lunes, mayo 06, 2013

Grupo punk

 A mi lo que me gustaba de ser punk es que los punk no saben tocar, o no deberían saber tocar. Yo no tenía ni idea de tocar, no tenía ni idea de música. Yo tenía ácido en las entrañas y en general me parecía que todo recorría un abismo con olor a agua de colonia, esa agua de colonia que usaba mi abuelo: un olor nauseabundo, duro y con rastros de madera, que me parecían haber impregnado el mundo entero con esa esencia terrible y esa química de laboratorio de segunda mano. No tenía mucho que hacer, en realidad no tenía nada que hacer, y lo que mejor hacía era fumar porros baratos, seguramente sucedáneos de porros malos, beber licores de esos que ya casi nadie bebe y que te van reventando el hígado a modo de boxeador, como si cada vaso de esos venenos sin hielo fueran un derechazo implacable a toda la zona alta del abdomen y pasar el rato en los caminos de las huertas, dónde nadie nos tocaba los cojones. Escuchábamos de todo, lo mismo nos poníamos a Black Sabbath que a OMD, no había un criterio o el criterio rondaba en aquello que nos sacudía, que nos hacía pensar que afuera habría una explosión sideral que acabaría con todo aquello, con todo lo que se ve o con la forma de comprender, que es la mayor de las prisiones, tu propia forma de entender, de comprender la capa superficial de lo real. Realmente no escuchábamos grupos punk, o escuchábamos alguno, por ahí, esporádicamente, pero nada llamativo, nosotros no eramos punk, nosotros estábamos hasta los cojones, hastiados, éramos ácratas por forma de vida, ni siquiera porque supiéramos que éramos ácratas. La idea del grupo fue un accidente o una huida adelante, una salvación. No había más pretensión que la de hacer letras, gritar un poco y unirnos algunos días a la semana a reventar los amplificadores. No voy a decir que soy un gran letrista, ni siquiera soy letrista. No busco hacer poemas musicados. Generalmente no mimaba las rimas, a mi lo de cantar me parecía una tubería, como esos presos que se escapan por agujero imposible, que va a dar al alcantarillado de un barrio cercano a la prisión. Aprendimos algunos acordes, algunos ritmos y nos dedicábamos a soltar furia. En el pueblo nos llamaban los jodidos, los jodidos gritones, los jodidos chalados, los jodidos en general. Empezamos a tocar en los pueblos cercanos, los que tienen más habitantes. En esos pubs tristes que huelen a cáscara de cacahuete. Cuando no salíamos a patadas, salíamos como toreros. Ovacionados como si hubiéramos inciado la revolución definitiva. El público es, sobre todo, esquizofrénico. La gente o te odia o te venera. A mi me hubiera gustado un poquito más de sensatez. Aprendimos a manejarnos en ese submundo de escenarios lamentables y técnicos de sonido despiadados. Conocímos a gente que hacía industria y que nos quería llevar al norte a tocar en tabernas punk. A los punk, evidentemente, no les gustamos. No llevábamos pinta punk. Nosotros no éramos ni pretendíamos ser punks. Nada más aburrido que pertenecer a una secta, a cualquiera. Nosotros éramos perros con rabia.

 No me arrepiento de nada. Ni siquiera de las cuatro o cinco peleas que tuvimos en aquellos años. No me arrepiento del salvajismo con las drogas, a mi no me han hecho tanto daño. Me han hecho más daño otras cosas, otras cargas, otras presiones. Me arrepiento no haber sido más firme aún. Los chicos dicen que a veces era demasiado intransigente, que siempre veía a todo aquel que se acercaba a las periferias del grupo con fines industriales como un enemigo, y sólo por los chicos a veces bajé la guardia. Habría que haber sido más radicales con esos desgraciados. Creo que el gran problema de la música es que se ha convertido en una industria bestial, seguramente de las más importantes y más grandes del mundo. La música es otra cosa. Todo es salchichero en la música. También esos que dicen no ser salchichas. Un disco publicado es una salchicha, una salchicha fabricada en cadena. La música era reunión, el ocio primitivo y la comunión. Un tipo cantaba o daba mamporros a una piedra para toda la villa. Algunos daban palmas, otros cerraban los ojos, en cierta manera era la comunicación total en la villa. Esa mierda se ha acabado. Ahora, el que canta, se asume que tiene un poder especial, es un superhombre. Esa es la basura, la búsqueda permanente de iconos.

 Nosotros tocábamos, nos drogábamos y bebíamos todo el día. En ciudades que no conocimos. Hablamos con gente buena, y con gente lamentable. Tuvimos problemas con políticos bajitos y gordos, que ocupaban puestos de segunda en ciudades dormitorio. Tuvimos noches terribles. Noches que la salud de alguno reventó en mitad de una carretera. Noches excesivas. Noches que se han ido, borradas, sumadas a otras noches borradas, desaparecidas. Nosotros nos hicimos grupo por salvación y hoy, tantos años después; mírame, medio calvo, con menos salud y mayor, te digo que en cierta manera, nos salvamos. Logramos correr, saltar a un abismo indoloro. Y ese es el beneficio final de la música.

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