martes, mayo 07, 2013

Los muchachos

 Fui perdiendo el contacto con todos aquellos muchachos. Nos fuimos esparciendo por lugares distintos, cada vez más lejos. Hay una dinámica salvaje en mi vida: todo aquello que resultó importante en un momento preciso, desaparece, casi como si todo se fuera muriendo. Sé que siguen vivos, alguna vez, cada mucho tiempo, recibo una noticia, un detalle de alguno de ellos, pero en verdad habitan un espacio casi irreal, hay veces que creo que me los inventé. Cada uno en un país, en una ocupación lejana. Aquellos muchachos, en cierta manera, me salvaron la vida, me empujaron a donde estoy. Hoy soy yo, con lo que quiera que eso signifique, por ellos. Hoy, si sigo a flote, es por ellos, porque en la agonía, cuando casi no quedaba oxigeno y el agua seguía subiendo y ya pasaba la altura del cuello, me rescataron de un modo heroico, pero sin aspavientos, que es como salvan, en realidad, los gigantes a los diminutos. Aquellos muchachos me dieron las armas para salir a la batalla. Unas armas que no eran de fogueo. Yo no sé de que coño eran esas armas, pero cuando empezó el tiroteo salí indemne. En cierta manera todo empezó sigilosamente. Con ellos no hubo grandes pactos, ni siquiera abrazos euforicos. Todo se sucedió en la normalidad de la post adolescencia. Hubo muchísimas borracheras y algo de marihuana. Hubo un viaje a los andes donde creí descubrir o vislumbrar el origen de mi desasosiego, en un atardecer vibrante mirando por la ventana de un apartamento que daba a una ladera solemne de una montaña preciosa. Allí estaban ellos y confesé que era un desgraciado, y ellos no cayeron en mi facilidad dramática. Cogieron unas botellas baratísimas en una licorería enorme. Bebimos caminando por calles de una ciudad hermosa. Bailamos grupos ingleses en un local de nombre brasileño. Hubo una redada policial, sin ningún motivo me quisieron poner preso, me salvé porque un canadiense lloraba víctima de una ataque de pánico y un coronel machote se sintió Dios, salvándole de una noche de rejas al pobre catirito. Salí a la calle y los muchachos me esperaban. Caminamos y uno de aquellos memorables muchachos habló de aquella cordillera, y nos contó un viaje largo por montañas, un paseo en las alturas y el mal del páramo, de un tipo que vivía cerca de la cima más alta del país, aislado, aislado en las alturas. Aquella noche fue mi primera noche de insomnio, me quedé mirando la montaña y escuchando los ronquidos de uno de los muchachos. Amaneció como si jamás hubiera amanecido en la tierra, amaneció con cierto exceso. Lloré porque me quedaban dos semanas en aquel país y porque esos muchachos desaparecerían a pesar de mis esfuerzos, se irían diluyendo en la nada, serían iconos, marcas, referencias, la vida pasada, el pilar, columnas, pero se diluirían. En verdad en aquel amanecer, los muchachos y yo, nos estábamos muriendo. A las horas volvimos a casa en bus, un viaje eterno. Me quedé sin dinero, atravesé estados que no conocía. En una de las paradas, me sentí solo, solo como jamás me he vuelto a sentir. Olía a fritura y a asfalto derretido, una chica algo mayor que yo, besó a su novio con desgarro y me pareció uno de los besos más tristes de la historia de la humanidad. El viaje terminó de noche, cuando llegué a casa, mi padre seguía sin hablarme y mi madre tenía la mirada llena de rabia y rencor, ambos, rabia y rencor, eran suaves, como si fueran una rabia y un rencor que arrastrara de otra vida, de un par de siglos atrás, una rabia y un rencor, que en cierta manera, ella sabía que ya no le pertenecían, había sobre aquella rabia y aquel rencor un halo brutal de resignación. Dormí profundamente. Al despertar vi a mi hermano pequeño jugar con una tortuga ninja, me miró riéndose, ajeno al vacío y a la tristeza. A la semana despegué de un avión, poco después de haberme despedido de aquellos muchachos inolvidables, aquellos tipos que me salvaron de la hoguera.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tremendo.

CL

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