domingo, julio 22, 2012

Barco

 Tenía la sensación de que vivíamos como un barco. Todos y cada uno de los seres humanos me parecían ser barcos, pero barcos pesqueros, barcos pequeños, con unas cuantas redes y de madera que cruje, barcos mantenidos con el esmero de un pescador meticuloso y pobre. Barcos imprecisos, navegando en mares amplios, desperdigados, solemnes. Y me veía a mi como un barco, y cada decisión me parecía llevar una componente marina, decisiones tomadas por toneladas de viento y marea empujándome y amoldando mi destino. En cierta forma todo lo explicaba bajo la forma de vida barco, también me justificaba de todo bajo la disculpa de la vida barco; de la vida barco de los demás y la mía. Lo demás me parecían mares. Creo que me fui de casa afectado por mareas, por vientos que empujaban y también me fui por algunos motivos menos metafóricos. En realidad creo que empezábamos a no soportarnos o una forma confusa de amor. Apenas cruzábamos palabra, apenas convivíamos mientras convivíamos. Había un silencio oceánico, pesado absoluto. En ese agónico desamor ella me empezó a parecer otra, pero no una transformación de ella, sino una persona absolutamente ajena a ella, un organismo nuevo habitando bajo el mismo cuerpo, una playa gobernada por una nueva marea que viene de poniente. Me fui de allí sin aspavientos, sin agitaciones, sin movimientos. Salí de allí absolutamente consciente de que jamás volvería allí. Evité el trámite de bienes materiales y de pertenecias. En cierta manera asumía que aquello no me pertenencia ni siquiera lo que hasta ese momento había sido mío. No tengo claro porque actué de ese modo, no siempre somos conocidos para nosotros mismos, a veces me recuerdo y me parezco un desconocido absoluto, uno de esos tipos que uno se cruza por la calle y pasan de largo, pasan y siguen y se deshacen en la orilla de la memoria, donde dejan de ser reales o existentes. A veces pienso que no todo ese que te pasa al lado existe de verdad, son rellenos mentales, agujeros que rellenamos de peatones o conductores enajenados. Si recuerdo aquellos días, me siento uno de esos individuos, una ola. Durante algún tiempo estuve viviendo en otra ciudad, una de esas ciudades donde jamás pasa nada y todo el mundo es desconocido. Ves a esos tipos de tu calle, jamás llegas a saludarte con ellos porque fuerzas desconocerte. Tienes algunas costumbres cotidianas, repetidas y te vas volviendo silencioso y misterioso, incluso para ti, no sabes muy bien de qué vas. Luego hice un viaje largo, un viaje lento y del que básicamente recuerdo paisajes y esas sensaciones globales, abstractas y hermosas que te producen los paisajes. No me había trazado una ruta definida, tenía algunos puntos precisos a los que quería llegar, pero el viaje fue un avance inconstante y generalmente agradable. Conocí paises, conocí carreteras, pero no me moví del continente no atravesé mares y sólo de vez en cuando, alcanzaba alguna costa y miraba el mar con perplejidad y lleno de interrogaciones, cada vez que veía el mar me veía a mi mismo, mi vida, y también a los demás y me imaginaba mares y océanos superpuestos y barcos traspasando esos mares superpuestos los unos a los otros y todo me terminaba mareando como si mis pensamientos sucedieran en la bodega de un barco que olía a óxido y a salitre. En una de las ciudades que menos me gustaron, porque en esa época sólo me parecían hermosas las ciudades de costa, conocí a una chica que trabajaba en un café, en sus ratos libres jugaba al balonmano y hablaba de balonmano como el que habla del desasosiego, su relación con el balonmano era turbulenta y bestial y describía el juego con precisión hiperbólica. Las semanas que estuve en su ciudad, viví en su habitación de un piso compartido con otras dos tipas silenciosas, raras y sucias que jugaban en su equipo de balonmano, ella decía que una de ellas era muy mala pero que se acostaba con el entrenador, un tipo que parecía despreciable, la otra decía, era una de las mejores pasadoras del campeonato que lideraban comodamente. Creo que hacer el amor con aquella chica fue una experiencia emocionante y vertiginosa, el sexo era prolongado y excesivo, pero lleno de recovecos y sorpresas. Al terminar el viaje la escribí varias veces, no siempre me contestaba, durante un tiempo, un tiempo largo, cada vez que me masturbaba, y la frecuencia en aquella época era elevadísima, pensaba en ella. Fui dejando de escribirla, también fui haciendo algo parecido a una nueva vida. Fui olvidando que éramos barcos y olvidé que la vida se asemejaba a flotar por océanos.

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