martes, abril 09, 2013

Islas perdidas

Al fondo había un tipo haciendo dibujos o escribiendo algo con desgana en una servilleta. La luz, una de las lámparas en hilera q iluminaban a lo largo de la barra, caía sobre la mano con el lápiz o bolígrafo. El tipo consumía una cerveza. En verdad, el hombre, parecía un adorno. Tras él, en un reducidísimo escenario con poca altura, tres tipos tocaban con el ánimo del que suma canciones para cobrar de una vez y gastárselo en vicios. Eran un percusionista con un timbal grave, un plato ride y un bombo antiquísimo: con esos tres elementos hacía unos ritmos complejísmos, llenos de ambiente. Un guitarrista con una guitarra de caja, de color marrón oscuro, de marca Guild, marcando unos acordes algo enrevesados, que cabalgaban nerviosos, pero llenos de tristeza. El tercero era un tipo con un teclado muy viejo, el sonido trasmitía la nostalgia de esa electrónica que debió parecer futurista hace sesenta años. Todo en aquel trío parecía sonar desde otro lugar, quizá como si esa música hubiera sido tocada en ese local, muchos años antes y el trío no fuera más que un resplandor perdurable, una luz rebotando en el tiempo. La pareja estaba tan cerca d mi que podía entender s esfuerzo todas sus palabras. Él hablaba de imposibilidades, esquivaba seriedades, una conversación seri. Ella iba tomando sorbos velocísimos de una copa que no llegué a descifrar y su tono de voz se iba haciendo cada vez más vaporoso, menos concreto. En sus frases había una forma de resignación y cierta provocación juguetona y algo melancólica. En cierta manera, para ella, todo aquello parecía difuso, caduco, fugaz. Él no entraba en percepciones agudas. Para él, ella era, de alguna manera, sublime, casi imposible; sin embargo, por esa misma idealización, no la tomaba como algo terrenal o posible, toda su vida era otra cosa, ajena a ella, y no veía la posibilidad de conjugarla. Para ella, él era una isla, un isla clavada en mitad de aguas lejanas, aguas remotas , un lugar donde llegar a la orilla y desvanecerse, pasar la asfixia y sobrevivir a millones de brazadas, a un nado agónico que duraba años. Él no era él, él era la orilla, la arena y la vegetación donde cubrirse, por fin, de la luz cegadora y dura del Sol. Ella era una proyección de tu película favorita en la mejor noche del mejor verano de tu vida, al aire libre. El recuerdo impagable de uno de los mejores instantes de tu vida. Un instante que saboreas hasta el lecho de muerte, un instante eterno, pero un instante: nadie quiere habitar en el mejor recuerdo de su vida , quieres tenerlo para recordarlo libre o aleatoriamente, masticarlo hasta el hastío. Ser dueño de el. Tenerlo colgado en la memoria. Ella bebía con urgencia, pero sin perder la elegancia. Con ese desgarro triste y glamuroso del que sabe que su mayor poder no sirve para nada o es laberíntico y te deja siempre el enigma sin resolver. En un momento ella le paso la mano por la nuca, un arrebato sin perder la elegancia, la afinación: en el rostro de él se vieron muros caer, paredes, maremotos, se dinamitó el universo. Ella acercó su labio a su lóbulo. Se mantuvo dos o tres segundos ahí. Le dio un pequeño beso en los labios, se levantó y se fue. A mi me pareció que nadie, ahí, en el local, podía estar a ciencia cierta, en el presente.

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