lunes, junio 25, 2012

Tren en verano

 Por las ventanas del vagón entraba el sol, atenuado por los cristales mate. Afuera el calor se ensañaba con los campos y las explanadas desoladas y amarillas, un calor que, desde el vagón, parecía lejano por la temperatura irreal, casi inverosímil, que el aire acondicionado le daba a todo el tren. No fui el único que tosió raspándose la garganta: el frío artificial empezaba hacer mella en todos los pasajeros. La voz automática anunció la siguiente estación y calculé cuantas me quedaban aún para llegar a mi destino. Un fallo en el recuento en la estación anterior me había hecho pensar que me quedaba una menos, así que mentalmente rehice el cálculo de minutos aproximado que me faltaban para llegar. Era la primera vez que hacía ese trayecto y desconocía el tiempo de duración. En el vagón había poca gente, ese mediodía, que hervía la tierra, tenía a la población enterrada en sus casas, bajo el ruido hipnótico de ventiladores ineficaces y las carreteras y transportes públicos parecían abandonados, como si el planeta estuviera habitado por los cinco extraños que íbamos en ese vagón. Un par de adolescentes hablaban sin esmero sobre asuntos desquiciados, una señora llevaba a un recién nacido en brazos: el bebé parecía desarmado por el calor, incapaz de moverse entre los brazos de la adormecida mujer, una chica miraba con delicadeza al otro lado de la ventana: miraba como si todo, al otro lado de la ventana, hubiera sucedido en una época inaccesible, que se recuerda con melancolía. El tren, entonces, se detuvo en mitad de la vía, se detuvo totalmente, como si el motor hubiera muerto definitivamente. Durante unos segundos nos miramos los pasajeros del vagón. La señora miró al recién nacido como si la asuencia de traqueteo le fuera a despertar, los chicos miraron hacia arriba, como si en el techo estuviera la explicación y la chica y yo nos miramos, como si en el otro hubiera una respuesta. No hubo voz por los altavoces. Nada supimos. Los siguientes minutos transcurrieron extraños. Nadie se movió, nadie habló: Como si el motor del tren lo hubiera detenido todo, también a los pasajeros. El paisaje estaba inmóvil, afectado por la luz cegadora de la cima del verano. El calor empezó a aumentar, el aire acondicionado había muerto. Uno de los chicos pidió una explicación a la nada, como si su voz se pudiera oir más allá y en el más allá le fueran a responder. La mujer con el recién nacido se puso en pie y camino moviendo levemente a la criatura. La chica se abanicaba con un panfleto publicitario y resoplaba con desgana:

.- Pero, ¿qué pasa aquí?- dijo con cierta angustia la mujer con el recién nacido en brazos, y nadie contestó.

 Los siguientes minutos fueron abotargados, como si todos los pasajeros estuvieramos pensando a la vez que dormir sería la mejor opción para esperar que el tren arrancara, pero no sucedió. Me puse en píe y abrí la puerta para pasar al siguiente vagón con la idea de consultar a los vecinos si ellos sabían algo, pero al abrir las puertas vi que en el siguiente vagón no había nadie. Miré, con desconcierto, el vagón vacío. Volví a mi vagón y lo comuniqué, pensando que debía trasmitir lo poco que supiera a mis compañeros de destierro:

.- En el siguiente vagón no hay nadie.

 Todos me miraron extrañados. Uno de los dos adolescentes se puso en pie y camino por el pasillo, hacia el vagón del otro lado. Abrió con brusquedad las puertas, todos le mirábamos actuar, se giró y con cara perpleja dijo que en ese vagón tampoco había nadie. Nos miramos extrañados, sintiendonos, por primera vez, una unidad, un grupo con asuntos en común. La chica se se seguía abanincando, me miró con decisión y dijo:

.- ¿Por qué no caminamos todos juntos a buscar otros pasajeros? Esto se prolonga y no hay explicación.

 Nadie se opuso. La hilera que formamos la hicimos con la idea de dejar en la mitad a la mujer con el recién nacido, de manera que pudieramos sostenerla tanto por delante como por detrás  por si el tren arrancaba rápido y hubiera algún tropiezo. Caminamos varios vagones, el tren, efectivamente, estaba vacío. Éramos los únicos pasajeros en el. La expedición duró bastantes minutos, quizá un cuarto de hora: recorrimos el tren de punta a punta. La última decisión fue abordar al maquinista, tratar de llegar hasta él y recibir información. La situación empezaba a ser delirada, preocupante.  Al llegar hasta la punta del tren, vimos que el conductor había dejado tirado el tren en mitad de la explanda inmensa, en medio de la vía. A la mujer, entonces, subitamente la aterrorizó la posibilidad de ser embestidos por un tren que viniera por la misma vía. Nos miramos con urgencia, buscando una solución. Uno de los dos adolescentes, se acercó hasta la primera puerta, con esfuerzo y ayudado por todos, la puerta se abrió. Bajamos y ayudamos a bajar. De repente, el grupo estaba a un lado de la vía, en medio de un espacio seco, árido, terriblemente caliente. La puerta, como si obedeciera aún a un sistema mecánico que parecía muerto, se cerró. El tren, incomprensiblemente, arrancó.

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