un buen rato con la mirada perdida en el paisaje. El aire era suave y frío, la luz era azulada sobre toda la zona. Abrí la puerta de la casa, porque prefería entrar aprovechando aún la luz que quedaba del día. La puerta crujió, ese cálido sonido de la madera que parece una vibración del tiempo. En el hall de entrada había uno de los pianos que me había dicho JP que me encontraría. Levanté la tapa y marqué un acorde aleatoriamente y me pareció que emitía un sonido único. Crucé la puerta que daba al salón, un ventanal sin cortinas dejaba ver la vista hacia oriente, a la izquierda se veía a lo largo las formas de algunas montañas de la sierra, al otro lado, hacia la derecha una extensión gigante de árboles y los vaivenes de la tierra. La casa tenía un olor que me recordaba a otra época de mi vida que no estaba seguro haber vivido o que era tan lejana que sólo acudía ya como olor, sin imágenes, cubierta de una maraña indescifrable de sensaciones. Desde el salón se pasaba a la cocina y a una escalera que subía a las dos habitaciones. Me familiaricé con la casa en pocos minutos. Salí al coche a buscar la mochila y dejé todo el equipo metido, pensando que hasta el día siguiente no lo bajaría. Miré y respondí algunos mensajes en el teléfono, cuando ya se hizo de noche volví a salir y me quedé un buen rato mirando la oscuridad a la que me fui haciendo. Empecé a distinguir las luces de algunas poblaciones lejanas y luego, con bastante frío, volví a entrar. Me metí en la cama sin mirar la hora. El silencio y la oscuridad me hicieron pensar en algunos asuntos de la infancia de un modo casi onírico, se amontonaban imágenes y caían sin mucho orden, sin una frecuencia precisa. Dormí de corrido, Tuve algunos sueños que no reconstruí con facilidad por la mañana. Tomé café mirando la vista desde el ventanal del salón y me fui haciendo un plan de organización mental. Salí al coche y empecé a bajar cosas. Coloqué todo el equipo por el salón de modo que todo sucediera mirando hacia la ventana. Cuando tuve todo más o menos colocado, salí y me fui a caminar monte arriba. En cierta manera, todo sucedía despacio, sin prisa, quise olvidar, permanentemente, cualquier marca temporal. Eliminar la sensación de tener que acabar. Hasta que no me sintiese liberado de esa tensión invisible e inconsciente de mirar hacia un fin, no me pondría a trabajar. No lo hice hasta pasados dos días. Dos días en los que dormía, comía y caminaba. Los sueños, en cierta manera, me parecían más importantes que lo que sucedía en las horas conscientes. Soñé con muchas personas, viví algunas situaciones improbables y habité espacios amorfos, pero de una belleza peculiar. Noté cierta frecuencia a soñar con gente de una de las ciudades donde viví años atrás, gente de la que ni las redes sociales me habían refrescado su vida, gente que habita en mi memoria con un halo semejante al de los fantasmas, como si no hubieran sido más que una proyección, algo no del todo vivido. A los dos días me senté en uno de los pianos, el más pequeño. Noté que tenía un grado de desafinación perfecto para hacerlo más íntimo. Pasé algunas horas tocando acordes imprecisos, casi aleatoriamente. Sonó la puerta varias veces, alguien tocaba con la mano. Me levanté del piano con extrañeza, también con cierto pudor, porque había estado acompañando los acordes con voces no muy precisas, no muy afinadas y aun volumen bastante alto. Al abrir la puerta me encontré a una mujer de unos cincuenta años. Se presentó con muchísima educación y me dijo que era amiga de la familia, que vivía en el pueblo más cercano. Me informó de las posibilidades que tenía para comprar y me dio algunas indicaciones. Hablaba con una pausa increíble, había algo hipnótico en la voz de aquella mujer.  Me preguntó si estaría muchos días por allí. No supo que contestar y le dije una cifra al azar. Cuando se fue me quedé viendo como se iba el coche desde una de las ventanas. Esa tarde bajé hasta el pueblo andando, tardé algo más de media hora, sospeché que no había ido en línea recta. Entré en el pequeño abastos para comprar algunas cosas, al salir, me encontré con la mujer, me sonrió con mucha calidez. Le pregunté si había algún bar tranquilo para tomarme una cerveza, me dijo que me acompañaba a uno. Entramos en un bar que a esa hora estaba vacío. La mujer me habló de la familia de JP con bastante cariño, pero yo desconocía a la familia de JP, estaba en su casa porque él me había dejado las llaves y porque JP es de un generoso extremo conmigo, con casi todos sus amigos, pero yo no había conocido jamás a la familia de JP y me hablaba de gente que yo no tenía ni idea de quienes eran. Al cabo del rato pagué y la mujer me acompañó hasta la salida del pueblo. Le pregunté si vivía con familia o si vivía sola en el pueblo. Me contestó que sus hijos se habían ido hacía bastantes años y que ella vivía sola con su marido. Volví caminando siguiendo las indicaciones que ella me había dado, el camino, ahora, era más duro, mucho más empinado, pero tardé muchísimo menos. Llegué cuando estaba oscureciendo. Entré en la casa y me quedé sentado en uno de los viejos sofás. Cuando me di cuenta la casa estaba totalmente a oscuras y me costó encontrar el interruptor de la luz. Esa noche soñé con una ciudad desconocida y tuve un sueño que me despertó de un sobresalto, un sueño en el que caía al agua, como si hubiera saltado en una especie de acantilado. Esa noche empecé a grabar.

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