lunes, abril 22, 2013

Elevado

 Tú lo conocerías casi al nacer, probablemente el día que te dieron a luz, el día que naciste o quizá dos días después, cuándo tus padres se fueron a casa. Para ti nunca fue una novedad, una transformación de tu mundo. Para ti, siempre, estuvo incorporado. Puedes comprender la época que aún no había, pero eres incapaz de recrear la sensación de subirse por primera vez. A mi me llevó D la primera vez, cuando tenía diecinueve años. D en aquella época era aún más frenético que hoy. D nos enseñaba la ciudad, a nosotros que acabábamos de llegar, con ese carácter pillo que siempre tuvo D. Pero no un pillaje casi delictivo o de fechorías, el pillaje de D rozaba lo poético, porque lo que hacía era colarnos en sitios o presentarnos una ciudad que conocen pocos o no es tan habitual. Bares donde tocaban grupos donde aprendí más música que en años de ensayos y partituras, locales extraños, casas donde habitaban gentes raras, colectivos artísticos que se drogaban sin precauciones y de un modo incendiario. Todo era envolvente aquellos meses que llegamos, todo era enigmático en ese enjambre de calles y edificios. Creo que esas sensaciones se han quedado enquistados en una de esas corrientes subacuáticas que son nuestras vidas. En cierta manera, sin ser siempre consciente, evoco aquellos meses terriblemente lejanos ya, cuando llegamos allí, a aquel mundo delirado de la ciudad grande. Donde todo parecía descubrirse de nuevo, como si nos hubieran soltado de un planeta lejano. D nos movía por aquel tráfico de gente, por las caídas de la noche y nos hablaba de estructuras, de los instrumentos, de músicos que nunca conocimos y que imaginábamos arrebatadores, mitológicos. D nos los describía y uno se los imaginaba tocando en aquellos locales subterráneos, llenos de gente nueva, ligera. Fue D quien me llevo la primera vez, quien me montó a un ascensor por primera vez en mi vida. Subimos nueve plantas, cuando llegamos arriba yo casi no respiraba. Subir en ascensor, descubrirlo, dejarse elevar por primera vez, dista mucho de tu primer vuelo o de tu primer viaje en tren. Subir en ascensor por primera vez te traslada en el tiempo, te inserta en un tubo espacial del que no vuelves igual. En el ascensor el tiempo reverbera, sucede de otro modo. Ahora no lo percibimos porque nos hemos acostumbrado, vuestra generación ha crecido con naturalidad con ellos, pero yo me subí con diecinueve años. Olía a un producto de limpieza que ya no existe o que jamás he vuelto a oler desde aquella época. D fue el que marcó el nueve. Yo sentí una condensación, una especie de flujo vital. Supe que cuando bajara de ese ascensor yo ya no habitaría la misma era que habitaba antes. El sonido del motor rebotando por ese agujero, ese ritmo inexplicable de ascensión, esa cadencia como de música, como de compás alargado, me produjeron un cierto vértigo, pero no un vértigo físico, era un vértigo emocional, como si estuviera atravesando, hacia arriba, dos o tres eras cósmicas. En cierta manera, yo que llevaba pocos días en la urbe, sentí como si comprendiera, de golpe, esa masa inconmensurable de la ciudad. También comprendí que, inevitablemente, era otro el que se bajaría de allí. D no habló, parecía ser consciente de lo que yo estaba viviendo. Cuando llegamos al nueve no dijo nada, el motor frenó con cierta torpeza. D me miró con esa cara pícara de tantas veces y marcó el catorce. Los sonidos del motor, esta vez, me parecieron ser aún más bestias, más bruscos, el ascensor dio un tirón hacia arriba. Escuché ese sonido mecánico constante, casi podía sentir la tensión, la física que nos elevaba sobre la ciudad, sobre el mundo. D me miró y dijo algo del tiempo, algo que yo no había pensado verbalmente, pero que era lo que estaba percibiendo, algo sobre que el tiempo en el ascensor, siempre, es más largo de lo que parece, que en realidad en los ascensores pasamos más tiempo del que creemos. El ascensor, a su manera, me elevó a otra vida. Esa sensación inalcanzable y remota de aquella vez no la he vuelto a encontrar con nada, ni siquiera en otro ascensor, ni siquiera con la música.

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