lunes, julio 30, 2012

Los signos

 Los signos del cambio, entonces, se suceden uno detrás de otro: La puerta que cierras por última vez; el ascensor por el que desciendes, llegando hasta abajo una vez más, en un acto repetido miles de veces, sin emoción, se cubre hoy de un momento cargado de emoción: ya nunca más volverás a bajar ese ascensor, no al menos como inquilina de esa casa, quizá años después lo bajes en un acto de reencuentro con un pasado que será remoto y ese ascensor te recordará muchas cosas, también este último descenso. El portal que cruzas finalmente, el espejo en el que siempre te miraste de lado, caminando rápido, porque casi siempre se sale con prisa, hoy te devuelve la misma imagen, tu pelo más corto para afrontar esta nueva era, los leves cambios físicos que has sufrido inapreciablemente en ese periodo que has vivido en esa casa en la que hoy dejas de vivir. La primera impresión de la calle que era la imagen habitual, hoy es la última imagen de esa ciudad a la que, cabe la posibilidad, tardes años en volver. Entonces aparece ese sabor en el borde de la garganta, una forma difusa entre el tacto y el gusto; algo que has llamado todos los días previos como el desierto en la boca, y que no sabes muy bien por qué lo has llamado así y que, además, te suena pretencioso y mal, y hasta casi feo, pero lo has llamado así por que la sensación es como tener arena y sed y calor en ese tramo que va desde el paladar hasta la garganta, un tramo ilocalizable porque parece desplazarse o por qué no está fijo. Hay un coche al fondo, el coche en el que te has montado con frecuencia este último mes; el conductor, un tipo agradable y de voz pausada, levanta la mano animado, él será quien te lleve al aeropuerto. Cuando entras, después de meter la gran maleta y la mochila detrás, lo primero que percibes es la música, ese grupo que él no conocía hace un mes y que tu le enseñaste porque en cierta manera ese grupo ha sonado como una forma emocionante de banda sonora todos estos últimos días, sabes, de repente, que nunca volverás a escuchar esas canciones igual y te imaginas el día futuro en el que el azar te haga encontrarte de nuevo con esas canciones, que ya lo sabes, irán, inevitablemente, ligadas a este etapa, al final de esa era personal. El coche arranca y os quedáis en silencio, tampoco hay mucho que decir. Os dijisteis frases emotivas, emocionantes y cálidas anoche, después de hacer el amor por última vez y sobrevuela un cierto pudor, una forma de resaca de esas confesiones de anoche. El trata de llevar una conversación a lo práctico, primero dice que cual crees que es el mejor camino para ir al aeropuerto, él sabe de sobra que lo mejor es ir por la periférica y eso le contestas tú, pero todo es un relleno. Su papel es complicado, de haberte quedado igual hubiera sido una relación importante, pero tú te vas y el se queda. Para ti, cuando le abraces, empieza todo, para él nada cambia y además se acaba una posibilidad. El volverá por la periférica hasta su trabajo y el día se le hará largo y pesado y cuando llegue la noche tratará de pensar en otra cosa y se repetirá, obsesivamente, que desde ese día que te conoció, un mes antes, sabía que te irías, al fin y al cabo de eso se trató vuestra primera conversación. Tú sobrevolarás el atlántico cambiando música, saltando de una canción a otra. Mirarás por la ventana e inevitablemente sentirás un miedo a ratos molesto y en ciertos tramos del vuelo llorarás y dudarás muy seriamente de las decisiones tomadas y pensarás que quizá no tengas fuerzas para aguantar los cambios, las incertidumbres y pensarás que no estás realmente preparada para todas las decisiones que debes tomar. Después de algunos años te sentirás terriblemente inmadura, incompleta e incluso te recriminarás algunos aspectos de tu personalidad y tratarás de contener los sollozos casi infantiles para que no te escuche la gorda que va dormida en el asiento de al lado. Luego entrarás en una forma plana, no te duermes, pero el estado es enormemente parecido al sueño. Caes en cuenta que llevas varias horas sin sentir el desierto en la boca y respiras con los ojos cerrados, soltando el diafragma: como dicen que hay que respirar para liberar tensiones o angustias. De repente le recuerdas, recuerdas la última noche, el pudor que da recordar luego determinadas formas del sexo, cuando no tienes una confianza total con el que lo has practicado, pero en ese momento le ves lejos ya y te sorprende lo rápido que se ha quedado atrás, lo fácil en que se ha convertido en esa forma de imagen difusa y crees que te cuesta hasta reconstruirle bien la cara, has olvidado algo, quizá la forma de las cejas, quizá la forma precisa de los labios. Inapreciablemente y ajena a ti, el ánimo ha variado. Ahora escuchas un bloque de canciones que siempre te animan. Empiezas a imaginar el encuentro con tu hermana en el aeropuerto. El abrazo, el saludo sincero. No lo sabes, porque eso nunca se sabe y en el fondo no es real del todo, pero has empezado ya una nueva era, en cierta forma estás saliendo a la luz. Vas al baño, te miras en el espejo, acomodas el flequillo, haces pis en el instante que el avión da un bote brusco. Cuando sales de nuevo al pasillo te cruzas con una azafata que te recuerda a alguien, no sabes a quién y pasas los siguientes cinco o diez minutos tratando de descifrar el parecido. Anuncian el aterrizaje. Casi puedes escuchar al piloto diciendo: "bienvenida a tu nueva vida". Te acomodas, apagas la música. No lo sabes, no tienes ni idea, pero cinco o diez años después, recordarás ese vuelo con ternura, con calidez e incluso le otorgarás un valor incalcuable. El ser humano necesita sus signos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Conmovida. Emocionada. Al final de su camino se sentará con un viejo amigo atemporal en la ciudad natal de él a hablar de la vida y del futuro. Para ese entonces el desierto en la boca lo bañará de tintos de verano y él verá como ella narra su historia con la lengua y los dientes teñidos por el vino.

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