lunes, octubre 01, 2012

Clara

 Los aeropuertos de ciudad pequeña tienen un ambiente más desconcertante aún que cualquier aeropuerto. Tienen poco transito y sus pasillos están más vacíos. En general hay menos sensación de prisa y se multiplica la sensación de estar en una atemporalidad absurda. Todo aeropuerto vive bajo la atemporalidad extrema, los de ciudad pequeña aún más, porque en cierta forma los aeropuertos de ciudad pequeña se han quedado anclados en un no tiempo confuso. Me senté en la cafetería, ya era de noche y éramos pocos, cuatro o cinco. los que estábamos haciendo tiempo. Pensé que mi vuelo sería el último vuelo en horas y que ese débil tránsito de gente quedaría en el vacío absoluto una vez que mi vuelo despegara. Imaginé, entonces, por un rato, el aeropuerto vacío, la pista vacía, la cafetería vacía y al camarero en la misma postura que en ese mismo instante, inmóvil, apagado, lejano y triste. Luego miré a los otros, a los que presumiblemente serían mis compañeros de vuelo. Esa fue el instante en el que vi por primera vez a Clara. A los demás no los detallé en ese instante. Sólo en aquella vista rápida se me quedó impreso el rostro de ella. Lo que vino a partir de ahí es confuso o atemporal.

 El vuelo anunció retraso. Nos quejáramos entre nosotros en el aeropuerto vacío. Como si uno sospechara que las cámaras recogían nuestra leve indignación. Cada uno expuso los problemas que le proporcionaba el retraso. Clara fue contundente: "Siempre llego tarde a todo. Se ve que también lo haré al entierro de mi madre". Su sentencia produjo un silencio lento, un silencio que se sumó a la delirada sensación de atemporalidad que ya existía en el aeropuerto. En su tono no había melodrama, ni siquiera victimismo. Lo dijo con resignación y sin aspavientos. Como el que asume que la vida es un tablero, un tablero gigante y desquiciado en el que tampoco hay demasiadas opciones. Al cabo del rato una azafata se acercó al punto donde estábamos los pocos que viajaríamos en ese vuelo:

.- El avión está averiado, pero estamos buscando opciones. Habrá una solución. Contamos con un piloto arriesgado.

 Y la chica se dio la vuelta. Desapareció en ese vació que reverberaba del aeropuerto pequeño. Alguien, no Clara, desde luego, quiso hacer un análisis de la frase: "¿piloto arriesgado?", pero nadie siguió la corriente pesimista de ese discurso. Yo quería volar y llegar a tiempo al destino. Clara recibió como un beneficio la frase y los demás no dejaron traslucir lo que les despertaba. A esa hora, cuando la madrugada parecía inevitable en los bancos cercanos a la puerta de embarque, todo parecía detenido o colgando, como si el aeropuerto fuera un péndulo. Clara me miró y me dijo: ¿Quieres un café? y contesté que sí con un movimiento de cabeza. Me puse en píe y la acompañé a la máquina que había un poco más allá. Al lado de una cinta transportadora que estaba apagada. No nos presentamos, Clara me habló de uno de los pasajeros con los que compartiríamos vuelo:

