martes, octubre 16, 2012

La noche del trapecio

 Esa noche el error fue beberse una botella de ron en menos de diez minutos entre tres individuos. Evidentemente a partir de ahí los errores se confunden entre la ebriedad y los errores de la causalidad: ese laberinto indescifrable. Es decir, desde ese minuto diez en el que la botella cae al suelo entre gritos y bailes eufóricos de los tres, no se sabe qué es error de borracho o error natural o si ambos se combinan de un modo volcánico. ER decide conducir su Volkswagen rojo. EM y yo nos montamos con torpeza. El radiocasette del auto suena terrible, saturado, como si fuera una conexión recibida desde un lugar remoto; sin embargo, escuchamos la música a volumen atronador. Tarareando como si la vida, toda nuestra vida, la biografía pasada y lo que aún tenemos por vivir, dependiera de nuestro canto: suena Interstellar overdrive. ER desmenuza el riff de guitarra a gritos, mientras conduce por la veinte hacia arriba. Nadie, ninguno de los tres, sabe donde vamos. Cantamos y percibimos las calles del centro  como acontecimientos aleatorios, como accidentes cósmicos, fugacidades galácticas. En verdad el Volkswagen rojo, esa lata de motor anciano, avanza despacio porque ER descubrió años atrás que si subía de determinada velocidad el auto, como humano envejecido, se negaba a continuar; pero la percepción de velocidad a partir de la Avenida Vargas hacia arriba, mientras el bajo de Interstellar overdrive planea, es la de un tren de alta velocidad, o quizá la de un proyectil desenfrenado. En la Avenida Pedro León Torres ER acelera más de la cuenta, sumido en un frenesí automovilístico excesivo: el Volkswagen rojo en ese momento va a unos sesenta o sesenta y cinco kilómetros por hora. El motor tose, como si fuera víctima de una neumonía incurable  y amenaza con detenerse. Cuando miro a los lados veo que por la acera desolada de la Pedro León, que es posiblemente una de las avenidas más tristes del planeta, pasan dos tipos que parecen compañeros de satán, pero los compañeros malos, los que le llevaron por el mal camino, los que le arrastraron a la perdición y el vicio y al dolor que produce la felicidad sosegada, nos miran y parecen deleitarse con el banquete. Evidentemente la opción no es acelerar porque el Volkswagen rojo amenaza con detenerse por completo, así que ER decide avanzar a quince o veinte kilómetros hora, los tipos amenazan con perseguirnos corriendo, el más pequeño de ellos se lleva la mano a la bragueta y en ese momento EM grita, pero sin gritar, porque EM no sabe gritar, habla susurrando incluso en el pánico:"marico, ese guevón está sacando una pistola" y ahí la orden aterrorizada de EM y mía a ER no es la obvia, la fácil, el grito de guerra: ¡Acelera!. No. En este caso, conociendo las debilidades del Volkswagen rojo, la orden para huir es opuesta a los cánones de la buena huida. El grito, al unísono, casi como si lleváramos una vida ensáyandolo, de EM y mío es: "¡Decelera, mamagüevo!" y así, pausados, viendo a los dos tipos quedándose en slow motion atrás logramos huir. En el radiocasette sigue sonando Pink Floyd, la cinta ha avanzando, seguramente más lento de lo normal de Interstellar overdrive a The Gnome. Estamos pasando por debajo del Obelisco. ER cuenta algo inverosímil o algo que a mi me suena inverosímil sobre el Obelisco, pero no le escucho, porque estoy borracho y le digo que frene en la licorería que vemos a un lado. Compramos cerveza y anis. A mi el anís no me gusta, pero en realidad, a esas alturas de mi vida he aprendido a conciliar realidad y gustos, porque en verdad, nada de esa ciudad me gusta. Mi relación con esas calles, con ese ambiente, es distante y cercano, como si asumiera que la única manera de sobrevivir es lanzarte al fango y embadurnarte y olvidar que alguna vez no hubo barro. En realidad todo se sujeta a ellos dos, a ER y EM que me salvan la vida, pero no de tiroteos o en huidas, me salvan la vida en una forma de comprensión silenciosa, en un flujo trascendetal y sin aspavientos. Por eso avanzamos hacia la nada. En la licorería nos timan o no nos devuelven todo lo que nos tienen que devolver y yo, asumiendo una personalidad que no me pertenece, discuto y me encaro con los dos tipos tras las rejas de metal que entregan el alcohol con desgana mientras del interior suena una música imposible, indescifrable, terrible. Uno de ellos se acerca hasta mi, me mira mientras le insulto y le llamo ladrón y algo terriblemente ofensivo con todas las mujeres de su familia y el tipo, sin inmutarse, me suelta un golpe sólido, contundente y seco en la mejilla. Me mareo, pero sin perder la dignidad vuelvo hacia el coche ordenando a mis amigos que nos larguemos de ese lugar ya. Cuando subimos al Volkswagen rojo, sigue sonando Pink Floyd y ER decide que es momento de otras cosas, de otros ruidos.  