miércoles, julio 11, 2012

Saxofón por la ventana

 No llego a dormirme, pero lo que pienso se diluye de un modo tremendamente semejante a cuando sueño. Por la ventana abierta de la sala se escucha un saxofón que, con toda seguridad, viene del parque, de una de las entradas del parque central. El tipo toca melodías difusas, pero es preciso. Frente a donde dormito, sentado en esa butaca diseñada para esa espera, dormitan otros padres que también dormitan esperando carcomidos por la incertidumbre de la urgencia de la salud de esos pequeños seres adorables que están en salas esterilizadas al final de un pasillo de luz arquetipicamente amarillenta. Sin embargo, durante un rato que cuelga en el vacío, un vacío que parece relleno de una luz leve; escucho con atención a ese saxofonista laborioso que toca invisiblemente en ese rato que cuelga del vacío. Escucho sus variaciones y le voy prefigurando un rostro, unos gestos, incluso unas sensaciones abstractas. Del mismo modo que imaginas y predibujas las ciudades que desconoces cuando escuchas por primera vez su nombre. Calles que no existen más que en tu fantasía o en ese empeño de encontrar lo concreto en la abstracción de un nombre vacío. Vigo, por ejemplo. Como alguien imagina Vigo sin conocer Vigo. Un ciudadano lejano, ajeno a este trozo de tierra, imaginando Vigo cuando escucha esa palabra por primera vez en su vida. Calles que salen de calles que existen a calles que no existen, calles que se superponen sin dirección precisa, sin brújula. Calles que tienen pendientes imposibles o que terminan en una plaza inventada o esquinas donde pasan coches que no existen, con conductores que no existen, con vidas fugaces, tan fugaces como la de los conductores de  coches que de verdad pasan por las esquinas de las calles que si existen. Suena el instrumento, suena el saxofón desde el parque y alcanza la ventana de esa sala donde los nervios y otras prefiguraciones agotan a los padres meditabundos, reencontrándose de verdad, de golpe, como una bofetada, con el sentido real de la vida; esa fugacidad insaciable que revienta en esa sala silenciosa donde se espera con paciencia a que las manos de unos tipos cubiertos de batas y guantes esterilizados hagan su oficio con esmero y en un rato, de sus voces, sólo vengan buenas noticias. Y eso sucede y el saxofón o el tipo que toca el saxofón a unos quinientos metros de allí es ajeno a las angustias y temores de esos padres que cierran los ojos y le escuchan como el que escucha un salmo o una profecía, como si en el saxofón, en esas notas que entran por la ventana de un modo peculiar y sorprendentemente alto, viniera escondido un mensaje en clave o una lectura lejana, adivinatoria. Una frase para apaciguar la incertidumbre. En ese saxofón hay una boca soplando. Imagino el rostro, las calles de su rostro, las plazas inventadas, la barba desordenada y casi inapreciable, el pelo ligero y liso, cayendo hacia adelante, como calles que terminan en un puerto que huele a salitre y a olores indescifrables y cargados de profecías, olores remotos. Un puerto de noche de donde salen barcos gigantescos cargados de mercancías pesadas, barcos de carga que avanzan y dejan la ciudad atrás y vaya uno a saber si vuelven o donde coño es que van, dónde se llevan toda esa mercancía imposible, metida ahí dentro con máquinas desorbitadas, robóticas. Barcos atravesando la noche, cargueros avanzando por mitad del mar, avanzando a ciudades lejanas, donde llegarán y se bajarán los individuos que llevan el viaje largo por el mar, buscando un reposo y  así aprovechar la luz de la ciudad nueva y uno de esos chicos caminará por calles nuevas, desconocidas y a ratos mirará arriba, hacia las ventanas de ese edificio junto al parque donde se ha sentado a escuchar a un tipo de pelo liso que toca el saxofón y arriba, arriba no llego a dormirme, pero lo que pienso se diluye.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Todo es nostalgia. Lo triste, lo alegre, lo melancólico, lo querido, lo aborrecido.

CL

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