.- Ese tipo me preocupa- dijo

 Yo no me había fijado. En realidad hasta ese momento sólo me había fijado en Clara y en dos tipos que hablaban todo el rato como si no estuvieran allí. Dos tipos con iPads que se mostraban gráficos indescifrables y que parecían ajenos a esa realidad y que hablaban respetándose admirablemente el turno de palabra el uno al otro. Tipos que posiblemente se dedicarían a las finanzas.  Bebimos el café junto a la máquina, como si fuéramos viejos conocidos. Ella mostró varias veces preocupación con aquel tipo y luego mostró esperanza porque el asunto del retraso no la retrasase a su vez demasiado en el entierro de su madre. Cuando regresamos a la zona de embarque había movimiento, todos estaban rodeando a la azafata que esta vez se mostraba menos amable y más contundente. Fue en ese momento que me fije en el hombre que a Clara le preocupaba. A partir de ahí todo fue rápido, hubo discusiones, incluso gritos, amenazas, pero hicimos lo que proponía la azafata: embarcar en otro avión que inicialmente se dirigía a otro destino, pero que se había adaptado para el nuestro. Caminamos hacia otra puerta de embarque. Despegamos con prisa. El piloto parecía querer recuperar minutos como fuera. El despegue no pareció un despegue. En realidad nunca me había sentido así en un avión, pero aquel despegue me pareció irreal. Cuando estábamos en vuelo, me acerqué a Clara, le pregunté como estaba y me presenté. Le dije que me había fijado en el tipo y que efectivamente parecía un tipo extraño:"lejano" sin saber muy bien a que me refería cuando decía lejano. Ella sonrió y me dijo que nunca había viajado en un avión tan vacío. La azafata, entonces, se acercó a nosotros y nos ofreció un refresco, pero no bebimos nada. Afuera la oscuridad parecía absoluta, definitiva. Clara entonces me habló de su madre: de la distancia sideral que había entre ellas, del destierro, de la enfermedad, del rencor. Pensé, por el modo de hablar, que Clara estaba afectada, pero no afectada de un modo normal, Clara parecía sumida en una mezcla de reposo y culpa. Me cogió la mano y me miró con una ternura hiriente, cruel. Se quedó dormida o cerró los ojos. Pasaron unos minutos lentos, el avión temblaba suavemente. El tipo que preocupaba a Clara se acercó por el pasillo y me hizo una seña para que le siguiera a la parte de atrás. Miré a Clara, respiraba profundamente. Traté de ver una imagen del sueño, como si estas se proyectaran en algún gesto. Me puse de píe. Atrás el tipo se presentó, me dijo que se llamaba Antoine. Hablaba rapidísimo, pero susurrando. Soltaba frases en hileras larguísimas, nerviosas:

.- En cierto modo este avión está secuestrado, pero no es un secuestro al uso. No es un secuestro normal, un secuestro de unos terroristas extremos. Estamos secuestrados por el tiempo. Este avión ha ido hacia atrás y hacía delante. En realidad todo empezó en el aeropuerto. ¿No te parecía raro el aeropuerto, ese vacío, ese retraso, el cambio de avión? Nos han movido el huso horario, las horas, no estamos en nuestra franja horaria cósmica. Estamos desplazados.

 Le escuchaba mientras pensaba que Clara se había quedado corta con su preocupación, ese tipo estaba loco y nervioso, lo cual era una mezcla explosiva en un avión prácticamente vacío.  Pensé en los sistemas de seguridad del aeropuerto y oré para que hubieran detectado cualquier utensilio peligroso que tuviera ese individuo. Sin embargo el tipo siguió hablando del secuestro, de las horas, de las señales raras. Sólo al final nombró a los que, para él, eran los culpables: los dos tipos de los iPads: "esos tipos son preocupantes. Extraños" No supe que decirle, le propuse que volviéramos a nuestros asientos y esperáramos ver como se seguía desarrollando el vuelo. "¿No me crees, verdad?" contesté que "al menos me deje un margen de duda. Ser secuestrados por el tiempo no es una cosa que se asuma con facilidad". Volví junto a Clara que estaba con los ojos abiertos. Le conté en voz baja lo que había sucedido. Suspiró con una sonrisa suave y dijo: "Bueno, es otra explicación"

 Aterrizamos con brusquedad. Descendimos del avión y acompañé a Clara hasta un taxi. Me propuso que lo compartieramos. Cuando salimos a la zona de taxis, vimos a Antoine corriendo, sudando, nos robó el taxi que nos correspondía y le vimos perderse por la autopista.  En el taxi Clara y yo apenas hablamos. En realidad con ella desde entonces, desde el primer momento, parecía como si nos conociéramos de antes.

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