Suena una canción increíble que se llama House of mirrors. Atravesamos la carretera más fea y terrible del continente, al fondo hay fuego, un fuego bajo, suave, que se prolonga linealmente. La oscuridad, salvo ese fuego lejano, es absoluta. Las luces del Volkswagen rojo apenas alumbran el asfalto. Un asfalto lleno de huecos. Frenamos en la puerta de un club de putas feo que aparece en un cambio de rasante. En la puerta me detienen por ir sin papeles. Hablamos con los tipos. Pagamos a los tipos.Nos humillamos con los tipos y al final me dejan en paz. Argumento que soy extranjero, que necesitaría llamar a mi consulado,  a los tipos, ignorantes y corruptos, todo ese asunto de consulados y embajadas los abruma y se dan la vuelta. Entramos en el bar de putas. Llevo un ojo morado y una lata de cerevza. Un tipo, aparenetemente encargado de al seguridad, me frena en seco: EM y ER ya están en la barra, hablan con la puta más gorda del mundo, pero hablan de música y de novelas de misterio. Yo hablo con el seguridad y le digo que es mi despedida del país, que al día siguiente me voy a volver, el tipo me pregunta que a dónde me voy y le contesto que a Argentina, que soy el primer argentino del mundo que perdió el acento, y el tipo me cree sin saber, mientras le veo que cambia el gesto, porque le he dicho que soy argentino y no español. Me acerco a EM y ER, la tipa les habla de un escritor sueco de novelas, dice que es adicta a sus libros. EM le cuenta anécdotas de otro escritor sueco que no existe, pero ella le cree. La puta me mira y me pregunta por el ojo morado, le digo que nos han robado y la puta me dice que tengo cara de niño y que es normal que me roben. En ese momento aparece un tipo bajito con bigote, un bigote objetivamente feo. El tipo está indignado porque el se había ido al baño y que le habíamos robado su puta, la puta dice que ella no es la puta de nadie, que ella es puta de ella y de nadie más, que el que quiera coger que pague. Yo me doy la vuelta, miro a la pista donde un tipo con un sombrero incomprensiblemente grande baila una ranchera lenta con la puta más joven de todo el local. EL tipo del bigote me empuja, le miro y le digo que por qué me empuja y me dice que por qué yo le quería robar su puta. Me vuelve a empujar y EM y ER se bajan de las butacas como para tratar de defenderme. Finalmente nos separamos de la barra. Yo vuelvo a mirar a la pareja que baila en la pista de baile, una pista demasiado amplia para el lugar, iluminada con importancia, como si fuera el rincón preferido del dueño, el punto fuerte del local. En realidad miro a la joven que baila con el tipo del sombrero. Estoy muy borracho, pero siento que me he enamorado, no sé por qué, pero no siento deseo o ganas de pagar por acostarme con ella, lo que siento es arrasador, quiero abrazarla y llevármela de allí. La miro, la miro hasta la imprudencia por qué el tipo del sombrero me mira mirándola y temo otro conflicto. Conflictos de los que, a pesar de mi borrachera, empiezo a estar harto. EM y ER están hablando de ciencia, de un artículo de ciencia que ha leído EM en el que se plantea la inexistencia de la materia. La música en ese momento se detiene, todo se detiene y se encienden las luces. Entra la policía. Las putas se sientan, como si se hubiera acabado un show o como si hubiera terminado la jornada. No le pierdo vista a la joven que ya no baila, está sentada fumando. La policía, y estos son distintos de los que había en la puerta, me pide los papeles. De nuevo problemas. Esta vez nada me salva y me montan en la furgoneta junto al tipo del bigote. EM y ER me miran desde abajo con tristeza, con pánico y con los ojos semicerrados de la borrachera. Sin embargo la furgoneta no arranca. Jamás arranca no porque no funcione, sino porque los dos policías han vuelto al local. Esperamos muchos minutos y el tipo del bigote me mira y me dice: "Esos coño e´madre están cogiendo con las putas. Siempre hacen lo mismo". Nos bajamos, corriendo nos montamos en el Volkswagen rojo y arrancamos. ER conduce concentrado; borracho, pero concentrado. Ya no suena música. Ninguno de los tres habla. El Volkswagen rojo aguanta sereno esa huida sosegada y lenta de la ley. Cuando volvemos a entrar en la ciudad, cuando vamos bajando la Pedro León Torres pienso en la joven, pienso en los dos policías y me voy quedando dormido. Esa noche sueño con una mujer trapecista. Una mujer trapecista que amo y con la que vivo en una Roulette y a la que por las tardes acompaño a ensayar su número y la veo desde abajo y en el sueño suena una música que al despertar he olvidado.

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