lunes, octubre 08, 2012

Fin de semana

 Las niñas se lo pasarían bien. Por eso decidimos ir, por qué el plan parecía apropiado para ellas: un lugar en mitad del monte, una casa antigua, unos días apartados entre árboles y hojas. En las fotos era un lugar idóneo, lo que la realidad confirmó: cuando llegamos nos pareció, posiblemente, más bonito que en las fotos de la web donde habíamos reservado. Recorrimos los últimos kilómetros por una vía de tierra que nos anunciaba un fin de semana relajado y retirados de todo. El trayecto era complejo y en la web no estaba bien especificado algunos desvíos con lo que cuando llegamos masticábamos esa doble sensación de felicidad de llegar a un lugar idílico y llegar sin haberte perdido en el camino. Juntamos los tres coches en una zona de aparcado junto a la casa. Nos saludamos con nuestros amigos, los otros dos coches, con los que nos habíamos citado en una gasolinera en mitad del camino, pero que aun no nos habíamos visto. Alguien bromeó con el parecido de la casa a una famosa película de terror o con algún hotel terrible o Norman Bates. Bajamos las maletas y caminamos todos hasta la puerta, una chica simpática y guapa nos atendió con esmero, nos enseñó la casa y nos dio algunos planos para hacer caminatas bucólicas. En la cocina nos había dejado unas verduras de la huerta para que probáramos los beneficios de esa tierra y nos recomendó un restaurante no muy lejano por si en algún momento preferíamos comer. Se despidió, vimos su coche perderse por el camino de tierra y supimos que empezaba, por fin, nuestro aislamiento elegido para ese fin de semana otoñal.

 Lo confuso empezó rápido. Estábamos organizando la casa: los niños juntos por un lado, los adultos repartidos por habitaciones distantes. En la tercera planta crujió una madera de un modo exagerado, mi hija señaló con precisión el lugar donde creía que había sonado y subí con ella. En esa planta sólo había un baño y una agradabilísima sala de estar con una chimenea. Miramos, revisamos, pero no vimos nada. Por la ventana mi hija señaló a alguien que venía por el camino, pensé que sería alguien de la administración del hotel que pasaba a ver cómo iba todo. Bajamos y comunicamos que el crujido vendría de las vigas o incluso del interior de la chimenea. A los veinte minutos recordé al hombre que vimos venir mi hija y yo y caí en cuenta que nunca había entrado. Bajé a la planta baja a preguntar y todos dijeron que nadie había pasado por allí. Comenzaba a caer la tarde y los niños salieron afuera a jugar al escondite o una modalidad de escondite desconcertante y llena de trampas. Yo acompañé a J a fumar y charlamos de asuntos laborales y cotidianos con despreocupación en el porche. Fue en ese momento cuando vimos un ciervo venir por el camino y detenerse a pocos metros de nosotros. J hizo un gesto para espantarle, pero el ciervo actúo como animal que se siente amenzado. El ciervo estaba nervioso, agitado. Más atrás un caballo apareció al trote. El caballo se detuvo un poco más atrás. J y yo miramos con cierta perplejidad la escena, no por que hubiera dos animales rondando la casa sino por la actitud amenazante y nerviosa de los dos. J apagó el cigarro y me dijo que entráramos: "Ya se irán".  Dentro, en la casa, las cosas tampoco caminaban en la normalidad. La pareja de J mostraba preocupación porque ya iban dos habitaciones y un baño que repentinamente se habían quedado sin luz. En ese instante M apareció con mis dos hijas comentando pausada que se había ido el agua y que en uno de los retretes había una perdida algo exagerada de agua y que el baño corría riesgo de inundarse. La sensación de enfado fue creciente y G propuso llamar a la chica de contacto inmediatamente. Llamó varias veces y no hubo respuesta. Entonces, sin señal previa, sin intro, la casa tembló de un modo violento, como si estuviéramos en el epicentro de un movimiento sísmico considerable. El terror apareció, hubo algunos gritos y los niños se abrazaron a sus madres, la mujer de G contribuyó a la histeria y a la paranoia hablando de actividad paranormal y de presencias. Comprendí que el terror y la locura son contagiosas y que la irracionalidad es un virus de contagio excesivo. G propuso recoger rápido y largarnos de allí. Yo sonreí, no iba a caer en la infantilidad de creer en fantasmas. Desde ese instante la confusión y los acontecimientos desquiciados se sucedieron sin freno. Cuando J abrió la puerta la entrada a la casa estaba llena de animales recelosos, cerró asustado. Subimos a la última planta para estar juntos y pensar que hacer. En ese momento parecía imposible traer el sosiego al grupo e incluso M y mis hijas parecían contagiadas del pánico. Pensé que llegados a ese punto quizá era mejor irse que pasar un fin de semana en ese estado de neurosis colectiva. Y propuse largarnos. Un ruido atronador, entonces, vino de la chimenea. Como si una placa de hierro gigante hubiera caído. La mujer de G estaba fuera de si. Los niños gritaban sin posibilidad de consuelo. Sonreí y traté de traer el sosiego gastando una broma, pero los resultados de mi broma jugaron en mi contra: J me recriminó mi falta de gusto e inmadurez. Salí de la sala de estar y bajé las escaleras solo. Arriba se quedaban todos sumidos en la paranoia. Descendí la escalera tratando de descifrar que era lo que estaba sucediendo. Un cúmulo de casualidades, una broma de recibimiento por parte de la gerencia del hotel. Todo menos la tontería de la actividad paranormal. En la primera planta me encontré con un señor, un anciano cansado y con bastón. Me miró con descofianza y yo le pregunté que hacía allí:

.- No- contestó- ¿Qué hacen ustedes aquí?

.- Hemos alquilado la casa para este fin de semana y las cosas no están empezando muy bien.

.- Esta casa no se alquila. Llamaré ala policía- Me dijo- Váyanse, por favor- Me pidió en tono suplicante y con un halo de terror.

 Le miré con desprecio. En ese instante ya sólo me sonaba coherente la explicación de la broma. Una broma cruel con la que eras recibido en ese aislamiento vacacional. Seguí bajando ignorando al anciano. Según bajaba me empezó a gritar sin fuerza, con fatiga:

.- Por favor, lárguense. ¿Qué les hemos hecho?

 Enfurecido llegué a la planta baja. Abrí la puerta, allí seguían los animales. Salí, pasé entre ellos. El perro ladró los demás comenzaron a desplazarse. Seguí caminando hacia el camino de tierra. Estaba furioso, realmente nunca había estado tan furioso. Empecé a recorrer el camino. Era ya de noche y no se veía nada. Cuando miré detrás de mi todos los animales me perseguían. Como si me protegieran, como si me secundaran.

 Caminé muchas horas, toda la madrugada. En los primeros ecos del amanecer regresé a la casa. Sin respuestas, agotado. Aún rodeado de animales. Abrí la puerta. La casa estaba en silencio total. Subí ala segunda planta, donde habíamos decidido que estaría nuestra habitación. Las niñas y M estaban dormidas. Me tumbé y cerré los ojos.

 A la mañana nadie quiso recordar lo sucedido. En realidad todo el mundo actuó como si jamás,  nada de aquello hubiera pasado. El resto del fin de semana fue divertido y sin problemas. Sólo cuando nos fuimos, por el retrovisor, vi algunos animales viéndonos ir.

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